Ruy Rodríguez, un poeta ocasional


de lola y con trompeta de hojalata




 

estoy haciendo sonar una trompeta de hojalata, tiro de tu mano lola, me cansan las lluvias que no lavan ni mojan mi ventana. ahora ya no estás, te fuiste con el pobre hermanito de novelista famoso disfrazado de marinero yanqui, que no toca trompeta pero da lata en forma creciente y obligada. toco trompeta y toco tu pierna lola cuando estás bailando.
no...no pares, sigue bailando total estamos solos parapetados en esta andrajosa madrugada, no pares, piensa que te miras en un espejo, tu niño de celuloide duerme y abraza una trompeta y sueña que es contramestre en un barco que se pavonea con ruido a latas en un mar picado de bañadera antigua. tienes ojos tristes, ojos que se expanden en fuga, ojos que hacen fiestas de todos los elogios, no ejerzas profesión de triste, baila aunque no suene mi trompeta, mírame y baila en tu espacio ortopédico. yo no sé bailar, nunca pude aprender porque me daban verguenza los ojos famélicos de mi primera compañera de baile. pero ahora los andamiajes han cedido y el dolor como lata oxidada peca de escándalo en este prontuario de niño-contramaestre-que-toca-la-trompeta.
tu niño como yo no duerme lola, tu niño teme los inciertos amaneceres con gallos de papel maché cantando sobre las demoliciones. sigue bailando como en aquella niebla con musgo e infinito puerto de la película de jacques demy. oigo tu risa lola. brilla el tribunal de tu boca. no pares aunque yo te hable de barcos con borrachos tripulantes, aunque recuerde puertos alejados de las playas en mares que fermentan, no pares
a pesar de las levaduras y manchas en fotos memoriosas. sigue bailando que ese tu sol inusitado ya lustra destellos sobre un blanco convertible americano de tensas y opulentas formas como tus vecinas: esa damas provincianas de corsé avasallante.
no te calles ni te vayas con el día lola. piensa sólo en; qué podría hacer un tocador de trompeta de hojalata como yo entre las engranajes de una maquinaria francesa. tal vez buscar corales en el sena o escribir una larga lista de hambres concentradas y colgarla como si fuera un kakemono en la torre eifell (allí donde por última vez entrecerraron los ojos y lloraron sordas notas soplando sus trompetas los ídolos suicidas), y caminar y cansarme hasta finalmente sentarme en algún oscuro grabado de daumier donde poder pensar y proyectar la búsqueda del dormitorio de un vientre exasperante.
lola, nada de eso ya sirve, nada de eso hará brillar las lentejuelas de tu sol sobre los escombros de este mapa, de esta quemada geografía que ahora sólo quiere ser un estertor en nuestra pequeña vitrina de desorden para poder partir una vez más, y ser el brujo-payaso-imperialista que toca la trompeta como miles davis entre los dementes del amazonas, con los paisajes barridos por los cocodrilos con sus dichosos hocicos taciturnos, con toscas sirvientas con aros de todos los colores y un enorme infierno de elementos.

hay memorias hoscas que se arrastran por las notas bajas de este solo con sordina, ya has dejado el límite del tiempo y se mueve el continente. toco tu pierna. dejo la trompeta y tiro de tu mano. ya las lluvias marcan las horas de marcharse con las ratas lola.

Ruy Rodríguez
De: "El buho en el vitral", Ediciones Sunda, 1967

Imagen: taringa.com

Piumo o el anagrama pirofágico

El grupo Opium, asi como las publicaciones que generó, tuvo su tiempo entre 1962 y 1968. Pero ésa es la historia oficial de una experiencia nada oficial. También existe una prehistoria bastante secreta y que puede sintetizarse asi: hubo una primera plaqueta -quizá el primer fanzine sudamericano-, un ejemplar hoy aún más inhallable que sus otras impresiones, que reunió y luego confrontó a Ruy Rodríguez y a un jovencisimo Juan Carlos Kreimer -el mismo autor de ¡Agárrate! (1970), la primera gran biblia del rock nacional, con fotos de Osear Bony y Punk la muerte joven (1978), libro de cabecera de toda una generación de punks hispanoparlantes- por disidencias en la que se entremezclaban lo tipográfico, ideas de diseño y otras intenciones. Rodríguez quemó gran parte de los ejemplares y Kreimer reformuló los restantes presentándolos bajo un anagrama jitanjafórico: Piumo. Si el nombre original era una apropiación de Alfred Jarry (de Les minutes de Sable Memorial: "Tras entregar un papel azul al cajero, con el bolsillo tintineando, ascendí a uno de los ómnibus del pais del Opium"), el neologismo de Kreimer pasó a engrosar, de inmediato, el argot circulante de unos pocos iniciados (perversiones de otras perversiones del lunfardo). Como "Sunda". Menesunda, Ultra Zum, etc.

Fue entonces cuando Rodríguez (fan confeso de la poesía de Enrique Molina) conoció a Mariani (quien todavía usaba su nombre de pila, Reynaldo). Y pocas semanas después. Rodríguez partía hacia Brasil, donde viviría hasta 1964. Colaboró con la Revista Agraria y escribió un libro de poemas, cuya edición íntegra olvidó cuando regresó a Buenos Aires, huyendo del clima político que empezaba a proliferar. Para una nueva plaqueta, donde apareció su poema "El visionario y la ciudad", ensayó una autobiografía mínima: "Nació por 1940, creemos. A veces lo encontramos en un café de Buenos Aires, siempre desaparece al día siguiente. (...) Qué hará mañana, nadie lo sabe. Al frente otros itinerarios llenos de visiones. Esperemos".

Rafael Cippolini en I poeti nomadi

Enlaces a esta entrada: La imaculada decepción;Beatniks en Iberoamerica

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