31 agosto 2011

Valeria Cervero

agosto 31, 2011



1


sonido que clava su muerte para dar
tantagua deseada en medio
de loquesigueaquí   : Cosa 
que traga el sentido cotidiano 
el ritmo de lo vivo
el paso sin espera

sonido sin piedra por nacer  : Voz
de la última ira







5


rodamos sobre las preguntas
en días de ventisca
podríamos decir tanto    
                               t a n t o
pero segamos la lengua
cuando casi fuimos

un  solo  recuerdo  de  la  casa

la letra y el silencio
desvanecen simetrías




7


la tierra ahí
ahí el veneno
de la que creíamos
m a d r e

diatrasdía
la ignorancia
de lo que ataca
el aire el agua la semilla 

las razones se filtran
en lo que respiramos
           y el ardor acá
derribando futuros

nuestro cuerpo presiente
lo que nos mata



13


dar con la piedra que funda la casa
recorrer los susurros
    de quien huyó

el secreto a veces
retoma
la imagen
d e  e s e  v u e l o

en otro cuerpo de entonces
dejamos quejas
peros
caminos sin cuándos en
lo minúsculo

despedir los susurros
de quien huyó
en cada vano retorno

dar con la piedra que
           la derrumba





Valeria Cervero (1972, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: f

29 agosto 2011

Liliana García Carril

agosto 29, 2011

Apuntes del natural
(del libro La mujer de al lado, Bajo la luna, 2004)


Orden de clausura



camina de un lado a otro
como quien reza

su andar invoca al dios íntimo
de la respiración y con eso
parece darse aires

darse aires
se dice de la arrogancia
por ejemplo en el andar
como si tal cosa, respirando 

la veo caminar por las paredes
opaca con el aliento
el espejito de cartera
pone a prueba su respiración

aire, aire, fuera de aquí, grita

(quien está sola como la una
ni siquiera puede
darse aires de estar loca)

a su aire, a su aire, grita

(¿querrá eso decir
“siéntase como en su casa”?)

ahogada, se puede morir
ahogada en el propio aire.




Plano infinito





hay una foto
perdida para siempre:

la mano en la cintura
el torso ladeado, la cadera

dura el desafío en la mirada  
y de ella dura la hija
como una fotografía

no es el ocre del papel
es cómo se va siendo
menos joven y más insomne

tan diferentes las dos
toda la vida y después
idénticas van a durar
toda la muerte

(no me mires ahora
saldría con cara de mirar
fotos perdidas)




//




como una piedra en el agua
puedo caer y ser la razón
de una onda expansiva
de insatisfacción, atraerte
hacia mis círculos concéntricos
y hundirnos hasta recordar
cómo era una marea

puedo ser más y más honda abierta
y más oculta más fuerte que la luna

pero seguirías preguntando
si me pasa algo.





(del libro La paciencia, Bajo la luna, 2009)



unas vecinas nos guían en una caminata
lo difícil no es escalar, ni abrirse
al mundo de la maleza cada vez más profusa

dejarse llevar por el movimiento oculto de las rocas
–¿víboras en esta zona?–  
y la furia contenida del arroyo

Yo, que amo la naturaleza y su dinámica:

ellas van con palos y conversan.


Liliana García Carril (1951, Buenos Aires, Argentina)


Imagen: facebook

27 agosto 2011

Yusef Komunyakaa

agosto 27, 2011



No puedo sacar los ojos del desnudo
en la ventana de un tercer piso a las 3 de la mañana.
Donde ella está ya es de día
en Copenhague y la Atlántida,
y apostaría el misterio contra mi vida
que está escuchando Bouncing with Bud.
Contoneándose con el ir y venir de los dedos por las teclas,
ella está al borde de algo grandioso
caído ahora en decadencia y confusión.
No creo que sea un anuncio visto por la ventana
de una fachada, podría ser la modelo de un pintor
tomándose una pausa luego de estar horas
sentada en la misma pose, en diálogo con tonos de rojo
rogando que la sombra de Bud no se aleje rengueando
golpeada por bastones policiales. Me pregunto si sabe
que la floración llenó el cuarto y la dejó sola
como estoy yo esta noche bajo un puñado de polvo cósmico,
una puerta cerrada con tablas y guardada por dos leones





Yusef Komunyakaa (1947, Bogalusa, Louisiana, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Gerardo Gambolini en www.farovacio.blogspot.com


Imagen: Pen American Center en Flickr

24 agosto 2011

Enrique Molina

agosto 24, 2011

Como debe ser





Aquí está mi alma, con su extraña
insatisfacción, como los dientes del lobo:
la narradora de naturaleza cruel e insumisa
que nunca encuentra la palabra;
y por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido,
como una luz en la lluvia, pero vuelve
a repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo
en el verde aire de los amores errantes.
Pues un tren no sólo moviliza sus hierros
sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje,
rostros arena, rostros relámpagos, rostros que hacen música,
y puede crujir burlonamente también
cuando los demonios, en el salón comedor,
al cruzar por una pequeña estación de provincia
con un cerco de tuna y el mendigo predilecto de la Virgen
sacaban la lengua y aplastaban su trasero desnudo contra el vidrio de la ventanilla.
Y nunca más vuelvas a despedirte de mí,
en medio de esta tierra cabeza abajo que se eriza en el aire frío.




En tránsito





¿Qué puede detenerse aquí?
El avión ha partido. Cien años después
                            están comiendo en la misma posada,
                            una fuente de mariscos y vino,
doña Rosa, mujer de don Manoel, negra y de grandes nalgas,
vierte jugo de limón en el vaso de cachaza, junto al mar.
Te ha despertado el ruido del agua, lluvia caliente,
y vidrios empañados, palabras susurradas en la penumbra,
no se sabe de dónde llegan esta flores, muebles desvanecidos,
y el eco del tiempo retumbando en la sangre lasciva.
                          Su cuerpo, con lentitud,
relata una larga historia, relaciones más o menos fortuitas
en playas o viajes, casas de campo
                          con nocturnas hogueras,
y mutaciones, arrebatos, desconciertos, sorpresas.

Pero no como ausencia, como una sinfonía más bien,
                          una orgía
de apasionadas imágenes que llegan de un sueño,
de lluvias y cosas que brillan, un acorde
                          casi inhumano,
mientras enciende un cigarrillo.
Y sus pechos tan suaves para hablar de la muerte.

Así, a la orilla de un río, se está tendido en la hierba,
                         solitario de nacimiento,
pensando en su risa, lejos de la salvación eterna.


Enrique Molina (1910 / 1997, Buenos Aires, Argentina)
De: "Los últimos soles", Editorial Sudamericana, 1980

Imagen:  foro.elaleph.com

22 agosto 2011

Lucio L. Madariaga, inéditos

agosto 22, 2011

Silencio y después



La mujer del vestíbulo en la calle
del ruido
                ríe
desafiante
                  confiándose a la noche
como si poco importara el dolor

¡Ay si supiera!

Lo que duele suele tener ese aroma
dulce
          a tanta vida

Una fracción de segundo estelar
arrítmica
                inmensa y solitaria
es todo lo que hace falta
para comenzar
de nuevo.

Hay algo del silencio que me atrapa:


me resulta auténtico.




Raíces en el claro



Todo lo que veo, son pájaros.

La liebre de fuego guía la búsqueda.
Huye, escurridiza, flamea amarilla roja
naranja en la llanura.

Pájaros atontados, adobados en hollín.
Ya no vuelan, trepan mesetas,
encandilan lo claro.

Están los solitarios, recluidos mudos,
no pueden con el mundo.

Algunos pocos, son pájaros de luz.




La cama siempre es París





Primer acto:



La transitada historia de la piel,

el sudor del sol, las sábanas mojadas
y su memoria a prueba de balas.
El aroma libertad,
la brisa por la ventana cosquilleando
espaldas,
los gemidos como propuestas,
el horizonte ya
y un zumbar de estrellas
para ladear
la finitud.

Fuera del tiempo:

Los ojos en estado de abrazo,
masticando los hermosos restos,
respirando la levedad del cuello,
un pie trepa otro pie,
la pierna trenza.

Arrancada la piel del amado atajos
a tajos reedificando el aliento;
lucido lumbre
del roce.
                       Espanto de la quietud.

La melodía del silencio:

un sueño lúcido.


Lucio L. Madariaga (1985, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: poesiaenlaescuela.blogspot.com

Baldomero Fernández Moreno

agosto 22, 2011


Soneto de tus vísceras





Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu riqueza elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada,

al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,

a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,

vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.





Baldomero Fernández Moreno (1886 / 1950, Buenos Aires, Argentina)

De. "Versos de Negrita" (1920), Editorial Deucalion, 1956 
Enlaces: El trabajo de las horas, blog de Pablo Anadón

Imagen: wikipedia



20 agosto 2011

Irene Frydenberg, inéditos

agosto 20, 2011



Durmiendo



Verte dormir, digo tu pie buscando delicadísimo mi pie; digo
tu mano
apenas mis dedos yéndose.

Verte dormir, digo correr la almohada como quien echa de sí
los obstáculos;
verte dormir, digo
estar espía de tus respirares y en medio
espectadora indecisa, digo
no desear más.

Verte dormir, digo ir cayendo
arrinconarse
participar del espectáculo
y volver a pelear el sueño, digo
para que no termine el arco de tu presencia que me toca
y se emborracha.

Verte dormir, digo
es el premio que gané en una justa desconocida
que me hace batallar aún hoy
con todos mis soldados derrotados.




Dulce monotonía



No puedo contar a nadie
los idiomas de tu piel

No puedo despreocuparme
ni abandonar
                   la recordada
                                     
monotonía de tus labios





Constancia



Insiste el corazón en errar solo.
Insiste la luciérnaga.

Insiste el árbol, insiste el mar contra las cosas.
Insisten mis manos en dar forma / en desfondar.

Insisto yo
               agazapada
construida raramente y levísima de hierro.

Insiste el corazón en quedar mudo,
insiste en no darse al encuentro / ni a la fuga.




Deseo



Cómo quisiera tu regreso y que fueras el esperado:
lo que se come de a dos
para no ser más este monólogo
loco de ausencia y celibatos.

Cómo quisiera que volvieras para cuidar esa frontera centro de mí
y no ser más
este fantasma
evanescente como ola.


Irene Frydenberg (1956, Buenos Aires, Argentina)
De: "Corte" (inédito)


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: facebook

19 agosto 2011

Herman Melville

agosto 19, 2011

Fragmentos de un perdido poema gnóstico del siglo XII





Fundes una familia, construyes un estado
El tiempo prometido es aún el mismo:
La materia nunca habrá aplacado
Su clamor brutal y antiguo.

La indolencia es aquí la aliada
Y la energía una criatura infernal:
El Buen Hombre vierte del cántaro agua clara
Pero orilla el envenenado brocal.




Arte





En horas plácidas contentos soñamos
Bravos, incipientes argumentos.
Pero en la forma que se presta y crea el pulso de la vida,
Cuántas cosas y hechos desiguales deben hallar acuerdo
La llama ha de fundir, el viento debe enfriar;
La triste paciencia, valiosas energías,
Humildad, aún orgullosa, y agravios,
Instinto y estudio, amor y odio,
Audacia y veneración. Estos deben unirse
Y fusionarse en el mítico corazón de Jacobo,
Y su lucha con el Angel, eso es el Arte.





Shiloh: réquiem





Girando suavemente, sin esfuerzo
Las gaviotas vuelan bajo
Sobre los campos nublados
Los boscosos campos de Shiloh,
Y las llanuras donde la lluvia de Abril
Alivia al febril conmocionado en su dolor
A través de la tregua nocturna
Tras la batalla un domingo.
Alrededor de la capilla de Shiloh,
La desolada iglesia hecha de troncos
Recoge el eco de muchos que parten con quejidos,
La plegaria natural de los rivales allí entremezclados
Rivales en la mañana, pero amigos al anochecer.
Ahora la fama o la Nación pueden ahorrarse sus cuidados:
(¡Nada tan poco decepcionante como una bala!)
Ahora ellos descansan allí abajo,
Mientras las gaviotas vuelan a flor de tierra
Y todo es calma y silencio en Shiloh.





El témpano (un sueño)





He visto una nave de construcción marcial
(Estandartes enarbolados, temeroso aparejo)
Timonear por mera locura hacia un impasible témpano,
Y luego sin demora, su fatua robustez irse a pique.
El impacto partía bloques enormes de hielo por el aire,
Que iban a dar la cubierta de modo tétrico,
Pues esa sola avalancha fue todo
Para hacer zozobrar la nave de súbito.

A lo largo de las espuelas pálidas del hielo
Ni un madero ni una frágil traza de la nave
El imponente prisma de verde hielo no siente el topetazo
Ni un ornamento ni un vestigio queda,
Ni las gotas pendiendo de las grutas se inquietan,
Cuando la nave se va a pique.
Ni siquiera las gaviotas  como una nube rondan
Un pico alejado, ni otras aves que descendían
Ni las playas de cristal, se conmueven.
Tampoco el menor estremecimiento bulle
Como para que bruscas agujas de hielo se levanten
Cuando los mástiles colapsan entre olas
E inconmovible el bloque se mantienen en su sitio.
Ni las focas amodorradas en los resbalosos y brillantes flancos
Resbalaron desde pesadas placas
Disparadas a ambos lados de la nave  
La impetuosa nave que en vana resistencia sucumbe.  

Inquebrantable el témpano parece, tan vasto, tan frío
Su mortal desánimo lo ensombrece;
Y sin embargo le hace exhalar su insano aliento-
Disolviéndose a la deriva y destinado a estar muerto
El témpano, pesado y torpe, que holgazanea y pierde el tiempo
Invade el barco con lamentos y lo hunde
Lo hace resonar en la profundidad abisal 
Sin perturbar demasiado el cieno
Y a la viscosa caracola, que se revuelven
Junto a la exámine indiferencia de sus flancos.





Inmolado





Niño de mi feliz albor
Cuando aún vivías conmigo, y enviabas
Tu arco iris por sobre la vida y el tiempo,
¡Incluso sobre la Esperanza, mi esposa, y madre para vos!
Oh, nutrido en el dulce aire pastoral
Alimentado de flores, luz y rocío de los prados matinales,
Sálvame , y con tu salvación repruebame;
Pero no, no reproches mi escaso temple fértil y mi inestable humor
Aunque celoso de tu amplio futuro te haya sellado en un dócil destino.
¿Acaso hubiera podido salvarte del temeroso ladrón
Incluso ignorando el triunfo de la más insincera y unánime mediocridad? 
Descansa, pues, libre, absolutamente libre
Mecido en los brazos de la serena noche.  






Remordimiento





Cuando desde el oceáno las nubes se levantan
Sobre las colinas y revuelven la sequedad del otoño
Y con horror desbordan los cauces de los valles
Y en el pueblo la cúpula se partió y ha caído
Entonces pienso en las enfermedades de mi país                     
El vendaval sopla encendido desde los despojos del Tiempo
Por sobre la más puras esperanzas de este mundo
Y entre los más necios crímenes de los hombres.


El lado oscuro de la naturaleza se revela
Ah! Ligera y  descorazonada corriente
Hasta un niño podría advertir la apesadumbrada faz
De la negra y joven montaña desolada
Entre gritos los torrentes corren, surgen, saltan
Y otras tormentas se forman en la tormenta que sentimos:
La cicuta se sacude en su tallo, el roble en la quilla





El tiburón de Maldivas





Junto al tiburón, ese flemático
Y pálido borracho del mar de Maldivas,
Va el pez piloto, de azul estampa fina
Y qué alerta va, atento a los dientes de serrucho,
Pero ningún daño ha de temer
Y ágil y vivaz se desliza acompañando al flanco atroz
O incluso delante antes de la cabeza górgonica
O es que custodian los aserrados dientes
Que en triple franja relumbran 
Como si fueran las mismas puertas del cielo
Que los peligros no atraviesan
¡Y allí encuentran asilo en las mandídulas de los Destinos!
Los peces piloto, que son amigos del tiburón
y lo guían hasta la presa,
jamás toman parte del banquete,
ellos son todo ojos y cerebro
del viejo letárgico y de expresión pasmada
pálido devorador de horrible carne.
  

Herman Melville acusaba la arrogancia humana para con Dios y la naturaleza, y se colocó del lado de los primitivos y los salvajes cuando vivió entre estos, (en las Islas Marquesas habitó con caníbales habiendo escapado de un barco donde el trato era brutal); va a situarse en un extremo del tiempo y de su espacio vital, más precisamente en el punto de vista del primitivo, incluso, poniendose a resguardo de la civilización. En su sensibilidad tallaron el júbilo generoso y animado de la vida colectiva y placentera de los buenos salvajes, muy en contrario de las inclinaciones caníbales de estos. Hay indicios de que Melville se imbuyó del espiritualismo oriental, (no podía pasarle desapercibido) y lo extendiera a su reflexión y preocupaciones morales acerca de la religión y el mal, el destino común y la civilización, que lo enriqueciera a la influencia de Shakespeare y la Biblia, donde ya estaba el tema de la consustanciación, o confusión de los opuestos. De aquellos viajes regresó con fascinantes experiencias que desembocaron en sus primeros relatos de aventuras de ultramar entre culturas exóticas. Melville relataba a sus familiares y conocidos las alternativas de estos viajes y fueron sus oyentes, algunos, personajes influyentes de la época, quienes lo alentaron a grabar en papel sus relatos.
Se supone que al tiempo de escribir Moby Dick estuvo loco, sino gravemente enfermo, casi espiritualmente paralizado. Borges, en un poema que le dedica, con significativo barbarismo, dice: y el mar lo rodeó


Aquí se quiere elogiar la hondura y sutileza filosófica de Melville acerca del destino humano, como Tomas Hardy, de su carácter fatal, de la vasta e incesante naturaleza de los destinos. En el poema El tempano (un sueño)  sugiere que todo cuanto el mundo persigue debe implacablemente fracasar, pero además y como una cosecuencia irónica, el fracaso también ha de fracasar, ¿y entonces qué?. Con agudeza, enfrenta el error y la arrogancia humana. Por momentos, podría imaginarse un solo y único tema situado de transfondo a toda su obra, y que postula que el hombre accionando contra el mundo sólo termina por accionar contra sí mismo, es decir, el mal. Hay una líneas de un poema de  Guillaume Apollinaire que hubiera gustado a Melville: Piedad para nosotros que combatimos siempre en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir. En unos poemas donde el tema es la guerra civil norteamericana, si bien defiende el lado de la causa antiesclavista no deja de condenar la falta de una debida honorabilidad de los vencedores deben para con los vencidos. En esta época comparte con Whitman la preocupación por la guerra y el destino de su país.   
El tema de la interacción de los  opuestos, aparece una y otra vez. En Bartleby, la recurrente y seca respuesta del escribiente recuerda al principio de no-acción del Taoísmo, y la relación entre la consideración del escribano y la parquedad de Bartleby, esta última como un elemento insólito, sobre el que Melville dobla la apuesta con otro elemento insólito aunque previsible en la cadena de hechos; cuando Bartleby termina trabajando en la Oficina de Cartas No Reclamadas.   
En los poemas aquí elegidos encontramos esa voluntad reflexiva por sobre el poema de raíz estética, sensible o simplemente mundana, estos provienen de sus libros Battles pieces and aspects of the war, (en este trata acerca de la Guerra entre el Norte y el Sur, en la que hubo alrededor de seiscientos mil muertos), y Timoleon. También escribió un largo poema llamado Clarel. Sus poemas bastante adustos, en apariencia, son poemas que no parecen tener demasiada gratitud; considerar que un tiburón debe ser guiado hasta su presa; imaginar que la vastedad de la noche da cobijo a los hijos perdidos y que la pasan mejor allí que aquí abajo; la imagen de los enemigos, de los caídos cuyos lamentos y gemidos de dolor se entrelazan en el aire; o cuando describe el vendaval que agita a la vez las esperanzas del mundo y la vileza de los crímenes humanos. Sin dudas, Melville combate aún en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir.





Herman Melville (1819 / 1891, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica)
De: Preferiria no hacerlo N° 3, Septiembre 2006
Nota y traducción: Alberto Gagetti