Rolando Merayo



I





Hay multitudes
cayendo
detrás de ti
y hombres que desarman
los campos
viendo caer sus cuerpos
a la intemperie
de sí mismos.

Yo me arrincono en la distancia celeste
y me arranco la mirada
cada vez que piso el aire
o
la persiana desequilibrada
de tu belleza
inepta
frágil.

Me despierto herido
y nacen llagas
en las galaxias
mientras las estrellas
se precipitan
para volver a tu sombra
sangrando como animales.

Es la hora del insomnio
y la vida me mira
sin siquiera percibirlo.

Caen hojas
y cae el mar
y alguien lo barre
preguntándome
si las agujas del reloj
son tristes.

Yo solamente me callo
tacto lo puro
el mundo
el limbo.

Tú vas cayendo
como un ave sin pliegues en los ojos.

En la esquina del día
el carpintero de los leones
cierra la tarde
con un botón
al tanto
las agujas del reloj lo cosen
en el río.

Tú retornas
y preguntas la hora.

Y la hora fue ayer
mañana
o
quizá nunca.





Rolando Merayo (Turrialba, 1985, Costa Rica)
De: rolandomerayo.blogspot.com

Imagen: myspace.com

Cesare Pavese



Atlantic Oil



El mecánico ebrio es feliz echado en un foso.
Desde la taberna de noche, en cinco minutos de prado,
uno está en casa; pero antes está el fresco de la hierba
para gozar, y el mecánico duerme cuando llega el alba.
A dos pasos, en el prado, se yergue el cartel
rojo y negro: y quien mucho se acerca, no alcanza ya a leerlo,
tan ancho es. A esta hora está todavía húmedo
de rocío. El camino, de día, lo cubre de polvo,
como cubre las matas. El mecánico, debajo, se estira en el sueño.

Es el silencio extremo. Dentro de poco, en la tibieza del sol,
pasarán los autos sin reposo, despertando el polvo.
Imprevistas sobre la cima de las colinas, aflojan un poco,
después se lanzan hacia abajo desde la curva. Alguno se detiene
en el polvo, frente al garage, que lo embebe de litros.
Los mecánicos, un poco atontados, estarán de mañana
sobre los  bidones sentados, esperando un trabajo.
Da gusto pasar la mañana sentado a la sombra.
Aquí el hedor de los aceites se mezcla con el olor del verde,
del tabaco y del vino, y el trabajo los viene a buscar
a la puerta de casa. Cada tanto, hasta hay de qué reirse:
campesinas que pasan y echan la culpa, de animales y de esposas
espantadas, al garage que mantienen los que pasan;
campesinos que miran de costado. Cada uno, de vez en cuando,
hace una rápida bajada a Turín y vuelve más tranquilo.
Después, entre la risa y la venta de litros, algunos se detienen:
estos campos, al mirarlos, están llenos de polvo
del camino y, al sentarse en la hierba, hay que huir enseguida.
Entre las cuestas, siempre una viña gusta más que las otras:
hasta que el mecánico termine esposando a la viña que gusta
con la querida muchacha, y deba salir al sol,
pero a zapar, y se ennegrezca el cuello
y beba de su vino, encorvado en las noches de otoño en la bodega.

También de noche pasan autos, pero silenciosos,
tanto que al ebrio, en el foso, no lo han despertado.
En la noche no levantan polvo y el haz de los faros
descubre de lleno el cartel sobre el prado, en la curva.
Bajo el alba transcurren cautos y no se oye ruido,
sino brisa que pasa, y alcanzada la cima
se diluyen en el llano, hundiéndose en la sombra.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 / Turín, 1950, Italia)
De: "Trabajar cansa", 1936)

Imagen: lacomunidad.elpais.com
Enlaces: Vendrá la muerte... por Esteban Nicotra en La máquina del tiempo

Frank O'Hara

Poema personal



Cuando camino por ahí a la hora de comer
tengo solo dos amuletos en mi bolsillo,
una vieja moneda romana que Mike Kanemitsu me dio
y una cabeza de tornillo que se rompió de un empaque
cuando estaba en Madrid. Los otros nunca
me trajeron mucha suerte aunque sí
me ayudaron en Nueva York a protegerme contra la
manipulación,
pero ahora estoy feliz por un tiempo, e interesado.
Camino por la luminosa humedad
pasando la Casa de Seagram con su agua
y sus vagos y la construcción a la
izquierda que cerró la acera. Si
algún día llego a ser trabajador de construcción
me gustaría tener un casco plateado, por favor.
Y llego a donde Moriarty, donde espero a
LeRoi y oigo quién quiere ser una persona de
influencia los últimos cinco años mi promedio de bateo
es de .016 eso es todo, y LeRoi entra
y me dice que Miles Davis fue garroteado 12
veces anoche afuera de Birdland por un policía.
Una señora nos pide una moneda para una terrible
enfermedad, pero no le damos una. No
nos gustan las enfermedades terribles. Entonces
vamos a comer pescado y una cerveza. Está
bien, pero lleno de gente. No nos gusta Lionel Trilling,
decidimos, nos gusta Don Allen, no nos gusta
Henry James tanto, nos gusta Herman Melville,
no queremos estar en el paseo de los poetas en
San Francisco, incluso solo queremos ser ricos
y caminar en vigas en nuestros sombreros plateados.
Me pregunto si alguna persona de las 8,000,000 está
pensando en mí al estrechar la mano de LeRoi
y me compro una cinta para mi reloj de pulsera y voy
de vuelta al trabajo feliz con la idea de que posiblemente
así sea.





Frank O'Hara(Baltimore, 1926 / Long Island 1966, Estados Unidos de NA)
Traducción de Iván Rodríguez
Facultad de Filosofía y Letras/Universidad Autónoma de Chihuahua
 
Imagen: bookeywookey.blogspot.com
Enlaces: Universidad Autónoma de Chihuahua

Jorge Fernández Gonzalo

Cabos rotos





Ese momento que se escapa a todos,
ese momento que no será de nadie
y que vibra, está vibrando todavía
en el cordel muy fino de la savia
de estas ortigas,
en la forzosa rienda apresurada
con que la flor se une a la existencia.
Qué delicada su canción, sus hilos,
la telaraña con que apenas mueve
la yerba. Y no podríamos
soportar ese brillo macilento
que nos une y separa de las cosas,
esa hebra por la que daríamos
la vida, si no fuera
por su nudo que es nuestra esperanza,
por el desgarro de la duda,
el cordel del engaño.
Hemos perdido el hilo de las cosas
aunque quede la urdimbre del lenguaje
como consuelo a tantos cabos rotos.





Patio de golondrinas





No busques refugio para tu desconsuelo
en el tiempo que se han llevado los jazmines,
el grillo o el alerce,
en el tramo de piedra
que lleva al patio de las golondrinas.
No busques amparo y ven,
ven marzo que te llevas los despojos
del invierno y nos dejas
la luz como temblando
en sus alas curiosas y muy recogidamente
abres tus puertas de blancura,
abres la tarde y
me comprendes
en cada brote que amenaza vida,
en cada plaza donde hay nieve,
el trigal prematuro,
la sombra limpia de los avellanos.

El tiempo, que se fue con las cosas,
con los jazmines en biznagas o en la piedra
deja algo hermoso en sus cenizas, algo
por que dar la palabra.
¿Qué me ofrece verdad, el viento húmedo
a la espera de marzo
y la rama y su lenguaje en brotes
o el olvido que arde en el espliego,
la catedral de pérdidas que alza
febrero, el andamiaje
y la vidriera de las primeras hojas?

La nieve era vulnerable
a la mirada en que la comprendíamos.
Si hasta la luz deja su rastro en ella,
el rastro o la memoria
porque este paisaje no podría
decirse sin el coste del silencio
por pago. Si hasta la mirada
mancha. Si mi voz
destruye lo que afirma, y todo es nieve
que huye a la palabra,
que se derrite al tacto,
nieve o memoria de mi despedida
al asedio de una aurora intacta.






Jorge Fernández Gonzalo (Madrid, España, 1982)
De: "Arquitecturas del instante", Madrid, Adonáis, 2010

Imagen: canal-literatura.com







Czeslaw Milosz



Un día fui a visitar la librería de Blaisten en San Juan y Boedo. Buscaba versos, como siempre, versos impresionantes y el bueno de Isodoro me recomendó los poemas de Milosz. Mientras regresaba a mi casa, ufano por la visita, me preguntaba por qué a Blaisten le interesaba tanto Milosz. Entonces, yo transitaba un camino de figuras monumentales o domésticas, pero un camino estrecho; y el libro se instaló entre la modestisíma espesura de lomos relucientes o gastados, y en el olvido. Sospecho que la recomendación se originó por simples roces con lo emocionante. Ahora que releo a Milosz o cuando releo a cualquier otro poeta, imagino satisfacer las apetencias de algunos, aun aquellas de los distraídos como yo.




La berlina detenida en la noche



A la espera de las llaves
-él las busca sin duda
entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años-
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda...
Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas
hasta la alta y negra puerta
del castillo.
Así el abuelo, antaño, regresó
de Vercelli con la muerta.
¡Qué recelosa y muda, y negra mansión
para mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio
es la voz de los retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura,
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón a su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora. duérmete, mi pobre criatura, duérmete,
paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás cuán bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de junio, ataviado
de flores -¡Oh criatura mía! -, como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(en el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,
como giraba en mis sueños de niño
la vieja -¿recordáis
la vieja hechicera? -.)
No, señora, nada escucho.
Él es muy anciano,
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra,
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerraduras mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto.
Yo he perdido la memoria.
Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tatarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comián allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aqui llega Witold con las llaves.





Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911 / Cracovia, Polonia, 2004)
De. "Antología poética", Compañía General Fabril Editora, 1961)
Enlaces: Czeslaw Milosz por Seamus Heaney

Imagen: zwoje-scrolls

Paul Eluard



Primeramente



Yo te lo he dicho por las nubes
Yo te lo he dicho por el árbol del mar
Por cada ola por los pájaros en las hojas
Por los guijarros del ruido
Por las manos familiares
Por el ojo que se vuelve rostro o paisaje
Y el sueño le devuelve el cielo de su color
Por toda la noche bebida
Por la reja de los caminos
Por la ventana abierta por una frente despejada
Yo te lo he dicho por tus pensamientos por tus palabras
Toda caricia toda confianza sobreviven


De: "El amor la poesia", 1929



Yo no estoy solo



Cargada
de frutos ligeros los labios
Ataviada
de mil flores distintas
Gloriosa
en los brazos del sol
Dichosa
con un pájaro familiar
Feliz
con una gota de agua
Más bella
que el cielo matinal
Fiel

Yo hablo de un jardín
Yo sueño

Pero exactamente es que amo.


De: "Mediadoras", 1939


Paul Eluard (seudónimo de Eugene Grindel, Saint Denis, 1895 / París, 1952, Francia)
Editorial Lautaro, 1957. Versión de María Teresa León y Rafael Alberti

Imagen: biografiayvidas
Enlaces: La poesía de Paul Éluard...por Luis Quintana Tejera

Irene Gruss



Pesca en el lago




Al lado de los patos

(una familia de pequeños patos salvajes)
navega una botella de lavandina,
de plástico, amarilla.
Para algunos filósofos y poetas / esto fue
una imagen de lo real miserable.
Creián que
había sido puesta
precisamente ahí, junto
a patos salvajes, en le lago,
para regocijo y reflejo casual
del desencanto.
El plástico amarillo navegó
hasta detenerse en una isla artificial.
Los patos dieron la vuelta y
siguieron su camino.
Patos hambrientos, pensé, van a comer
la carnada perdida
por esas cosas de la corriente.
Los chicos veián cómo se alejaba su botella
hacia el centro del lago,
maldijeron al viento
y sólo atinaron a sufrir
y a sonreir.





Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950)
De: "La calma", Libros de Tierra Firme, 1991)

Imagen: biografiadelosautores.blogspot.com


Salomón de la Selva

Noticias de Nicaragua



Puesto que Nicaragua entró en la guerra,
lo justo es que el obispo diga misas
por el triunfo de las armas aliadas.

En las tertulias y en las barberías
se malgasta saliva
defiendo "la causa".

Ya no pueden los periódicos
con los sonetos a Bélgica
y las odas a Francia.

Pero cuando supieron
que venía a la guerra yo,
nicaragüense,
a pelear por Nicaragua,
los beatos,
y los discutidores en público,
y los hacedores de versos,
convenieron en que yo estaba loco.



Granadas de gas axfisiante



Plo-plo-plo-plo hacen las granadas,
y cuando caen, plum.
Y en los días de sol su humo es una nube amarillenta,
y en los días de lluvia de una blancura esplendorosa.
¿Quién no se acuerda de los cuentos de hadas?
¿De los genios, de los duendes, de los gnomos?
¡Plo-plo-plo-plo...plum!
¡plo-plo-plo-plo...
plo-plum-plo!

El gas que he respirado
me dejó casi ciego,
pero olía a fruta de mi tierra,
unas veces a piña y otras veces a mango,
y hasta a guineos de los que sirven para hacer vinagre
y aunque de sí no me hubiera hecho llorar,
sé que hubiera llorado.

Salomón de la Selva (León, 1893, Nicaragua / París, 1959, Francia)
De: "El soldado desconocido", 1922)

Imagen: El nuevo diario
Enlaces: Anales de literatura hispanoamericana / José E. Arellano

Roberto López Belloso

famososenaccion.blogspot.com
1901



mil novecientos uno es un automóvil con los faros encendidos que no llegan
a iluminar
la carretera
un pájaro pasa
como una aparición suicida
una mancha
borrosa
encandilada
mil novecientos uno en la viena de mil novecientos uno se contenía
a sí mismo
en esa fugacidad del pájaro
la otra aparición encandilada -marlene- hubiera dado el último centavo
por las aspiradoras a gasolina de gran bretaña
o por la mano de chejov
pero es la carretera en la penumbra todavía
una veta marmolada en el aguardiente anisado de los griegos
que empieza el empeño
de trabarse
con la piedra
de hielo
no se espesa todavía
evanescente veta en la penumbra
podría estar tentado de estrellarse
perder el rumbo
si al final de cuentas es tan poco lo que puede verse
-hasta la reina victoria muere algún día-
la viena de las bodas de anton pavlovich chejov podría ser un comienzo
pero el espectador profana el espectáculo sagrado del suicidio de un pájaro en la carretera oscurecida

y no sucede el árbol
ni la veta encandilada
ni el hielo premonitorio
ni la fugacidad de los imperios en la borrachera de un camerino vacío
detrás de las líneas enemigas

podría ser sagrado con tan poco mil novecientos uno
pero falta el pájaro
el juego de sombras del plumaje desbocado
en la violenta luminosidad de los focos del automóvil
la rústica manera de morir
aplastado contra vidrio
metal
y pavimento
pero tiene miedo y pasa
indicativo
y frágil
como todo


(Muere la Reina Victoria. Se casa Chejov. Nace Marlene Dietrich)

De: "Poemas encontrados en el siglo pasado"



el pavimento inabarcable del aeropuerto de barajas



es la pampa
como una sevillana al cinto la tropa de acero brilla
con cada golpe de sol que atraviesa la alambrada

recortándose contra nada
en barajas pastan los siete cuatro siete

solo
en la inmensidad gris del horizonte
el jinete desmonta
mira la pista y no es más que la llanura
la suave
la áspera
la ganada al mar
la inmaculada
la pampa verdadera

sobre el gris asfáltico un punto rojo apenas definido
como si no fuera otra cosa que el cuerpo de seda de un instrumento de precisión
a lo lejos ella embolsa el viento
le toma el pulso
se deja mirar
arrinconada y lejana:

en medio del pavimento inabarcable del aeropuerto de barajas
sin otro motivo que el paisaje
ella camina sin prisa rumbo a estación abrojales
dejándole entre las manos
al jinete
la imagen –memoria en sepia oscuro-
de sus ojos entornados
mientras le hablaba de varsovia
y leningrado

De: "Poemas encontrados en la sierra de las ánimas"


Roberto López Belloso (Uruguay, 1969)


José Lezama Lima



La madre





Vi de nuevo el rostro de mi madre.
Era una noche que parecía haber escindido
la noche del sueño.
La noche avanzaba o se detenía,
cuchilla que cercena o soplo huracanado,
pero el sueño no caminaba hacia su noche.
Sentía que todo pesaba hacia arriba,
allí hablabas, susurrabas casi,
para los oído de un cangrejito,
ya sé, lo sé porque vi su sonrisa
que quería llegar
regalándome ese animalito,
para verlo caminar con gracia
o profundizarlo en una harina caliente.
La mazorca madura como un diente de niño,
es una gaveta con hormigas plateadas.
El símil de la gaveta como una culebra,
la del tamaño de un brazo, la que viruta
la lengua en su extensión doblada, la de los relojes
viejos, la temible
y risible gaveta parlante.
recorría los filos de la puerta,
para empezar a sentir, tapándome los ojos,
aunque lentamente me inmovilizaba,
que la parte restante pesaba más,
con la ligereza del peso de la lluvia
o las persianas del arpa.
en el patio asistían
la luna completa y los otros meteoros convidados.
Propicio era y mágico el itinerario de su costumbre.
Miraba la puerta, pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado
como alguien que comienza a hablar,
que vuelve a reírse,
pero como se pasea entre la puerta
y lo otro restante,
parece que se ha ido, pero entonces vuelve.
Lo restante es Dios tal vez,
menos yo tal vez,
tal vez el raspado solar
y en él a horcajadas el yo tal vez.
A mi lado el otro cuerpo,
al respirar, mantenía la visión
pegada a la roca de la vaciedad estética.
Se fue reduciendo
a un metal volante con los bordes
asaltados por la brevedad de las llamas,
a la evaporación de una pequeña
taza de café matinal,
a un cabello.






José Lezama Lima (Campamento de Columbia, 1910 / La Habana, 1976, Cuba)
De: "Fragmentos a su imán", Editorial Lumen, 1977
Enlaces: La jiribilla

Imagen: elpais.com









Friedrich Hölderlin

Edades de la vida



¡Oh, urbes del Eufrates!
¡Oh, calles de Palmira!
¡Oh, bosques de columnas sobre el llanto desierto!
¿Qué sois?
De vuestras coronas,
al haber traspasado los límites
de aquellos que respiran,
por el humo de los dioses
y su fuego fuisteis despojadas;
pero sentado ahora bajo nubes ( cada
cual reposando en su propia quietud)
bajo robles hospitalarios, en
la umbría donde pacen los corzos,
extrañas se me hacen y muertas
las almas venturosas.


Friedrich Hölderlin (Württemberg. 1770 / Tübingen, 1843, Alemania)
De: A media voz / Versión de Nicolás Suescún


Enlaces: Holderlin: La noche sagrada por Javier Galarza
Imagen: manuelcortesblanco.blogspot.com

Jorge Luis Borges


Buenos Aires



Antes yo te buscaba en tus confines
que lindan con la tarde y la llanura
y en la verja que guarda una frescura
antigua de cedrones y jazmines.
En la memoria de Palermo estabas,
en su mitologia de un pasado
de baraja y puñal y en el dorado
bronce de las inútiles aldabas,
con su mano y sortija. Te sentía
en los patios del Sur y en la creciente
sombra que desdibuja lentamente
su larga recta, al declinar el día.
Ahora estás en míi. Eres mi vaga
suerte, esas cosas que la muerte apaga.



Buenos Aires



Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis  humillaciones y fracasos;
Desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me ha deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta  espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana
sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto,
será por eso que la quiero tanto.



Camden, 1892



El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos
de un colega feliz. El hombre viedjo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.
Piensa, ya sin asombre, que esta
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y la saqueada boca.
No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.


Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina, 1899 / Ginebra, Suiza, 1986)
De: "El otro, el mismo", 1964

Imagen: azullilebula.wordpress.com

Pere Gimferrer


La muerte en Beverly Hils



V

En las cabinas telefónicas
hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios.
Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias
que con el escote ensangrentado se refugian allí para morir.
Última noche bajo el pálido neón, último día bajo el sol alucinante,
calles recién regadas con magnolias, faros amarillentos de
los coches patrulla en el amanecer.
Te esperaré a la una y media, cuando salgas del cine -y a
esta hora está muerta en el Depósito aquélla cuyo
cuerpo era un ramo de orquídeas.
Herida en los tiroteos nocturnos, acorralada en las esquinas
por los reflectores, abofeteada en los night-clubs,
mi verdadero y dulce amor llora en mis brazos.
Una última claridad, la más delgada y nítida,
parece deslizarse de los locales cerrados:
esta luz que detiene a los transeúntes
y les habla suavemente de su infancia.
Músicas de otro tiempo, canción al compás de cuyas viejas
notas conocimos una noche a Ava Gardner,
muchacha envuelta en un impermeable claro que besamos
una vez en el ascensor, a oscuras entre dos pisos, y
tenía los ojos muy azules, y hablaba siempre en voz
muy baja- se llamaba Nelly.
Cierra los ojos y escucha el canto de las sirenas en la noche
plateada de anuncios luminosos.
La noche tiene cálidas avenidas azules.
Sombras abrazan sombras en piscinas y bares.
En el oscuro cielo combatían los astros
cuando murió de amor,
y era como si oliera muy despacio un perfume.







Pedro Gimferrer (Barcelona, España, 1945)
De "La muerte en Beverly Hills", 1968

Imagen:festivaldepoesiademedellin










Procedimiento o naturaleza creativa

-¿Cuál es su comienzo favorito de la literatura universal?
-"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo." (Pedro Páramo, Juan Rulfo). Creo que es bastante equilibrado. No aspira a "gran comienzo" y sin embargo es uno muy bueno. Siempre me llamó la atención el "vine", el tipo se sitúa de movida en Comala y te arrastra desde la primera palabra hasta ese lugar.

Diez preguntas a Félix Bruzzone, diario "Perfil", domingo 1° de agosto de 2010.

Gerardo Gambolini





Declive de aspiraciones






Entender el arjé,
las vías de la ascensión
refutar a Protágoras
abarcar las herejías
el mundo de lo visible
y lo invisible

Discernir
los rostros de la Odisea
los mares y las sagas y los infiernos
libros de los cinco continentes
todos los excesos
de la belleza

Tocar Voodoo Child
amar como Casanova
cantar Acalanto, Don Gayferos
Romaria
oír música de cámara
sin aburrirme

Tener plata
ver a mis hijos contentos
recordar
olvidar
saber qué negocio van a abrir
en el local de la esquina


(De: "Declive de aspiraciones")





Perfiles






Un grupo de jubilados sube en Embalse al micro semivacío.
Su manera viscosa de avanzar por el pasillo;
los bolsos, los alfajores,
las bromas de contingente.

Volvemos a la negrura de la ruta
apenas alterada cada tanto
por las luces de un auto.
Almas en tránsito

o mero pasaje de la carne.
Una especie de Brueghel;
el silencio del sueño nos concede
alguna dignidad.


(De: "Arañas", Libros de Tierra Firme, 2006)






Tokai






El gran terremoto de Tokai ocurre –decían– cada setenta años.
En 1911 destrozó Tokyo.
Yo estaba en Tokyo en 1981. Recuerdo las advertencias
en el lobby del hotel, en el Times, los baños, las escaleras,
los ascensores vertiginosos.

Por la ventana del cuarto, atemporal e impasible,
la imagen recortada del Palacio Imperial, copiándose a sí mismo.
(Siempre guardé papeles, folletos de tren, tarjetas postales, mapas,
cosas que leer o releer, entregado alguna vez al placer de la nostalgia,
con una ciega confianza en el futuro).

Por lo demás, caminé durante un mes
por calles de símbolos inescrutables
e intercambié reverencias hasta el cansancio,
separado de la realidad.

La insistencia de ese recuerdo –han pasado veinte años–
sólo responde a la simpleza de la metáfora:
un hombre en el mundo, sin entender los signos,
esperando un terremoto.



(De: "Arañas", Libros de Tierra Firme, 2006






Gerardo Gambolini (Buenos Aires, Argentina, 1955)


Daniel Martínez


Metafísicas cotidianas






a Diego Rosake



1

La luz del baño
ilumina en la pieza
la cuna de mi hijo menor

lo bueno de los hijos
es que uno deja de ser el nudo de la cuestión

desde la penumbra
la única respuesta posible es la luz

así seré yo
dentro de algún tiempo:
esa parte de la memoria
que los observa desde la oscuridad




Filosofía barata





Los estudios dicen que la hipófisis
produce demasiado tsh en la sangre

diagnóstico
la glándula tiroidea y los neurotransmisores
dejan mucho que desear

hace 20 años que peleo
con este depresivo cansancio vallejano

sé más del dolor gratuito
que cualquier telenovela berreta
de esas que navegan a media tarde

suponiendo que todo cambiara de una vez por todas
con una pastilla más o una pastilla menos
queda la conclusión tanguera
de que el mundo siguió andando
y seguirá así
a pesar de mi entropía personal

en la parte que a mí me toca de la cuestión
queda el sabor de mis limitados recursos naturales
como el mejor gurú
a la hora de elegir que parte del mundo es la que quiero vivir





Daniel Martínez (Provincia de Río Negro, Argentina, 1963)
De: "Circo de los pobres sueños"

Imagen:  Facebook

Silvia Camerotto, dos poemas inéditos




Julio ha sido siempre el mes de la conquista
aunque no esté lloviendo lo sabés de antemano
revolvés el café
y hablan de los hijos
y dicen consistencia
y de los cónyuges
y dicen puerilidad
si los cables se cortan uno pide permiso
se levanta de la mesa
va hasta el baño, vomita
y recuerda cómo es mirar
un cuerpo mojado desde la cama
un espejo en el techo
la empuñadura de las armas
una sombra que cruza otra sombra.



/



Subimos por los ascensores
Abrimos la puerta
Ventilamos las sábanas carentes de absolutos
Dejamos levar el pan mientras la ropa humea en una soga
En la mañana congelada
miramos fotos viejas, sustitutas del presente
buscamos libros dedicados
ausencias
Soportamos el beneplácito de una historia sin goce
y repasamos
la bondad del destino:
procrastinar
Guardamos la fruta que se pudre en la respiración de la casa
Subimos el volumen de la música
Cerramos la puerta.





Silvia Camerotto (Provincia de Buenos Aires, Argentina,1959)

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