28 marzo 2015

Tomas Tranströmer


Criptas románicas





En la penumbra de la vasta iglesia románica se apretujaban los turistas.
Una cripta daba a otra cripta, una vista incompleta.
Las llamas de unos cuantos cirios oscilaban.
Un ángel sin rostro me abrazó
y me susurró en todo el cuerpo:
“No te avergüences de ser hombre, ¡enorgullécete!
Dentro de ti una cripta da a otra cripta, sin fin.
Nunca estarás completo y así debe ser.”
Cegado por las lágrimas
fui empujado hasta la piazza que bullía de luz
junto con Mr. y Mrs. Jones, el señor Tanaka y la Signora Sabatini
y dentro de cada uno de ellos una cripta daba a otra cripta, sin fin.





Tomas Tranströmer (1931/2015, Estocolmo, Suecia)
Fuente: "El cielo inacabado"
Versión: Francisco Serrano

Imagen: www.periodicodigital.mx

26 marzo 2015

Olga Orozco


En tu inmensa pupila





Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies.
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas 
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve, 
                                                                                                                 los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado  del abismo
                                                                                                         y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas. 
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular, 
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir, 
                                                                                                              lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.





Olga Orozco (1920/1999, Toay, La Pampa, Argentina)
Enlaces:
Imagen: ntschajari.com.ar

22 marzo 2015

Luis Rogelio Nogueras



Don't look back, lonesome boy





Pausada, pacientemente lo hemos olvidado todo
cuando sobre la cama hacíamos tembar los clavos
y tú subias murmurando, gimiendo como una espuma dulce
Y sonaba la guitarra en el radio, por debajo de las voces
creíamos (al menos yo creía) en las fuerzas de nuestros brazos,
en la minuciosa precisión a toda prueba de nuestras vacilantes líquidas memorias
en el poder absoluto de los poemas que escribí
cuando brincaba descalzo de la cama y a tientas
mientras tu dormías
garabateaba en cualquier papel, en un libro
cuántas palabras hermosas, graves, urgentes quedaron olvidadas
Entonces yo creía que sólo bastaba escribir ruda, impúdicamente

amarte,
que las cosas eran así, que serían así mientras tú estuvieras dormida, desnuda 
mientras yo tuviera a mano un pedazo de papel, la pared del cuarto
cualquier rincón en blanco del planeta;
entonces creíamos en la guitarra, la maldita
guitarra continuaría tocando aún
Esta noche he visto lo poco que pagan por la vida
y tu y yo lo ignorabamos
Esta noche una sombra, cualquier sombra,
basta para apagar aquel fuego fuerte, indestructible, eterno
cualquier viento sur bastaría para apagar mi voz
La memoria es un agua que se agota
y no podemos (al menos, yo no puedo)
recordar, por ejemplo, aquella otra noche
que nos pareció particularmente habitada solo por ti y por mi y las palabras
(¿Llovía? ¿Teníamos qué? ¿Cuánto nos dijimos?)
Ciega mirada la del hombre que vuelve su rostro al pasado
porque olvida dos veces;
qué patético es el que intenta mirar con amor las cenizas del amor;
tan patético como esos payasos que, enloquecidos, en la noche,
en medio de la carpa desierta,
contorsionan su cuerpo
y lanzan su voz estridente contra las gradas vacías




Luis Rogelio Nogueras (1944 / 1985, La Habana, Cuba)
Imagen: www.detectivemethod.ru

21 marzo 2015

Nizar Qabbani



En tus ojos, el mundo ajusta su hora





Antes de que fueras mi amada
había más calendarios para contar el tiempo:
los hindúes,
los chinos,
los persas
y los egipcios tenían sus calendarios.
Después de ser mi amada,
la gente comenzó a decir:
el año mil antes de sus ojos
y el siglo décimo después de sus ojos.
  
En tu amor alcancé el grado de evaporación,
el agua del mar se tornó mayor que el mar,
la lágrima del ojo mayor que el ojo
y la superficie de la herida
mayor que la de la carne.
  
No puedo quererte más aún
ni estar más unido a ti.
Mis labios no bastan para cubrir los tuyos,
mis brazos no bastan para ceñir tu cintura
y las palabras que conozco
son muchas menos
que los lunares que adornan tu cuerpo.
  
No puedo
adentrarme más en la espesura de tu pelo:
llevan años
publicando en los periódicos que estoy perdido.
Sigo perdido
hasta próximo aviso.
  
El lenguaje es ya insuficiente para pronunciarte
y las palabras son como caballos de madera
que corren tras de ti noche y día,
sin alcanzarte.
  
Siempre que me acusan de quererte,
me siento superior;
convoco una rueda de prensa
y reparto tus fotos a los periodistas,
aparezco en la pantalla del televisor
con la rosa del escándalo
prendida en mi ropa.
  
Escuchaba a los enamorados
hablar de sus amores,
y me reía.
Pero cuando volví al hotel
y tomé el café, solo,
supe cómo penetra el puñal del amor en el costado
para no salir nunca.
  
Mi problema con la crítica
es que siempre que escribo un poema en negro,
dicen que lo he copiado de tus ojos.
  
Mi problema con las mujeres
es que siempre que niego mi relación contigo,
oyen el tintineo de tus pulseras
en la vibración de mi voz
y ven tu camisón
colgado en el armario de mi recuerdo.
  
No me acostumbres a ti:
el médico me ha aconsejado
que no mantenga mis labios en los tuyos
más de cinco minutos,
ni me siente bajo el sol de tus pechos
más de un minuto,
para no abrasarme.

Si conoces a un hombre
que te quiera más que yo,
preséntamelo
para felicitarlo
y luego matarlo.



Nizar Qabbani (1923, Damasco, Siria / 1998, Londres, Gran Bretaña)
Traducción: María Luisa Prieto
Imagen: www.poesiaarabe.com

17 marzo 2015

Stanisław Baranczak




Para que en relación con esta cuestión las cosas queden claras como el día





Porque nunca se sabe
si los ojos se abrirán también
con la mañana, si con su escarpada blancura
la pared amanecerá como cada día,
justo en frente; porque cubierta
de guijarros, la vereda susurra entre quejidos
el tardío regreso de alguien y su banalidad
hace resonar el grillo en alguna parte; porque soy
(como en lo que atañe a los sueños) bastante consciente
de mi propia falta de merecimiento
del lugar que ocupo en el punto donde los átomos
se han reunido y en los planes no coincidentes
de los planetas; porque salvo el escape
de los segundos por el fosforescente espacio
de la esfera del despertador, nada impide
sentirse agradecido cuando se sueña; porque soy
(como en lo que atañe a la luz de las estrellas) demasiado ciego
como para que me fuese otorgado como don
el talento de alcanzar a hurtadillas,
a ciegas, las tinieblas emboscadas
en nuestro interior; la capacidad de extralimitarme
más allá de mí mismo, de cometer delitos
tras la frontera del cráneo, crímenes de existencia
más trascendentes que la muerte; porque soy
(como en lo que atañe a la muerte) de opinión bastante viva
acerca de la sangre, que late en las sienes llevando un registro
de los dones; no me creas incapaz de
creer que existes. En lo que no debes creer es en que yo lo haga. 



Stanisław Baranczak (1946, Poznan, Polonia / 2014, Boston, Estados Unidos de Norteamérica)

Imagen:  foto de Joanna Helander en http://www.kinokoszyk.com/

13 marzo 2015

Mario Nosotti



Es un impacto oscuro
casi ruina del holgado mantel.
Lo vegetal afuera en algún lado.
El cuarto que se inunda con el polvo
solar. La mañana es lugar que busca
y me dice sentáte, escribí.
Una chapa ventana mitad óxido
y mitad puntos negros de soldadura
el marco con bisagras para ver
caracteres mecánicos de un libro:
bastardos del pensar que somos
los hijos no buscados de algún modo
son lo que más deseamos.
Pero yo no quería perderme
más allá de la dura
persistencia del acto
leer por levantar una mirada
y ver esos contornos de sombra sacudirse
o vibrar.
De pronto siento que algo me acompaña
la soltura del agua en los reflejos
por el piso engomado. Se oyen rumores
lejos. Casi todos trabajan
hasta los otros pájaros que cantan
recordando que apenas soy un punto
de la línea que sigue.






XIII





Veo esa foto de Picasso del ‘44
de pie en su habitación revuelta,
con el torso desnudo como un viejo
boxeador retirado,
se ajusta el pantalón
y mira hacia el fotógrafo como
increpando ¿qué querés?.
Se ve al fondo un baúl
atiborrado de libros y pinceles
también hay ropa, papeles, nada
que en su actitud denote un más allá
algún aura de artista.
No se nota muy bien si está descalzo
o si tiene pantuflas, y mirando mejor
parece que sonríe, descreyendo.
Podría ser Picasso
si no fuese mi abuelo.




Mario Nosotti (1966, San Fernando, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
Fuente: http://laseleccionesafectivas.blogspot.com.ar/2006/09/mario-nosotti.html

Imagen: www.viajeraeditorial.blogspot.com

11 marzo 2015

Susana Thénon

Ningún jardín justifica el amor que se ahoga desaforadamente






Ayer tarde pensé que ningún jardín justifica
el amor que se ahoga desaforadamente en mi boca
y que ninguna piedra de color, ningún juego,
ninguna tarde con más sol que de costumbre
alcanza a formar la sílaba,
el susurro esperado como un bálsamo,
noche y noche.
Ningún significado, ningún equilibrio, nada existe
cuando el no, el adiós,
el minuto recién muerto, irreparable,
se levantan inesperadamente y enceguecen
hasta morirnos en todo el cuerpo, infinitos.
Como un hambre, como una sonrisa, pienso,
debe ser la soledad
puesto que así nos engaña y entra
y así la sorprendemos una tarde
reclinada sobre nosotros.
Como una mano, como un rincón sencillo
y umbroso
debería ser el amor
para tenerlo cerca y no desconocerlo
cada vez que nos invade la sangre.
No hay silencio ni canción que justifiquen
esta muerte lentísima,
este asesinato que nadie condena. 
No hay liturgia ni fuego ni exorcismo
para detener el fracaso risible
de los idiomas que conocemos.
La verdad es que me ahogo sin pena,
por lo menos he resistido al engaño:
no participé de la fiesta suave, ni del aire cómplice,
ni de la noche a medias.
Muerdo todavía y aunque poco se puede ya,
mi sonrisa guarda un amor que asustaría a dios. 



Susana Thénon (1935 / 1991, Buenos Aires, Argentina)

Enlaces:
Imagen: www.evaristocultural.com.ar

09 marzo 2015

Sharon Olds



Estación 





Al volver del muelle después de escribir,
me acerqué a la casa,
y vi tu cara noble y alargada
a la luz de la lámpara con pantalla de pergamino
del color de la llama.

Tu mano elegante en la barba. Tus ojos
afilados me descubrieron en el césped. Miraste
como el lord mira hacia abajo desde una ventana angosta
y tu desciendes de los lores. Con calma, sin un
dejo de timidez, me examinaste,
la esposa que se escapa a escribir al muelle
ni bien uno de los niños se va a la cama,
y deja el otro a tu cargo.

                                                         Tu boca
fina, flexible como el arco de un arquero,
no se curvó. Nos pasamos un largo rato
en la verdad de nuestra situación, los poemas
pesados como presas de una caza furtiva colgando de mis manos.



De: Satán dice, 1980



La experta en babosas 





Cuando yo era una experta en babosas
apartaba las hojas de la hiedra, y buscaba la
gelatina desnuda de aquellos cuerpos verdosos,
extraños traslúcidos brillando sobre las
piedras, lentamente, sus cuerpos viscosos
a mi merced. Casi enteramente de agua, se encogían
hasta desaparecer si se los espolvoreaba con sal,
pero yo no estaba interesada en eso. Lo que me gustaba
era descorrer la hiedra, respirar el
aroma de la pared, y permanecer allí en silencio
hasta que la babosa olvidaba que yo estaba allí
y sacaba las antenas hacia arriba,
cuernos sombríos que relucían
emergiendo como telescopios, hasta que finalmente las
papilas sensibles aparecían por las puntas,
certeras e íntimas. Años después,
cuando vi por primera vez a un hombre desnudo,
suspiré de placer al ver ese callado
misterio representado otra vez, ese ser
lento y elegante saliendo de su escondite y
brillando en el aire oscuro, ansioso y tan
confiado que te haría llorar.



De: Los muertos y los vivos, 2006



Sra. Krikorian 





Ella me salvó. Cuando llegué a 6to. grado,
con fama de criminal, la nueva maestra
me pidió que me quedara después de hora el primer día de clase, dijo
he oído hablar de tí. Era una mujer alta,
con una profunda grieta entre los pechos,
y una gran nariz calma. Dijo,
Este es un pase especial para la biblioteca.
Ni bien termines tu hora de trabajo—
esa hora de trabajo que me tomaba diez minutos
y después el diablo echaba un vistazo al cuarto
y me encontraba vacía, una casa abierta—
puedes ir a la biblioteca. A toda hora
yo hacía mi trabajo de un tirón y saltaba de mi asiento,
como si saltara del costado de Dios y navegaba
hacia la biblioteca, sola a través de los salones vacíos
y poderosos, mostraba mi pase
y me acercaba al diccionario
para buscar la palabra más interesante
que conocía, chirlo, hundía dos dedos
dentro del frasco de pasta de biblioteca para
chupar ese agrio pegamento mientras
llegaba a la página del cocker spaniel
con su pelaje sedoso enrulándose hacia arriba
como el vapor fino que sale del cuerpo.
Después de chirlo y pecho, pasaba a
Abe Lincoln y Hellen Keller,
a salvo en su bondad hasta el timbre, gracias
a la Sra. Krikorian, giganta amable
de ojos buenos. Cuando me pidió que escribiera
una obra, y la dirigiera, y fue un fracaso, y me
escondí en el guardarropas, me trajo un dulce
como quien apoya una menta sobre la lengua, y hace que el gusano
suba y salga del intestino a buscarlo.
Y así fui vaciada de Lucifer
y llenada de pegamento escolar y eros y
Amelia Earhart, salvada por la Sra. Krikorian.
¿Y quien había salvado a la Sra. Krikorian?
Cuando los turcos invadieron Armenia, ¿quién
la deslizó dentro de un edredón, quien
la encerró en un baúl, quien la despachó a América?
¿Y ese, el que la salvó a ella, y ese—
el que la salvó a ella, salvar al que
salvó a la Sra. Krikorian, que estaba
parada allí en el umbral de 6to. grado, un
ángel caderón, de cabello humeante
flotando alrededor de su cabeza?
Termino debiéndole mi alma a tantos,
a la nación Armenia, un alma más que alguien
empujó detrás de una estufa, enterró
en la grieta de una pared,
escondió bajo una cama. Me despertaba,
a la mañana, debajo de mi cama –sin
saber cómo había llegado allí—y me quedaba acostada
en la penumbra, las pelusas junto a mi cara
redondas y cenicientas, brillando apenas
con el consuelo inquietante de lo que no es ni bueno ni malo. 



De: El manantial, 1996 



Traducciones de Inés Garland e Ignacio Di Tullio
Otros poemas de Sharon Olds, aquí

Imagen: www2.kutztown.edu

07 marzo 2015

Guadalupe Grande




Meditaciones en la antesala





Liverpool no existe.

Eso sabe la mujer que se sienta tras los cristales del aeropuerto a ver pasar el río Mersey,

un río que se parece a la misericordia pero por el que no subirán los salmones: no llegarán al arroyo, no atravesarán el túnel del oso, no desovarán sobre la obcecada obediencia de las brújulas.

Porque Liverpool no existe, en el río Mersey flota la cáscara de nuez en la que navega su diente de leche.

Flota la matrusca, embarazada de sí misma, fiota una y otra vez, hasta su última muñeca, mínimo relato de la infancia, infinito relato de la sublimación.

Flota el ala del albatros y sobrevuela la gaviota y la cera de Ícaro es ahora herruinbre en el limo.

En la otra orilla del río Mersey flota el souvenir africano, esplendor de la piedra que hoy es ruina, piel desnuda en tránsito que aquí se convierte en luminoso vértigo del ropaje.

Quién tuvo misericordia de los tobillos, quién de las pupilas de los ñus en las que habitaban las gacelas, quién de los ríos que desbordan su cauce, y quíén se puso el abrigo y atravesó la ciudad que no existe.

Al otro lado del canal, en el río Mersey, flota el escarabajo de la vida entre los dientes del gato de Chesire, una hoja sobre su sombra, una cerilla en el hueco de la llama, una pluma en el cascarón, su vida, un papel sin botella.

Y quién le puso un plato de leche al gato y supo ver el árbol en la sombra de la hoja y no prenderie fuego, y quién recogerá la tinta con la pluma del mirla que alguna vez atravesó un jardín, quién para escribir dónde, quién para escribir qué.

Poco importa ya que Liverpool no exista. Eso mira hoy en el río Mersey.
Al fin, todo lo que no existe es un mapa de la otra orilla.





Pañuelos de papel





Una luz encendida en cada casa,
aquí,
en el borde sin límite de la penumbra.
Con estos dos ojos solos
y esta lengua absurda,
esta boca rota,
este hueco lleno de ceniza en la garganta
escucho el paso de un trenperdido
no sé porqué, no sé por quién.
¿ ...y quién te mira entonces, quién?
“Adiós y ten piedad”.
Pero esta es la luz de los días,
esta es la sombra azul de la memoria
que ilumina a la hora punta
las conjugaciones de la lluvia sobra los mapas,
sobre los pianos,
sobre la cartografía subterránea
y su extraña germinacíon.
Andenes, calles, vías,
acera, bulevares, puentes,
plazas, cruces, avenidas:
¿ estamos
de verdad
dentro?,
“¿ estamos
de verdad
fuera?”.
A la hora punta de no saber,
un pañuelo de papel seca
la hebra de distancia
que resbala por las mejillas:
suenan los platos,
se afanan los utensilios en las cocinas,
se escucha la conversación del día,
el rumor de la luz que se apaga,
el ruido de la luz que se enciende,
y todo se dispone a partir o llegar
una vez más.




Guadalupe Grande (1965, Madrid, España)

Imagen: www.poemad.com

05 marzo 2015

Enrique Solinas, un poema inédito




Río de la memoria





Con el padre íbamos a pescar al rio,
eran tiempos lejanos y violentos,
como ya sabrás.
Los peces desaparecían y nadie
era capaz de preguntar por ellos.
Yo prefería bañarme en el rio,
que el rio me abrace, me atraviese,
entrar en su cuerpo, con la certeza
de que nadie se baña dos veces
en las mismas aguas.
El padre pescaba y luego,
devolvía al rio sus peces.
“Cada cosa en su lugar”,
decía el padre,
“lo que viene del agua,
al agua debe ir”.
Con el padre íbamos a pescar al rio,
había peces de colores diversos,
como ya sabrás.
Yo tenía siete años y me creía pez,
compartía con ellos
un ritual incomprensible.
Había uno que siempre aparecía
y tenía el color de la esperanza.
Había uno que siempre se mostraba
y de repente desapareció.
Lo buscamos por toda la eternidad,
lo buscamos, lo buscamos
a lo largo y a lo ancho del rio.
Nadie quiso decir en dónde estaba.
Nadie pudo explicar
adónde van
los peces cuando mueren.
Y todavía hoy,
que ha pasado el tiempo,
cierro los ojos y recuerdo,
y me sumerjo en las aguas,
otra vez.
Viene hacia mí de nuevo
el pez de la esperanza.
Voy de nuevo hacia él,
como la única verdad posible.





Enrique Solinas (1969, Buenos Aires, Argentina)

Enlaces:

Imagen: Facebook de ES. Foto de Guadalupe Grande

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