29 de noviembre de 2009

28 de noviembre de 2009

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Eugenio Mandrini



Silencios




Silencio del poema fallido, del espejo ausente de las
confesiones, de la lengua atascada en el horror.
Silencio del ciego ante un súbito resplandor.
Silencio del ojo hipnotizado por el fuego, y del ojo que se
escruta a sí mismo hasta el llanto o la intriga.
Silencio de la ropa fuera del muerto, del perro desorientado
bajo la noche del eclipse, del barro aprisionado en la
vasija.
Silencio del que apunta el arma a un cuerpo de animal
o de hombre, y silencio cuando guarda el arma
viendo cómo el cuerpo de animal o de hombre se detiene,
pierde luz, cae.
Silencio de la mirada de lujuria, en tanto que la lengua no
murmure corriendo por los labios.
Silencio del humo después de la devastación.
Silencio del que oye un ruido en la noche y permanece inmóvil
hasta que el amanecer enciende las luces de la casa.
Silencio del árbol olvidado por el viento, los pájaros, la
música del estío y el batir de los insectos nocturnos.
Silencio del odio acorazado en el insomnio.
Silencio de la multitud arrodillada como un ramo de orejas
muertas.
Silencio del caracol enterrado en la arena, el que relataba
en los oídos el sonido de la época y lo confundián
con el mar.
Silencio de la mujer que mientras derrama una gota de lágrima
o bilis sobre carnes y verduras, piensa qué está haciendo
allí cocinando para un mortal y no para un dios.
Silencio de las piedras al fondo del abismo, sin mano que las
elijan como proyectil o para arrojar a un muerto, y sin
voces que elogien sus brillos en la lluvia.
Silencio del hueso solitario que se liberó de la jauría.
Silencio de un hombre y un a mujer que convocados por
lo desconocido, al mirarse los ojos inician
la travesía entre la esperanza y la nada.
Silencio de la noche presentida, de Chuang-Tzu después
de no saber si fue o no una mariposa, del libro por el
anteojo roto, de la calle donde una mano pide
compasión.
Silencio del hambre consumada y del pan sobreviviente.
Silencio del que crea su mundo paralelo, cada vez que acostumbra
a sus fantasmas a flotar en las ventanas llovidas.
Silencio del silencio último, el más negro o más blanco
o azul o tibio en otra tierra.
Silencio del alma del estupor.
Silencio que ya no sabe lo cierto ni lo incierto, que es sólo
levedad o transparencia, y calla.





Eugenio Mandrini (Buenos Aires, Argentina, 1936)
De "Conejos en la nieve", Ediciones Colihue, 2009
Premio de Poesía Olga Orozco, otorgado por Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Jorge Boccanera y Antonio Gamoneda

Imagen: nalocos.blogspot.com

26 de noviembre de 2009

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Raymond Carver













Una tarde




Mientras escribe, sin observar el oceáno,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de la vida marina.
todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar

22 de noviembre de 2009

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Malcolm Lowry


Salida de sol





Sin rastros de ebriedad cabalgué hacia la aurora,
con mano firme empuñé la única rienda,
recién calzado, recién absuelto -pero no recién nacido-
en la grandilocuente, la cordial pradera.
Desatado como el cielo corría mi corcel
y en armonía con el cielo brotaba mi canción.
Ah, los años a mi espalda parecián perdidos, perdida la proeza,
cuando olvidados los estribos yo cabalgaba.
-Pero qué cactus son estos en mis manos,
perros salvajes y espectros, ¿lo envuelven todo?
y regresé a esa tierra crepuscular,

galopando, galopando, galopando

Amarrado a este fatuo, a este inexorable caballo
de ojos sin párpados y de nombre, remordimiento.




Malcolm Lowry

Malcolm Lowry (Liverpool, 1909, Sussex 1957, Inglaterra)
Versión de Laura Nicastro en revista El ornitorrinco, enero de 1979

16 de noviembre de 2009

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Eugenio Montale


Esa flor que repite...





Esa flor que repite al borde del barranco
no te olvides de mí,
no posee colores más alegres ni claros
que el espacio arrojado entre tú y yo.

Un chirrido se suelta, nos separa,
el obstinado azul no reaparece.
En el calor casi visible me devuelve a la opuesta
etapa, oscura ya, el funicular.






Eugenio Montale (Genova 1896 / Milán 1981, Italia)
De "Motetes", traducción Horacio Armani



2 de noviembre de 2009

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Luis Eduardo Alonso




Soplar en el viento




he vuelto a ver un hombre que deseó escribir una melodía que te
volviera completamente loca nena
que soñó un empleo donde tocar la armónica y soplar en el viento,
soplar en el viento
los días de oro, las edades del dulce hartazgo
una foto de Radiolandia con los ojos puestos en un lugar
magnífico
y ese hombre no es Bob Dylan, los Rolling Stones cantando
pasemos la noche juntos
no es el muchacho en moto que ves pasar por esas autopistas
llenas de avisos comerciales
ni ha escrito la melodía perfecta donde por un instante has oído
el paraíso
Ese hombre es Paco que trabaja en una carnicería

1 de noviembre de 2009

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Fabián Casas


Cancha Rayada






Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre
van en coche al muere.






Fabián Casas (Buenos Aires, Argentina, 1965)
De "El Salmón", Libros de Tierra Tirme, 1996

Imagen: abc.es

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Raymond Carver



Madera de balsa





Mi viejo parado frente a la cocina sostiene
sobre la hornalla encendida una sartén
en la que prepara un revuelto de huevos y seso.
Yo me pregunto: ¿Quién tiene hambre esta mañana?
En un día como el de hoy siento en mi cuerpo
la porosa fragilidad de la madera de balsa.
Las palabras flotan en el aire. Algo ha sido dicho.
Mamita lo dijo. ¿Qué es lo que dijo?
Algo, estoy seguro, relacionado con el dinero.
Quiero ayudarlos. Lo haré si no desayuno.
Mi viejo le da la espalda a la cocina oxidada.
Grita: "estoy en un pozo",
vuelve a gritar: "no me hundas más".
La luz se filtra a través de la ventana.
Alguien llora.
Lo único que puedo recordar es el olor intenso
del seso y los huevos quemados en la sartén.
La mañana entera mezclada con otros desechos
es arrojada al tacho de la basura.
Minutos más tarde salimos en el auto hacia la quema,
un viaje de unos 15 kms., no nos hablamos en el trayecto.
En los montículos, oscuros, malolientes,
tiramos nuestras bolsas y cajas de basura.
Las ratas chillan, emiten cortos silbidos,
se mueven arrastrando el vientre hinchado
entre los restos de los desperdicios putrefactos.
Volvemos al auto y observamos el fuego, las llamas,
el humo espeso que se adhiere a los charcos negros.
El motor del auto sigue funcionando.
Huelo el aroma del cemento para pegar avioncitos
que se ha quedado adherido a la punta de mis dedos.
Él me observa cuando acerco los dedos a mi nariz.
Después mira hacia otro lado, mira hacia el pueblo.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a un millón de kms. de distancia.
Los dos estamos muy lejos, y alguien sigue llorando.
En ese momento yo empecé a comprender
cómo es posible estar en un sitio y en otro lugar también.






Raymond Carver (Oregon, 1938 / Port Angeles, 1988, EUA)
De "Bajo una luz marina" (In a marine light), 1986
Versión de Esteban Moore