29 diciembre 2010

Néstor Groppa



La conexión eléctrica





Llovía. Los obreros estaban con sus caparazones de plástico
de vivos azules y amarillos
subidos a un púlpito
y en medio de la escalera de la lluvia.
Manipulaban las viboritas eléctricas
adormecidas en el interior de los cables;
separaban los voltios reacios; apartaban las chispas
y endilgaban la procesión de la luz
hasta un fornido pacará frente a la demolición
de la casa vieja de los Caballero.

Jugaban con fuerza magnéticas, volúmenes, curvas y voltios
en ese espinoso jardín de amperes
con flores mortales
decorando la noche que sostiene
a la luz.
Del cielo bajaba agua y neblina;
fuerzas armadas de la provincia
vigilaban esa poda eléctrica y empalme en las alturas
entre los pájaros con todas sus albas encendidas.

Ninguno advirtió que la máquina que sostenía el púlpito
sería un caballo de Troya cargado con jardineros
electricistas
colgados del cielo por la cintura; pegados a los postes
entre derrames de agua fulminante.
Y de pronto el grito. Y le aumentaron aplausos
por la hazaña de haber desviado la cadencia de la luz
sin despertar las víboras del voltaje en su sueño continuado,
sin apagar los espejos de Emmanuel
que seguía cortando el pelo a la navaja en su peluquería reciclada,
abajo,
entre aerosoles, cortinitas y cumbias de la radio.





Néstor Groppa (Laborde, Provincia de Córdoba, 1928. Reside en San Salvador de Jujuy)
De. Diario de poesía N° 58, 2001)

Imagen: El desván de Rita Kratzman


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