22 enero 2015

Ángel Faretta, poemas inéditos




Tras reeler la "Consolación" de Boecio




No callar una vez, callar dos veces,
la razón enaltece
al silencio un tiempo
y luego lo desdeña
sabiéndolo su misma entraña y peña,
y a otro lo abisma
en modo halagüeño
tornándolo ensueño,
espuma, mar, figura,
coto, albergue, clan, llama, nieve, pan,
lamia, mal; impura forma del hablar
y errado de creer que todo cura.






Sobre la prohibición del incesto





Un mismo deseo va desde
la mirada del padre
hasta la del ajeno.
El mismo deseo corre
del ojo paterno
al externo.
No hay curva, pliegue
que el ojo no desee
aunque altere
el entendimiento.
Es que asintiendo
la mirada acepta
que la visión repta
a la misma meta.
Miramos lo mismo
sobre un abismo
que el ojo detalla
y que la boca calla.
No hay nada sin embargo,
tan sólo un encargo
de millones de años atrás
llegando con nuevo disfraz
en su propio Alcatraz
tan fiero como férreo
y tan prieto como hórreo
donde se cuece el grano
del propio molino
que vuelve tan fino
algo tan grueso.
Mira y mira el ojo
y recrea a su antojo
lo que ve.
Ya sé. Ya sé.
Contrario a la fe
es a veces,
con creces
desea lo que mira
y no se anima
a pedir a la mano
lo que el ojo
ofrece esa vez
en el doblez
o en la tirante forma
y en la repetida norma
de mirar perplejo
en un espejo
que es su propio ser.
Porque si cesara de ver
sería nada y no él.





El saber del cuatro 





El espejo no te da su reflejo
sino lo que ponés en él;
te devuelve a vos, perplejo,
en el cuarto de un hotel,
la apariencia fugitiva
de tu imagen unitiva,
mientras en otra pieza,
a kilómetros de distancia,
con igual, la misma ansia,
la pareja imitativa
de ese otro se refleja
circunstancialmente
en otro, raudamente.
Y ese otro se asemeja
al reflejo de un tercero,
y así el entero
que forman -cuarto,
espejo, imagen,
son -al margen- cuatro






Niño mimado





Ay Dios santo este chico,
decía la madre mirando al cielo
preocupada y en continuo desvelo
por su retoño y polluelo
al que notaba algo inquieto
últimamente.
Será que el antes recoleto
repentinamente
ha madurado
¿O no se dice así?
Se dice alienado
que suena mejor
y no dice mucho
será por el chucho
que provoca
en la madre
que al niño toca
y no siente en él
la carne de aquél
con quien creó el troquel
de esto que ahora
busca sin demora
partir cuanto antes.
¿Con otros infantes?
Seguramente
tan contestes
como el suyo
en salir de apuro
a los agrestes
prados y senderos
de la vida.





Nuestros supuestos amigos





Nuestros supuestos amigos
no hacen otra cosa
que llamar cuando tienen ganas,
contarnos alguna novedad
de sus chatas vidas,
que por lo general consisten
en repetirnos una y otra vez,
que como tantas veces,
están en algo, nuevo, distinto,
que seguramente no habrán de terminar
como las veces anteriores.
O que han enlazado pene o vagina
en hoyo o falo maravilloso, único,
que por ello mismo deben nimbar
de características éticas, anímicas,
o espirituales imposibles de ser
justificadas más allá de la cama
o del baño y bidet donde nos lavamos
de tales revelaciones y epifanías.
Otras veces nos incordian
con sus súbitas conversiones
y entonces serían capaces
de hacer teología con Agustín
y con el propio Papa.
Más de las veces tenemos
que tolerarlos por sus inquietudes,
y preguntarnos por éste autor
o por aquella cita.
Nada les importa,
sólo lo que desean
saciar en ese momento.
Así pasan los años,
ellos siguen con lo mismo.
Sentimos abrirse el abismo
y temer no llegar a la meta,
no terminar la obra o novela,
completar teoría o poema.
Les hemos avisado,
una y mil veces,
les hemos dicho
de todas las maneras posibles,
hemos gritado, llorado, avisado,
pero nada. Tenaz como el mal aliento,
allí esperan del otro lado
del teléfono o acechando en el correo
cibernético. Siempre con sus novedades
repetidas y con sus instantes eyaculatorios
u orgásmicos que pasan por revoluciones,
y nada de nosotros que pueda advertirles,
que nos roban tiempo y no dan nada,
pero nada, a cambio del nuestro.
Y encima -¡ja!- nos llaman maestro.





Individuación





Cuando de chicos vemos
sentado a nuestro lado
feliz en su banco escolar
a cualquier animal
al que creemos
más feliz y dotado
de sabrá Dios qué dones,
nos sentimos desdichados
y decimos ¿por qué
no estaré en su lugar?
Así otros que nos vieron
entonces, y ahora nos ven
desde su puesto respectivo,
dirán una vez más
¿Por qué no soy yo ese capaz
de no ser y sufrir lo que yo?
Así, una vez más, cuándo no,
se repite el carrusel de visiones
donde cada quién
desea ser otro y este otro
no es más que ilusiones
que le facilitan nuestro deseo
y ojo dirigido a su vicaria cualidad
efímera, que la vuelve eternidad
nuestro desconsuelo de ese día,
y creemos ver pura algarabía
en la simple y chata otredad.





Autoconciencia





De nuevo esto está bien y ahora qué hago
se dice todo artífice ante el halago
de su propio elogio y conciencia
que es toda, pero toda la ciencia
de la que disponer pueda
ante el girar de la rueda
de su hacer periférico
y del andar meteórico
de la obra al fin terminada.
¿Y ahora de nuevo esa nada
en el estómago y en la mollera?
¿De nuevo la más que huera
ausencia de deseo por aquello
por lo que antes dio el pellejo?
¿Qué hacer entonces ahora
que el pincel ya no dora
superficies, ni el lápiz crea
seres de artificio y de cera
que fabrica en su interior
el primer y segundo motor
de la imaginación rampante
que es -sabe- la voz cantante
vuelta a reclamar acción,
correr de nuevo ese maratón
del ser buscando el artificio
y paralelo eludir el maleficio
cuando pone manos a la obra
y ve que la duración no sobra.





Didáctica: epigrama





No te confíes del que asiente
que tal vez con su mirada miente;
es que impotente en la disputa
calla y actúa como una puta
que ablanda a su premioso cliente
con pose astuta y reticente;
asienten con la fría mirada
a una lección que les sabe a nada.





Ángel Faretta (1953, Buenos Aires, Argentina)
De: “Donde hay una adivinanza" (Inédito)

Imagen: www.datuopinion.com


19 enero 2015

Ilya Kaminsky




El tango de mi madre





Veo sus ventanas abiertas en la lluvia, ropa lavada en las  
                             ventanas—
ella monta un poni en mi cumpleaños,
un poni blanco en el séptimo piso.

“¿Y dónde lo dejamos?” “¡En el balcón!”
el poni relincha en el balcón por siete semanas.
En el centro de mi vida: mi madre baila,

sí, aquí, como en la infancia, mi madre
me pide que describa las etapas de mi felicidad—
ella habla de sopas, que son su tema:

entre los regimientos de platillos y de paños,
se mueve tan rápido—se queda estática,
abriendo y cerrando puertas.

Pero, ¿qué era la felicidad? ¡Un poni en el balcón!
El pasado de mi madre, una capa que usaba en los hombros.
Yo dibujo un eje a través de la tarde

para verla, a sus sesenta, cortejando una lengua extranjera—joven, no tan joven—mi madre
galopa sobre un poni en el séptimo piso.

Se convierte en una extraña y actúa como ella misma,
abre lo que está cerrado, cierra lo que está abierto.





Ilya Kaminsky (1977, Odesa, Ucrania)
Traducción: G. A. Chaves
Fuente: http://poesiamedellin.tumblr.com/
Imagen: www.spierpoetryfestival.co.za


16 enero 2015

Antjie Krog


Canción de amor africana





ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo
ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas
ni lo que viene hacia mí como tu vida
tendrá tanta menuda piedad de mí
como verte durmiendo
tal vez a veces te veo
por primera vez
tú con tu pecho de guayaba y uva
tus manos frías como cucharas
tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte
nos soportaremos uno a otro
incluso si el sol abraza los techos
incluso si el estado cocina lugares comunes
llenaremos nuestros corazones de color
y nuestras trifulcas de pinzones
incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte
incluso si la luna viene con la espalda desnuda
incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche

persistiremos cada cual
a veces te veo por primera vez





Antjie Krog (1952, Kroonstad, Estado libre de Orange, Sudáfrica)

Traducción de Nicolás Suescún
Fuente: http://www.festivaldepoesiademedellin.org/

Imagen: www.wknofm.org



13 enero 2015

Carlos Alcorta, cuatro poemas inéditos


Parte de la historia






Un día como éste, también ventoso
y húmedo, cuando apenas faltaban unas                       horas
para embarcar con rumbo
a la Península y era el uniforme
militar, restituido ya al celoso furriel,
un colgajo arrugado y maloliente,
baqueteado en marchas nocturnas y                             maniobras
intimidatorias en la frontera;
un doce de febrero por la tarde,
de hace ya más de treinta años organizaba
mi equipaje y decía adiós al campo
de instrucción, a los gritos del oficial
al mando ― Joseph Roth las describió
en Puesto de vigía como “amargas 
vejaciones” ― y al miedo acuartelado
en el cuerpo de guardia, persuadido
de que finalizaba una etapa superflua
de mi vida. Tricornios, metralletas,
amenazantes ráfagas de fuego amotinado
dentro del hemiciclo me sorprenden
varios días después, mientras reparo
algunos desperfectos en mi casa
con más voluntad que pericia. Vuelve 
el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales
conjurados y guardias civiles a sus órdenes
pretenden convertir la faz de España
en un cuartel inmenso sometido
a sus delirios. Tengo frío, el pánico
no me deja pensar con claridad.
Mis ojos no se apartan
de la pantalla del televisor.
Pasé la noche en vela hasta que supe
que habían fracasado. No podía
imaginar entonces que la suerte
de poeta joven que estrené meses 
después me atribuiría responsabilidades
futuras en el curso de la historia,
y en mi propia manera de entenderla.






San Zeno Maggiore





Era casi de noche. Lloviznaba
la última vez que estuve en esta plaza,
mientras porfiados reflectores
percutían sobre la fachada
de la basílica abrillantando
impunemente un toldo pintado, un trampantojo.

Como un gato nocturno, 
cegados construyeron mis ojos un precario
armazón para el pensamiento.

Ennoblece hoy el amortiguado sol
columnas, arcos, toba, el mármol rosa
de pilastras y leones, aunque su potestad
no alcanza los rincones de la explana más sombríos,
en donde permanece
despreocupada la resbaladiza
escarcha de la noche precedente.

El agnóstico nada más observa,
aún no saca conclusiones.

La iglesia está vacía. En un pequeño
locutorio, lacrado como un confesionario,
dormita el vigilante que me vende
la entrada. Casi a tientas desciendo hacia la cripta
donde Romeo desposó a Julieta
─la mortecina luz de candelabros
mugrientos crea junto a los ventanales
un mundo fantasmal, de evanescentes
apariencias, igual que si fueran actores
de cine, despojados de formas absolutas─,
subo y bajo peldaños, me demoro
como si obedeciera un precepto
que no acierto a personificar
ni cuando escribo, en un descansillo
no consagrado a la oración. 
No es un ultimátum divino 
o el despertar de una conciencia
religiosa lo que me inmoviliza,
sino la humana seducción del arte 
que convierte en prodigio un acto cotidiano,
el peso de una lágrima, el color
cárdeno de la toga, el ligero arco levitante.

Me postro ante el reclinatorio
como quien cumple una promesa,
hasta que me duelen las rodillas,
hasta que la circulación sanguínea
se paraliza y punzan en la blanda
piel mil cristales rotos, rasgándola,
como cuando pretendes
paliar la sed bebiendo agua muy fría. 
Un mudo habla de nuevo, recobra el ciego el don
de la vista. Suplican mis sentidos.
¿Es ahora el futuro del pasado?
¿Soy en este instante el niño
que fui después? ¿Es más grande el vacío
al recordarlo que antes, mientras lo percibía,
o quizá la escritura resucita
otros sentidos que ignoraba 
poseer? Asciendo hasta el altar despacio.
No deseo romper este silencio
místico, similar al que prolonga
el orgasmo. Examino el perímetro.
Hago cientos de fotos. Descompongo
el conjunto. Enmascaro mis creencias. No me mueve
fe alguna porque veo en las pinturas
más que fervor, idolatría, angustia
de vivir, servidumbres hereditarias, nada
que proporcione libertad al siervo
ante el destino. Desde lo más íntimo
de mi ser veo a ese hombre que aún quiere
encarnarse en un héroe abrumado
por un amor furtivo que parte hacia la guerra,
un Ivanhoe real, acerados
mis sueños, más letales que su espada.

Entre mi mundo y el suyo no hay paz
posible. Son los muros de la historia,
sutiles, invisibles los que logran
distanciarnos. Existen otras maneras de morir
más crueles que la espada, como el frío o el hambre.





White Horse Beach






Ensombrece la luz solar un brusco
movimiento de nubes
escalonadas que apuntalan
en las sombras mi pensamiento,
distraído hasta entonces en relampagueantes
charcos desperdigados por la arena
que escapan hacia el mar en tersos hilos
de agua, charcos accidentalmente 
recordados en el momento en el que escribo, 
porque un poema es una convención,
en él la realidad se reconoce
a sí misma inventándola al decirla. 

Dentro de la mochila 
se apiñan latas de cerveza, frascos
de loción hidratante, antiguos fuegos
debilitados por el desafecto
cotidiano que he acarreado dentro
del equipaje miles de kilómetros
ignorándolo, como si fuera ese parásito
intestinal que no consigo
exterminar. Mientras recojo piedras
deslavadas y conchas de moluscos
enmarañadas por el oleaje
en la caloca y mi hijo selecciona
emocionado las de irisaciones
más atrayentes, me detengo ajeno 
al paisaje, añorando otro momento
mejor, al otro lado del océano.

No dejo de pensar en lo distintos
que somos, en la forma tan opuesta
de expresar nuestras emociones, 
aunque sea el silencio ese espejo
desalmado que muestra las penurias
cotidianas que nos consumen.
La indiferencia no es la bienvenida
que esperaba. ¿Será este tu modo
de aferrarte a un pasado familiar
mitificado desde niña 
o una ocurrente táctica 
para romper ese eslabón 
imaginario que te ata a mi vida?





Cimez Lectularius





Notaste atolondrados movimientos
de origen animal aventurándose
por tus piernas, sagaces, obsesivos
igual que esa manada
de jadeantes felinos despiadados
atravesando la sabana ambigua
que viste en un documental nocturno.

Tus dedos rastrearon el centro del picor
sin encontrar a los parásitos
que pugnaban por su supervivencia.
Aparecieron manchas rojizas en tu piel,
espantosas, púrpuras en su cumbre,
como un volcán a punto de estallar.
Inspeccionaste con ahínco el campo
de operaciones. Cuerpos incansables
ocultos en las fibras capilares
ejecutan impunemente el plan
previsto sin que puedas hacer nada.

Restaste importancia a las picaduras
y te burlaste de ese insecto esquivo,
al que aún no ponías nombre, que la pasada
noche se alimentó de tus problemas,
de tu sangre doliente. Temías iniciar
otra disputa más y te esforzaste
por ver las cosas de la misma forma
que ella las percibía, con la incómoda
sensación de que formular alguna
queja a los empleados del hotel
quebrantaba su escaso sentido del ridículo, 
algo que no podía permitirse
ni a miles de kilómetros de casa.

Ya intuías, sin duda, gracias a su naturaleza
precavida, a su exacerbado
solipsismo que no conviene decir toda
la verdad, ni siquiera a los más íntimos.
Las confidencias son un arma
de doble filo. Alivian el peso de la culpa,
pero convierten el futuro en algo parecido
a una pista de hielo en el desierto.





Carlos Alcorta (1959, Torrelavega, Cantabria, España)
Del libro próximo a publicarse: "Ahora es la noche"

Enlaces:
Imagen: www.revistatarantula.com




12 enero 2015

Rutger Kopland



XI





Todos los años que estuve mirando
en la terraza del río
pensé yo: así como aquí, como debe ser

nada falta, nada sobra
es fácil comprenderlo
es demasiado obvio para describirlo
pues allí está

el paisaje con el río
que nunca habré de conocer





Rutger Kopland (Rutger Hendrik van der Hoodakker , 1934, Goor / 2012, Glimmen, Holanda)
Traducción: Carlos Ciro
Referencia: Jonio González en Facebook 

Imagen: www.rvtnoord.nl


XI


Al die jaren dat ik zat te kijken
op het terras aan de rivier
dacht ik: zoals hier, zo moet het zijn

niets ontbreekt, niets is overbodig
het is te eenvoudig om te begrijpen
te vanzelfsprekend om te beschrijven
zo ligt het daar

het landschap met de rivier
ik zal het nooit kennen


09 enero 2015

Raquel Sinelli



Escenas en el patio





En la enamorada del muro
se refugian pájaros
tan fugaces que casi ni se ven.
Hacen huecos
pequeños túneles de hojas
donde se aquietan un instante,
sin recuerdos. Luego se van
al mismo espacio misterioso
                         del que surgen.
Llevan su sonido
y esa levedad pesa como
si algún significado fuera a revelarse.
En silencio, ella cuelga la ropa.
Con los pies aferrados al piso áspero,
alza la cabeza,
mira el cielo, puntos oscuros,
un trazado que desconoce.





Un pozo





Al fondo de la casa
alguien hizo un pozo
y al costado quedó
la tierra amontonada;
cascotes, ramas, lombrices.

Despacio, te acercas a mirar
entre paredes de barro,
un cuadrado se despeja  atrae.

Desde el borde hacia abajo
se ve un cielo oscuro
que parece no terminar.



De: "La envoltura", Ediciones del Dock, 2012





El visitante





De madrugada alguien barre
el aire enrarecido de los cuartos
sacude el sueño
y del rostro que se asomó a hablarte
no queda sino tu turbaciòn.

No hubo palabras que ahora
puedas abrir o enhebrar.

Las imágenes vienen de un territorio
que ignoras durante el día
y vibran en horas silenciosas
como temblores
que despiertan a pequeñas ciudades
antes del amanecer.





Sudestada





En los médanos, al amparo 
del viento hostil, incesante
recostados en las sillas plegables,
escuchamos el ruido del agua
                     como un motor.
La sudestada sube el nivel del mar
ensucia la espuma, trae restos
de lo que parecía hundido, enterrado.
Los turistas levantan sus lonas,
comienzan a irse. La playa
ya no es el lugar del juego.
Quietos como estatuas
esperamos la lluvia
sumidos
en una agitación personal.



De: "El día pleno", Nusud, 2003

Otros poemas de Raquel Sinelli, aquí
Imagen: Facebook



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