09 marzo 2011

María Cristina Santiago
















Vidrieras de Amsterdam



El empapelado tiene marcas
que a veces se ven

al descolgar un cuadro. Como si el pudor
de la señora desvistiera. Por eso considero
para tranquilizarme, imprescindible
repintar los muros. Aunque siempre
es el desasosiego quien se muestra.
¿Qué el ansia del estreno, la pared
sino restos tachados de alguien
que en el fragmento nadie nota?
Posesión de una zona:
Mejor a la utopía
consumarla en sueños.
Virtud o costumbre del deseo
no es deseo. ¿Está claro?
También resta otra forma,
una puede inventarse con destreza
acto de perfumes que matan
suavemente. Y demorarse allí.
Ver como la franja de tafetán crece
y decrece en la ventana.
Nadie revela la clausura
del papel en blanco, estancia cerrada
donde se alimenta lo inmutable
que es gesto repetido por la mano
en las piernas y el roce del satén.
Todo, ¿ese desengaño? y la pintura
el espectro del beso, la belleza
que con hábil oficio se suicida.
¿Nada más que eso? Cuestión de luces
y de sombras, al rojo desencanto de un foquito.
Confieso: lo único que no es ficción
es el poema. Asunto de cuerpos nada más
lo del llamado a lo admirable.


Lo otro, la ilusión
una mosca incómoda. Entra a la sala
cuando está en penumbras. Cuestión
no tan simple del deseo
rechazar este universo
cual cera derramado por los pisos.
Para evitar esas falacias
del pensamiento, algunas mujeres
mi querido,
en vez de traficantes de esclavos
nos hacemos señoras de la casa.


María Cristina Santiago (Buenos Aires, Argentina)
De: www.antologiapoetica.com.ar de Ketty Alejandrina Lis

Imagen: facebook

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