Jorge Fernández Gonzalo

Cabos rotos





Ese momento que se escapa a todos,
ese momento que no será de nadie
y que vibra, está vibrando todavía
en el cordel muy fino de la savia
de estas ortigas,
en la forzosa rienda apresurada
con que la flor se une a la existencia.
Qué delicada su canción, sus hilos,
la telaraña con que apenas mueve
la yerba. Y no podríamos
soportar ese brillo macilento
que nos une y separa de las cosas,
esa hebra por la que daríamos
la vida, si no fuera
por su nudo que es nuestra esperanza,
por el desgarro de la duda,
el cordel del engaño.
Hemos perdido el hilo de las cosas
aunque quede la urdimbre del lenguaje
como consuelo a tantos cabos rotos.





Patio de golondrinas





No busques refugio para tu desconsuelo
en el tiempo que se han llevado los jazmines,
el grillo o el alerce,
en el tramo de piedra
que lleva al patio de las golondrinas.
No busques amparo y ven,
ven marzo que te llevas los despojos
del invierno y nos dejas
la luz como temblando
en sus alas curiosas y muy recogidamente
abres tus puertas de blancura,
abres la tarde y
me comprendes
en cada brote que amenaza vida,
en cada plaza donde hay nieve,
el trigal prematuro,
la sombra limpia de los avellanos.

El tiempo, que se fue con las cosas,
con los jazmines en biznagas o en la piedra
deja algo hermoso en sus cenizas, algo
por que dar la palabra.
¿Qué me ofrece verdad, el viento húmedo
a la espera de marzo
y la rama y su lenguaje en brotes
o el olvido que arde en el espliego,
la catedral de pérdidas que alza
febrero, el andamiaje
y la vidriera de las primeras hojas?

La nieve era vulnerable
a la mirada en que la comprendíamos.
Si hasta la luz deja su rastro en ella,
el rastro o la memoria
porque este paisaje no podría
decirse sin el coste del silencio
por pago. Si hasta la mirada
mancha. Si mi voz
destruye lo que afirma, y todo es nieve
que huye a la palabra,
que se derrite al tacto,
nieve o memoria de mi despedida
al asedio de una aurora intacta.






Jorge Fernández Gonzalo (Madrid, España, 1982)
De: "Arquitecturas del instante", Madrid, Adonáis, 2010

Imagen: canal-literatura.com







0 comentarios

Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.