22 agosto 2010

Czeslaw Milosz



Un día fui a visitar la librería de Blaisten en San Juan y Boedo. Buscaba versos, como siempre, versos impresionantes y el bueno de Isodoro me recomendó los poemas de Milosz. Mientras regresaba a mi casa, ufano por la visita, me preguntaba por qué a Blaisten le interesaba tanto Milosz. Entonces, yo transitaba un camino de figuras monumentales o domésticas, pero un camino estrecho; y el libro se instaló entre la modestisíma espesura de lomos relucientes o gastados, y en el olvido. Sospecho que la recomendación se originó por simples roces con lo emocionante. Ahora que releo a Milosz o cuando releo a cualquier otro poeta, imagino satisfacer las apetencias de algunos, aun aquellas de los distraídos como yo.




La berlina detenida en la noche



A la espera de las llaves
-él las busca sin duda
entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años-
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda...
Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas
hasta la alta y negra puerta
del castillo.
Así el abuelo, antaño, regresó
de Vercelli con la muerta.
¡Qué recelosa y muda, y negra mansión
para mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio
es la voz de los retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura,
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón a su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora. duérmete, mi pobre criatura, duérmete,
paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás cuán bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de junio, ataviado
de flores -¡Oh criatura mía! -, como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(en el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,
como giraba en mis sueños de niño
la vieja -¿recordáis
la vieja hechicera? -.)
No, señora, nada escucho.
Él es muy anciano,
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra,
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerraduras mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto.
Yo he perdido la memoria.
Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tatarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comián allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aqui llega Witold con las llaves.





Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911 / Cracovia, Polonia, 2004)
De. "Antología poética", Compañía General Fabril Editora, 1961)
Enlaces: Czeslaw Milosz por Seamus Heaney

Imagen: zwoje-scrolls

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