13 septiembre 2010

Diego Roel




Alguien borró las huellas,
ocultó las letras y los signos.




Ciudad irreal




Ahora veo un círculo dentro de otro círculo
y avanzo sin mirar atrás.

El viento arrastra las últimas imágenes,
las infinitas variaciones del mundo.

Me quedo quieto y espero.


Antes del día
alcanzamos ese lugar imposible.

Ese lugar,
corazón del agua o de la luz.

Entretanto
los límites se desplazan,
los contornos se diluyen.

Nada es real




En este último giro
me quedo quieto y observo
la lenta caída de las cosas.

No puedo hablar.



Por eso
apenas muevo una mano,
un pie.

No tengo de dónde asirme.


Qué nos retiene aún aquí


El poema se hace y deshace.

No tiene centro, no tiene rostro ni sonido.

Crece y palpita,
se apaga y se duerme en las cenizas.

Ata y desata.




Ciudad irreal




Escribo como quien salta o muerde o tiembla.

Hablo de lo que fluye, de lo que muta y sangra,
del permanente nacimiento de las cosas.

Camino a ciegas.



Y me pregunto
cómo traducir la interminable sucesión.
Cómo decir que punza y retrocede,
eso que brilla y canta.

Cómo decirlo.


Porque no hay continuidad:
se fugaron los nombres, se desplegaron las sombras del lenguaje.

Ya nada conjuga con nada.



La Voces me dijeron:

El vacío es destrucción y belleza.
La belleza es silencio.
El silencio no tiene imagen ni memoria.

El vacío es apertura y promesa.



Me paro aquí,
donde descansa el ala de la noche.

Y observo la inevitable mutación,
aquello que golpea, que respira y late.

Afuera es igual que adentro.



Sí, todo nace y muere.

No hay nada que quitar, nada que añadir.






Diego Roel (Temperley, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1980)
De: "Las variaciones del mundo", Ediciones El Mono armado, 2010)

Imagen: eldesaguaderorevista.blogspot.com

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