De la poesía como síntoma y el lugar vacante de Dios, por Javier Galarza


Un acertado pensamiento de Deleuze interroga: ¿por qué sólo escritores como SADE y MASOCH (como nombres propios) han dado origen «psi» al nombre de una serie de patologías, síntomas o perversiones (SADismo — MASOquismo); cuando también otros tantos escritores como KAFKA (autores que, según Deleuze, escriben desde el fantasma) podrían dar lugar a toda una gama de clasificaciones de síntomas o neurosis psicoliterarias (y con nombre propio)?. Si de adjetivar se trata, hemos atravesado un siglo kafkiano y borgeano. ¿Podríamos entonces hablar también de una neurosis proustiana o una perversión lautreamonteana?
Preguntamos entonces: ¿la poesía es un síntoma?
Lo es en cuanto a emergente. Un trabajo de construcción libre e inasible como un sueño, con altas dosis de ambigüedad y emoción y cierto sentido que permanece velado a la lógica. En el decir de Paul Valery «esa vacilación prolongada entre el sonido y el sentido«. Muchos de los mejores poemas son revelaciones inquietantes que nos han dejado algunos artistas antes de colapsar, de despeñarse definitivamente fuera de toda órbita, inscribiendo un real como la sexualidad o la muerte donde cuerpo y lenguaje han sido puestos en juego. Esa sentencia de Baudelaire «sé siempre poeta, aún en prosa” explicita que el discurso lineal adolece de una manifiesta incapacidad de decir.
Y precisamente el decir de la poesía intenta develar lo que el lenguaje cotidiano vela. La atomización y olvido del lenguaje de los dioses. Ese plus de la palabra o el verbo que la charlatanería cotidiana suele degradar.
¿Será eso la poesía? ¿La pura posibilidad de lo no decible? ¿Intentos contra lo innombrable? ¿El momento de terror e incertidumbre donde el NO AUTOR debe dejarse caer a ese lugar del vacío que el poema le ha asignado, una tierra lejana e incierta desde donde el poema cuestiona en su base misma, interpelando tanto al creador como al lector allí donde el sentido se retira, colapsa, no está y, a la vez, es creado a cada momento desde esa misma ausencia?
El poema como un síntoma vivido a través del cuerpo y desde el cuerpo y más allá aún, produciendo ese lugar inasible y desesperante del propio cuerpo poético (y su gramática), y la gramática implícita en todo cuerpo. Inscribiendo de este modo una resignificación que trasciende la trama simbólica, dando a luz un nuevo sentido que se vela y alumbra a cada momento.
«Habitar poéticamente» el silencio de la casa del ser, abriendo claros y grietas, inscribiendo otras dimensiones en el don del lenguaje, despertando zonas dormidas del pensar, creando nuevas moradas en la casa del verbo.
¿Qué nos decía Nietzsche en Zaratustra con su afirmación «el hombre es un puente»?. Probablemente que sólo somos tránsito, devenir, instancia a ser superada; salto sin red hacia el superhombre o hacia el abismo mismo, lo inexorable, la verdad, la locura, la incertidumbre propia de toda existencia jugada en un definitivo acto de afirmación de la vida, vivir en este momento TODOS LOS MOMENTOS. Todos los saltos sin red que nos propone la vida, en una afirmación de la nada que no deja de ser celebración, fiesta dionisíaca, embriaguez...
«El desierto avanza» avisó el mismo Nietzsche, anunciando una catástrofe de proporciones nunca vistas. ¿Intuiría que su mente partiría hacia otras latitudes cuando escribió: «y si algún día la prudencia me abandona, que mi espíritu vuele libre junto a mi locura»? La poesía y sus profecías autocumplidas. Como Sylvia Plath que en sus últimos días escribe «una vez que uno ha visto a dios ¿que remedio hay?». Lautreamont axioma «la poesía debe ser hecha por todos». Rimbaud se llama al silencio y las aventuras salvajes de un exilio que duraría toda la vida. Unas cuantas pastillas apuradas por Pizarnik en una noche dura o el despeñamiento de Alfonsina en su propio mito de regreso a la sustancia amniótica de ese mar que fuera su origen. Borges y su validación de unas pocas metáforas certeras y afortunadas (el río como el tiempo, etc.). Lewis Carrol internándose en los espejos y en los juegos de palabras para prolongar su sueño de una niña inasible. Rilke en su melancolía sin retorno, intuyendo que sólo podrá lograr verdad en el ser a través de su poesía, esa forma de la sublimación que le permite hablar con los ángeles en su teoría de lo abierto, para hacer soportable una tristeza que lo desgarraba y lo interrogaba infinitamente. Emily Dickinson y la ceremonia de una cotidianidad y su voto de silencio y su blanca elección y la reducción de sus espacios físicos y su ritual agorafóbico de flores disecadas junto a sus poemas. Cesar Vallejo preanunciando su muerte en París un día de lluvia. Paul Celan demostrando que la poesía no sólo es posible después de Auschwitz, sino también imprescindible.
A la sombra del hoy cayendo sobre nosotros se entiende aún más aquella afirmación proto lacaniana de Rimbaud que dice «yo es otro», esa necesaria extranjería que el poeta convoca para desconocerse por siempre en su tarea de «fijar vértigos», su convocatoria a la otredad como vivencia, credo y mística.
Holderlin despeñándose, anunciando (antes de su encierro en la torre) la noche del mundo ante la huida de los dioses. Allí donde los poetas llevarían la antorcha «como los sagrados sacerdotes del dios del vino, que de tierra en tierra peregrinaban en la noche sagrada siguiendo el rastro de los dioses huidos.»
Es hora de pensar que la muerte de dios tiene como consecuencia el largo duelo de dios. Y habitar el vacío sin sustituciones puede permitir nuevas formas de adjetivar el abismo, moviéndose sin muletas en la experiencia límite de la nada. La noche ha caído porque la muerte de dios implica también un duelo tan largo como primal.
Siguiendo a Holderlin «el hombre es un mendigo cuando piensa y un dios cuando sueña». Podemos deducir que, si la razón actúa a manera de cárcel, en el gran averno de lo inconsciente (donde yace la memoria de la especie) somos ilimitados. Pero somos ilimitados en la memoria de una especie que a su vez ha perdido la memoria. Y ahora que cae la noche, es tan hermoso saber que lo hemos perdido todo. Que no hay certezas que nos cubran ni ideas que guarezcan ni ficciones que cobijen ni tesoros en la tierra. Que detrás de las apariencias no hay nada. Saber que estamos perdidos. Definitivamente perdidos. Intuyendo que quizás, tan sólo quizás, el dios atomizado tras su muerte reviva parcialmente en escritos apurados en servilletas de papel.
Ese extraño artista llamado John Cage comprendió claramente que la música es la arquitectura del silencio y dijo alguna vez: «no bien comprendemos que lo hemos perdido todo, comienza la poesía». Es hora de celebrar. Lo hemos perdido todo. Estamos perdidos. Definitivamente perdidos. Brindemos por eso.
También.

P.D.
1.El arte permite recuperar el salvajismo del acto de ver, como la poesía el hábito extraviado, extraño, de decir, nombrar, nominar. Entonces esa extrañeza del decir alumbra un nuevo significado que al no ser absoluto abre diferentes posibilidades para el antitotalitarismo donde la subjetividad puede manifestarse como un dibujo o una proyección.
2.Nominar. El verbo. La posibilidad de nombrar. Un decir que dé cuerpo. La violencia del verbo redentor, la palabra que crea profanando un lugar con la paradoja de lo divino.
3. Hay un mito fundante en cada poeta, su nominación, sus palabras fundamentales, su inauguración, su bautismo en la palabra, la consagración de sus metáforas - allí en su correspondencia- (alfonsina y el mar, lorca y la luna, pizarnik y las lilas) su recibimiento - aprendimiento y apropiación del don del lenguaje, su inserción libre con variada exactitud en el registro simbólico, la cadencia de su plegaria e imprecaciones, su hölderliana conversación con dioses y humanos, su principio en el verbo y su final.


© JAVIER GALARZA
En http://javiergalarzants.blogspot.com/

Imágenes: cultural.argenpress.info

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