16 mayo 2011

Sergio Kisielewsky


Abotonado







Ponía las llaves en la biblioteca
y vos llevabas tu guardapolvos al armario.

Yo amaba saber que te iba a querer toda la vida.

Desplegaba el sofá cama y nuestra hija
no llegaba a los dos años.

Te amaba.
Amaba verte en Valeria, sabía que tu padre
combatió a los que odiaba mi padre.

Luego vino el mar, los tullidos,
la sombra de la sombra en el país del trabajo no fijo.
Me pudrí y te cansaste.

Pero yo me cansé de mí.

Y aquí estoy.
Miro por la ventana de una habitación ajena.
Vivís a ocho cuadras como mi hija
y te ponés a soñar
que alguien te querrá.

Las comidas, los hoteles, los pocos asados y tus canciones de Baderek.

Todo ocurre alrededor del fuego.
El fuego en que nos quemamos.



9



Tu belleza es un campo minado.

Un poste en la calle Valle.
Son los adoquines del atardecer
que se llueven a si mismos.


10



¿Qué ve el poeta?

El poeta se ve a si mismo
como peste.

El inservible escuchando la Spika en el umbral.
Pide un trabajo.
Pide candelabros.
Un hijo.
Calles que no, papá.
Un figura sólida que estremece.

Es un silbido deshilachado por las calles.
No me verás irme, papá.
No me verás con el hijo.
No me verás trayendo un objeto desde el desván.

No me verás papá.
Un trozo de luz que lastima el paisaje.
Un embarcadero. Un puerto.
Una sombra
en la casa de Quequén.






Sergio Kisielewsky (1957, Buenos Aires, Argentina)
De: "La belleza es un campo minado", Alcion Editora, 2006

Foto: "Los poetas de Mascaró, Centro Cultural de la Cooperación. Sergio Kisielewsky en el centro









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