Yusef Komunyakaa

Las cartas de amor de mi padre





Los viernes abría una lata de Jax
al volver de la fábrica,
& me pedía que le escribiera una carta para mi madre
que enviaba postales de flores del desierto
más altas que hombres. Él rogaba,
prometiendo no volver a golpearla
nunca más. A mí me alegraba en cierto modo
que ella se hubiera ido, & a veces quería
incluir un recordatorio: que la “Polka Dots & Moonbeans”
de Mary Lou Williams
jamás deshinchó los moretones.
Su delantal de carpintero siempre lleno
de clavos viejos, un martillo de orejas
colgando al costado & cables de extensión
enroscados en los pies.
Las palabras salían de debajo
de la presión de mi bolígrafo: Amor,
Cariño, Nena, Por favor.
Nos sentábamos en la silenciosa brutalidad
de voltímetros & terrajas,
perdidos entre las frases...
El reflejo de una cuña de cinco libras
en el suelo de cemento
arrastraba un crepúsculo hacia adentro
por la puerta del cobertizo.
Yo me preguntaba si ella se reía
& las sostenía sobre una hornalla.
Mi padre sólo sabía escribir
su nombre, pero podía mirar los planos
& decir cuántos ladrillos
llevaba cada pared. Ese hombre,
que robaba rosas & jacintos
para su jardín, se paraba ahí
con los ojos cerrados & los puños ovillados,
escribiendo con trabajo una sola palabra, 
casi redimido por lo que trataba de decir.

Traducción: Gerardo Gambolini
Otros poemas de Yusef Komunyakaa, aquí
Enlaces: Círculo de poesía

Imagen: kimblekorner.wikispaces.com



Bertolt Brecht

Primavera de 1938





Hoy, domingo de Resurrección, muy de mañana
una nevada azotó de repente la isla.
Había nieve entre las plantas verdes. Mi hijo
me llevó hasta un damasco pegado a la tapia de la casa
apartándome de una poesía en la que denunciaba
a quienes preparaban una guerra que
al continente, a la isla, a mi pueblo, a mi familia y a mí
nos puede tragar. En silencio,
cubrimos con un saco
el árbol a punto de helarse.




Bertolt Brecht (1898, Ausburgo / 1956, Berlín Este, Alemania)
Fuente: f de Claudia Masin

Imagen: investigacionescena.blogspot.com

Pablo Anadón: Apuntes de viajes (Córdoba - Ranchos, 17-VI-16)

I. De pronto, ya en la provincia de Buenos Aires, al levantar la vista de la ruta, sobre la llanura que doraba ―literalmente― el sol de la tarde, una luna traslúcida, espectral, en el cielo aún azul, tan hermosa que casi daba pena. II. Las vacas en los campos, pastando apacible, resignadamente, y las vacas encerradas en el acoplado de un camión, mirando a través de las rendijas. Increíblemente, sólo ahora he recordado el poema “Tren de ganado” de Horacio Castillo: 

“Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.  
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?  
Asomados por el tragaluz mirábamos la inmensa llanura.  
De pronto un mugido nos traía el recuerdo de Ifigenia  
y volviéndonos hacia nuestros hijos los apretábamos contra el pecho.  
¿Qué es aquello? El sol. ¿Qué es aquello? Una nube.  
Habíamos olvidado el color del mar, el olor de la lluvia.  
Los que sabían de estrellas habían olvidado sus nombres  
y les dábamos los nombres de nuestros hijos para orientarnos al regreso.  
¿Qué es aquello? Un árbol. ¿Qué es aquello? Un río.  
Y un canto gregoriano se elevaba a nuestro alrededor,  
hablaba por todos los destinados al sacrificio.  
Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.  
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?” 

III. Sensación, a menudo, de ternura (no se me ocurre ahora otra palabra más exacta o expresiva), ante el paisaje, la llanura infinita, los árboles en fila a los costados de un camino que lleva a una casa, la luz del sol sobre toda la extensión del campo, la luna llena apareciendo y reapareciendo al frente y a la izquierda de la ruta, sobre las ramas ocres o verdinegras de invierno ―sensación semejante, tal vez, a aquélla de la que habrán surgido las palabras de Wilcock, que volvieron a menudo a mi memoria durante el viaje: “los campos de una incógnita Argentina / inexpresablemente espiritual.” 

Fuente; f Pablo Anadón

Imagen: cainabella.blogspot.com


T. S. Eliot



Una partida de ajedrez





La Silla en que estaba sentada, como un bruñido trono
se reflejaba en el mármol, donde el espejo
sostenido por columnas labradas con pámpanos y racimos
entre los que un dorado Cupido atisbaba
(otro escondía sus ojos detrás del ala)
duplicaba las llamas de candelabros se siete brazos
arrojando luz sobre la mesa mientras
el centelleo de sus joyas, derramándose en rica profusión
desde estuches de raso, subía a su encuentro;
en frascos de marfil y cristal coloreado
abiertos, acechaban sus extraños perfumes sintéticos,
en ungüento, en polvo, o liquido, turbaban, confundían
y ahogaban los sentidos en fragancias; agitados por el aire
que se renovaba desde la ventana, ascendían
engrosando las alargadas llamas de las velas,
lanzando su humo hacia la laquearia,
agitando el dibujo del artesonado.
Enormes leños de un naufragio tachonados de cobre
ardían en verde y naranja, enmarcados por la piedra coloreada,
en cuya triste luz nadaba un delfín cincelado.
Sobre el antiguo manto de la chimenea se exponía
como si una ventana diera sobre la selvática escena,
la metamorfosis de Fiomela, por el bárbaro rey
tan rudamente forzada; sin embargo allí el ruiseñor
henchía todo el desierto con inviolable voz
y ella seguía gimiendo, y el mundo siguen aun,
"yag yag" a sucios oídos.
Y otros ajados muñones de tiempo
se narraban en las paredes; formas atónitas
asomaban, inclinándose, silenciando el cuarto cerrado.
Por la escalera se arrastraban pasos.
A la luz del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos
se abrían en puntas de fuego
encendidos en palabras, luego se aquietaron en feroz calma.
"Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, mal. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué no hablas nunca? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en que piensas. Piensa."
Pienso que estamos en el callejón de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.
"¿Qué ruido es ése?"
El viento bajo la puerta.
"Qué ruido es ése ahora? ¿Qué hace el viento?
Nada, otra vez nada.
"¿No sabes nada? ¿No ves nada? ¿No recuerdas
nada?"
Recuerdo
Perlas son éstas que fueron sus ojos.
"¿Estás vivo, o no? ¿No tienes nada en la cabeza?"
Pero
Oh Oh Oh Oh ese Shakespeherian Rag…
Es tan elegante
Tan inteligente
"¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?
Saldré como estoy, y me pasearé por la calle
Con el pelo suelto, así. ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos nunca?"
El agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando ojos sin párpados y esperando un golpe en la puerta.
Cuando el marido de Lil fue desmovilizado, dije...
Sin medir palabras, yo misma se lo dije a ella,
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
ahora que Albert vuelve, procura estar un poco a la moda.
Querrá saber qué has hecho con ese dinero que te dio
para ponerte algunos dientes. Te lo dio, yo estaba allí.
Sácatelos todos, Lil, hazte una linda dentadura,
te dijo, lo juro, no soporto verte así.
Ni yo tampoco, dije, y piensa en el pobre Albert
ha estado cuatro años en el ejército, necesita diversión,
y si no se la das tú, otras lo harán, le dije.
Oh, ¿es eso?, dijo ella. Algo así, le dije.
Entonces sabré a quién agradecérselo, dijo ella, y me miró fijo.
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
Si no te convence haz como quieras, le dije.
Otras pueden elegir si tú no puedes.
Pero si Albert se larga no será porque no te lo avisaron.
Deberías avergonzarte, le dije, de parecer una anticuada.
(Y sólo tiene treinta y uno)
No puedo remediarlo, dijo ella, poniendo cara larga,
con esas píldoras que tomé para abortar.
(Ya con cinco, y casi muere a causa del pequeño George.)
El farmacéutico dijo que todo andaría bien, pero no fui más la misma.
Eres una gran tonta, le dije.
Bueno, si Albert no te deja tranquila, es tu problema, le dije,
¿por qué te casaste si no quieres hijos?
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
Bueno, ese domingo Albert ya estaba en casa, y tenían
Jamón ahumado caliente,
Y me invitaron a cenar, para que apreciara qué belleza el
Jamón caliente...

APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS

...asnoches Bill. ...asnoches Lou. …asnoches May. …asnoches.
Gracias gracias. …asnoches. ...asnoches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, dulces señoras,
buenas noches, buenas noches.





T. S. Eliot (Thomas Stearns Eliot, 1888, St. Louis, Missouri, EUA / 1965, Londres, Gran Bretaña)


Fuente: Zoopat
Versiòn: Alberto Girri

Enlaces:


Imagen: collider.com

Mi relación con Dios: entre la devoción y la duda.

Por Diego Muzzio

Unas semanas antes de tomar la primera comunión, mi padre se desmayó en la ducha. Aneurisma cerebral. Lo internaron. Estuvo hospitalizado una semana. Una de esas noches, recé. No para que se salvara: recé para que se hiciera la voluntad de Dios. Si su voluntad era que mi padre viviera, mucho mejor. Pero lo que yo quería era una resolución a tanta incertidumbre. La angustia me aplastaba el pecho y yo quería volver a respirar. A la mañana siguiente, Dios había expresado su voluntad: mi padre estaba muerto.
Yo tenía diez años; comulgué por primera vez viendo la imagen del ataúd de mi padre, que no podía borrar de mi cabeza. El mundo, de pronto, se había vuelto pura intemperie.
Mi familia era católica como suelen serlo la mayoría de las familias de clase media, es decir, de la boca para afuera. Mis padres no eran practicantes. Sin embargo me bautizaron y, más tarde, me mandaron a hacer la primera comunión. Era una tradición, una obligación social.Solo que yo me tomé las cosas en serio. La muerte de mi padre profundizó la fe que ya sentía y, a los diez años, creía con la convicción y la pureza propias de la infancia.
Hasta empezar el secundario, fui católico. Tomé la confirmación, iba a misa, me confesaba, comulgaba. Cinco años en un colegio religioso pulverizaron totalmente mi catolicismo. Las autoridades y profesores responsables de nuestra educación religiosa parecían ensañarse especialmente con las enseñanzas de Jesús. En esas aulas se seguía una doctrina ciega, fascista, muy alejada del amor y de la misericordia cristiana. El cura, que también era el director, aprovechaba la confesión para sonsacar a los alumnos información sobre quién se copiaba en los exámenes. Si alguien se atrevía a discutir los axiomas religiosos que alguna profesora intentaba meternos a la fuerza en la cabeza, era inmediatamente tildado de imbécil o expulsado del aula. Pero, además de eso y seguramente lo más importante, a esa altura yo ya conocía todas las atrocidades cometidas por la Iglesia a lo largo de la historia.

Silvia Camerotto





La deriva





El predominio del sapo sobre la mosca
Con un pie en cada lado
acomodás los álbumes familiares
Tres décimas de amianto son justas y necesarias
porque no encendiste fuegos fatuos
pero empezaste tarde
y ahora es el momento de emprender la retirada
Hubieras sido la superficie plana de un paisaje
que se mira desde un auto
el bajío o nada más, los asuntos que se olvidan
No los blasones que se ostentan en la reja de una casa
Es que cayó la niebla y el camino a la cocina es un acantilado
Ni sangre ni buena voluntad sino la cólera de dios
que todo lo que toca convierte en oro
El juego de los hijos.





De: "La grosse fuge, Ediciones dle Dock, 2012
Otros poemas de Silvia Camerotto, aquí

Imagen: f SC

Sharon Olds




Hijos grandes




Uno desde una dirección, otro
desde otra, un día vuelven, juntos,
y de pronto mi cuerpo cabe
en el aire que ocupa, y mi cerebro
entra en mi cráneo otra vez, y mi mente
en mi cerebro, y sobre los relieves anticlinales de mi
mente juega la luz. La semana anterior en la playa había visto
un ser que al principio no pude nombrar,
una criatura baja, erguida, con una cabeza
redonda y el cuerpo echado hacia atrás y unas
extremidades cortas que destellaban a los lados y debajo
como las puntas de una estrella, tanto que parecía brillar,
titilar en la arena - era un pequeño
primate, y detrás de él venía otro,
más pequeño y más primitivo,
un guiño deslumbrante, centelleante,
era un bebé. Y ahora nuestra hija
duerme en el sillón, no siete kilos
seiscientos, sino más o menos de mi tamaño,
su cara maravillosa compleja delicada,
tranquila. Y nuestro hijo, anoche, miraba de cerca
a su enamorada mientras susurraban por un instante, qué tierna,
atenta mirada tenía. Los criamos
diariamente, quiero decir cada hora- cada minuto
éramos de ellos, ninguna hora pasaba en la que no estuviéramos
criándolos- llevándolos, soportándolos, alzándolos
en brazos, por placer, y para que pudieran ver,
más allá, lejos de nosotros.




De: "La materia de este mundo", Ediciones Gog & Magog, 2015
Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio

Otros poemas de Sharon Olds, aquí

Imagen: barclayagency.com


Grown children




One from one direction, one
from another, one day they come back, together,
and suddenly my body fits
in the air it is standing in, and my brain
fits in my skull again, and my mind
in my brain, and over the anticlines of my
mind light plays. Last week I had seen
a being on the beach I couldn't name at first,
a short, upright creature with a round
head and swaybacked torso and brief
appendages flashing to the sides and below
like the beams of a star, so it appeared to
sparkle,
to twinkle along the sand-it was a tiny
primate, and behind it along came another,
tinier and more primitive,
a dazzling winking, scintillating
along, it was a baby. And now our daughter
is sleep on the couch, not six pounds
thirteen ounces, but about my size,
her great complex, delicate face
relaxed. And our son, last night, looking elosely
at his sweetheart as they whispered for a moment, what a tender
listening look he had. We raised them
daily,  I mean hourly-every minute
we were theirs, no hour went by we were not
raising them-carrying them, bearing them, lifting them
up, for pleasure, and so they could see,
out, away from us.





Jesús Sepúlveda


El animal tiene hambre





El animal tiene hambre
de fulgor y estambre
Tiene hambre

Ha muerto tratando de cazarlo
Suspirando
última y fatalmente

El hambre brinca
Tiene vigilias

Hay lomos liberados
que bailan / se calientan
Beben agua con sospecha

La hambruna enrarece
¿O pan o azúcar o té
o gas
o la mano tierna?

El animal tiene hambre
de bondad

Famélicos aquellos que engordan
dejando sin comer al otro
u otra
que permaneció atenta a sus cachorros

El animal tiene hambre
Recorre zanjas
lomas
Viaja

Se para en dos patas y escarba la colmena
Abre sus alas y se arroja de un risco

El animal tiene hambre
cuando va en bandada
o vende sus pulmones sus ojos
su bondad su bronca
que quedan colgando de los ganchos de la carnicería

No hay matarifes sin matadero

hay una revista. un cuento. una micro
y el barrio donde se crió el que escribe

Hay matanzas

Generales los jiferos que llevan delantal plástico
o cotona blanca como los doctores
los químicos los curas los investidos

O botones dorados / jinetas
o terno
A cuero limpio
o sudado

Cuando el animal tiene hambre
todo está tenso
Se desmoronan los libros
se parte la tierra

En el jardín brotan flores de otoño
En la glorieta irreal y necesaria
corre la brisa
pasa la gente

El hogar es uno
que fuma sentado en el patio de su casa
o en un hotel
o aguarda silencioso en el rincón de la infancia
o espera afuera
hasta que abran la mampara

El hambre sale y entra por las rendijas
Hace ranuras
Respira
Trepa rejas
Se alimenta

El animal en cambio no espera
desfallece o muerde
Tiene hambre
y frío

No sabe vivir
con dolor y angustia
pero trata

Se prepara once / se baña
o no se baña

Se harta hasta el hartazgo

Sorbe
Remoja el pan

Se serena un rato





Jesús Sepúlveda (1967, Santiago de Chile, Chile)
Fuente: Jornal de poesía

Imagen: www.svp.org.mk

Lisandro González



4.





Desde la ventana
se abre un corazón sentimental
hacia fuera y hacia dentro.

Las paredes del departamento
del que espera —al menos— un grito de los muebles
o canción del desayuno

deberían tener color especial,
o ser de tela liviana que mostrara
ese corazón anfibio

a piedras que de vez en cuando
el cielo arroja.
El corazón respirará como mariposa

dispuesto al vuelo rasante
sobre lugares comunes
ametrallado por las piedras.






9. 





El dolor describe  
su línea aséptica 
mientras el ruido del resonador 

musicaliza. 
Luego, en la calle 
se recorren lugares donde el dolor 

ha tomado antes 
formas mucho más sofisticadas 
y perversas, 

sabido tallar 
la marca del diente 
en órganos más etéreos y sensibles. 

Así el otro dolor, el aséptico 
se transforma 
casi en alivio. 





13.





El analgésico y el alcohol
pueden potenciar sus efectos
como la madrugada

y elenco en retirada de la noche.
Los fracasos del amor
pueden tener efecto similar

y algo parecido suceder
con ladridos,
sirenas y el ruido de los autos,

todos juntos hasta creerse música
de una película sin director
o poema anónimo.

Y un buen verso resplandece
junto a otro
condenado al ruido.





23.





Los fenómenos naturales
y especialmente
variaciones de la luz

en su dialéctica
siguen siendo
temas ineludibles.

Una pequeña ventana del baño
puede ofrecer
múltiples posibilidades

y hasta algún tipo
de felicidad
en la humilde orfebrería

que el poeta
atesora
en el olvido.




Lisandro González (1973, Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina. Reside en Rosario, Santa Fe)
De: "Poemas lumbares", Ediciones UNL, 2014


Eduardo Espósito



Introducción al Zen


A Daitsez Suzuki




Cuando la voz del vendedor ambulante
corra en sentido contrario a la dirección
en que va el tren
Y ambas fuerzas se conjuguen en un punto
en el que una rubia eche humo descuidada
sin importarle el resto de los pasajeros
ni en cartelito de prohibido fumar
Cuando el piropeador de turno
el ciclista y el hombre de la bolsa con corbata
se encuentren en el mismo vagón
para hablar de la carrera del domingo
Y mamá regrese del tatoo
y me muestre el piercing en la lengua
Cuando las nuevas hordas bárbaras
desciendan en la última estación
y arrasen con cuanto imperio choripán
panchito o huevo duro encuentren
Y yo a diez centímetros del suelo
mirando todo esto
pueda tomar una coca
tranquilamente en una esquina
sin importar que me pasen por encima
la edad la economía
y alguno que otro gobierno de facto
Entonces habré asegurado la paz para mi alma
Entonces los árboles de la terminal
albergarán más pajaritos al fin
que mi cabeza.




Otros poemas de Eduardo Espósito, aquí

Imagen: sites.google.com

Francesca Serragnoli



Cierras mal la puerta
entra la luz, voces
y mientras espío, llueve.

Entra para mí en el labio
como hacen los peces
silenciosos lentamente
soy puente de campo
avanzo entre las gotas
río, resbalo.

Tus brazos
son una gruta
donde reposo.

Tengo miedo de que el agua se lleve
la luz que se desplaza mirándote.





Francesca Serragnoli (1972, Bolonia, Italia)
Traducciòn: María Cecilia Micetich

Imagen: www.internopoesia.com


Chiudi male la porta
entrano luce, voci
e mentre spio, piove.

Entra per me nel labbro
come fanno i pesci
silenziosi adagio
sono ponte di campagna
avanzo fra le gocce
rido, scivolo.

Le tue braccia
sono una grotta
dove riposo.

Ho paura che l’acqua porti via
la luce che transita guardandoti.

ANTOLOGÍA EL POETA OCASIONAL