Ch Baudelaire / G Ungaretti

                                
                 










Una carroña


Recuerda aquel objeto que vimos, alma mía,
un día estival y soleado:
al borde de un camino, una carroña infame
en un lecho de piedras sembrado.

Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
quemante y sudando veneno,
abría de manera abandonada y cínica
su vientre de emanaciones lleno.

El sol resplandecía sobre esa podredumbre
como para cocerla a punto,
y devolver al céntuplo a la naturaleza
cuanto ella había puesto junto.

Y el cielo contemplaba la osamenta magnífica
expandirse como una flor.
Creíste desmayada caer sobre la hierba,
tan fuerte era el hedor.

Las moscas bordoneaban sobre aquel vientre pútrido,
del que salían batallones
de larvas negras, que corrían como líquido espeso
por esos vivientes jirones.

Todo aquello bajaba, subía cual las olas,
o desprendíase crujiendo;
dijérase que el cuerpo, lleno de un soplo vago,
multiplicábase viviendo.

Y todo eso sonaba con una extraña música;
de agua o de viento era el rumor,
o de grano que con rítmico movimiento,
agita y vuelve el aechador.

Las formas se borraban, no eran ya más que un sueño,
un esbozo confuso y lerdo
en la tela olvidado, al que el artista acaba
solamente por el recuerdo.

Y detrás de las rocas, una perra intranquila
nos miraba con ojo airado,
acechando el momento de recobrar en la osamenta
el apetecido bocado.

-Y sin embargo, igual serás a esta basura,
a toda esa horrible infección,
estrella de mis ojos, sol de mi vida entera,
¡tú, mi ángel y mi pasión!

Sí, tal habrás de ser, oh reina de las gracias,
después de los últimos rezos,
cuando bajo la hierba florida y lujuriante
te enmohezcas entre los huesos.

¡Entonces, oh mi bella, díles a los gusanos
que te devorarán a besos,
que yo guardé la forma y la esencia divina
de mis amores descompuestos!


Charles Baudelaire (Paris, Francia, 1821 / 1867)
De: "Las flores del mal", Editorial Losada, 1997

Imagen: logasto.wordpress


Vela


Toda una noche
echado junto
a un compañero
masacrado
con su boca
rechinante
vuelta al plenilunio
con la congestión
de sus manos
penetrada
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor

No he estado
nunca
tan unido a la vida


Giusseppe Ungaretti (Alejandría, Egipto, 1888 / Milán, Italia, 1970)
De: Antología, Cia.General Fabril Editora, 1971

Imagen: biblioteignoria

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