Frederick Seidel, dos poemas. Versión de Jorge Aulicino en Otra iglesia es imposible




A la Musa





Me había hecho un corte de pelo en Molé.
Y te llamé desde el primer teléfono en funcionamiento.
Estabas en lo alto sobre Park Avenue
Con algún problema adamascado en su biblioteca.

Vi al hombre aproximándose sin verme.
Sostuve el tubo y oí que los sirvientes te buscaban.
Lo vi agachado cerca del cordón, mientras pasaba el tráfico,
Esparciendo debajo de él unas hojas de diario;

Cuando se levantó, las dobló prolijamente
Y las llevó al cesto de basura de la esquina.
Del otro lado de la calle, las mesas de afuera de Mortimer's
Estaban tendidas para el almuerzo.
Ahora el maître hacía sentar a un primer cliente,

Mientras una mujer que empujaba un carrito de supermercado
Revolvía la basura en el cesto de basura que el hombre había usado,
Y el mayordomo finalmente regresaba
Al teléfono para decir que te habías ido.





Para Holly Andersen





¿Qué podría ser más agradable que hablar de personas que agonizan,
Y los doctores realmente empeñándose,
En una tarde de invierno,
En el Carlyle Hotel, en nuestro capullo?
Nosotros también vamos a agonizar un día de estos.

La doctora Holly Andersen toma un cosmopolitan de vodka,
Y toma otro, y se convierte verdaderamente en napolitana,
La luna gorjea una canción sobre el sol,
Sentada en un sofá en el Carlyle,
Permanece elegantemente viva, por el momento.

Su espirituosa gracia
Causa, la verdad, cierta angustia.
Hace que mi urbanidad se desvista.
Presento síntomas que expresan
Una subyacente felicidad ante la hermosa vaciedad.

Perdió un paciente muy enfermo especialmente importante para ella.
El hombre murió en la mesa. No era cuestión de sentir alguna culpa o duda.
Algo sobre un doctor que puede curar, o al menos lo puede intentar,
Pero también puede llorar,
Es una suerte de último arrorró, y descansa.





Frederick Seidel (1936, Saint Louis, Missouri, Estados Unidos de Norteamérica)
A la Musa: "My Tokyo", 1993, Poems 1959-2009, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2009
Holly Andersen;:"Ooga-Booga", 2006, Poems 1959-2009, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2009
Traducción: Jorge Aulicino

Enlaces: http://www.poetryfoundation.org/bio/frederick-seidel
Imagen: tablemag.com

2 comentarios

  1. Quizás demasiado concreto para mi, me gustan mas los poemas que no hablan de un echo en concreto, que se desinhiben y son capaces de identificarse con mil situaciones.

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  2. Pedro: no había leído nada de este autor y ha sido en tu espacio donde lo descubro. Quizás con solo dos poemas es difícil hacerse una idea cabal de su poética, pero esta muestra es bastante sugerente, especialmente me ha interpelado el segundo. Creo que si bien hay hechos concretos: nombres de calles, hoteles, de la bebida que toma la doctora... hay toda una tempestad subyaciendo estas escenas tan cotidianas y urbanas, esa tempestad bajo el cráneo de la que hablaba Shakespeare. Todo eso está latiendo detrás de cada línea.
    Muchas gracias por compartir y un abrazo.
    Laura.

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.