31 de agosto de 2011

29 de agosto de 2011

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Liliana García Carril


Apuntes del natural
(del libro La mujer de al lado, Bajo la luna, 2004)


Orden de clausura



camina de un lado a otro
como quien reza

su andar invoca al dios íntimo
de la respiración y con eso
parece darse aires

darse aires
se dice de la arrogancia
por ejemplo en el andar
como si tal cosa, respirando 

la veo caminar por las paredes
opaca con el aliento
el espejito de cartera
pone a prueba su respiración

aire, aire, fuera de aquí, grita

(quien está sola como la una
ni siquiera puede
darse aires de estar loca)

a su aire, a su aire, grita

(¿querrá eso decir
“siéntase como en su casa”?)

ahogada, se puede morir
ahogada en el propio aire.




Plano infinito





hay una foto
perdida para siempre:

la mano en la cintura
el torso ladeado, la cadera

dura el desafío en la mirada  
y de ella dura la hija
como una fotografía

no es el ocre del papel
es cómo se va siendo
menos joven y más insomne

tan diferentes las dos
toda la vida y después
idénticas van a durar
toda la muerte

(no me mires ahora
saldría con cara de mirar
fotos perdidas)




//




como una piedra en el agua
puedo caer y ser la razón
de una onda expansiva
de insatisfacción, atraerte
hacia mis círculos concéntricos
y hundirnos hasta recordar
cómo era una marea

puedo ser más y más honda abierta
y más oculta más fuerte que la luna

pero seguirías preguntando
si me pasa algo.





(del libro La paciencia, Bajo la luna, 2009)



unas vecinas nos guían en una caminata
lo difícil no es escalar, ni abrirse
al mundo de la maleza cada vez más profusa

dejarse llevar por el movimiento oculto de las rocas
–¿víboras en esta zona?–  
y la furia contenida del arroyo

Yo, que amo la naturaleza y su dinámica:

ellas van con palos y conversan.


Liliana García Carril (1951, Buenos Aires, Argentina)


Imagen: facebook

27 de agosto de 2011

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Yusef Komunyakaa




No puedo sacar los ojos del desnudo
en la ventana de un tercer piso a las 3 de la mañana.
Donde ella está ya es de día
en Copenhague y la Atlántida,
y apostaría el misterio contra mi vida
que está escuchando Bouncing with Bud.
Contoneándose con el ir y venir de los dedos por las teclas,
ella está al borde de algo grandioso
caído ahora en decadencia y confusión.
No creo que sea un anuncio visto por la ventana
de una fachada, podría ser la modelo de un pintor
tomándose una pausa luego de estar horas
sentada en la misma pose, en diálogo con tonos de rojo
rogando que la sombra de Bud no se aleje rengueando
golpeada por bastones policiales. Me pregunto si sabe
que la floración llenó el cuarto y la dejó sola
como estoy yo esta noche bajo un puñado de polvo cósmico,
una puerta cerrada con tablas y guardada por dos leones





Yusef Komunyakaa (1947, Bogalusa, Louisiana, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Gerardo Gambolini en www.farovacio.blogspot.com


Imagen: Pen American Center en Flickr

24 de agosto de 2011

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Enrique Molina


Como debe ser





Aquí está mi alma, con su extraña
insatisfacción, como los dientes del lobo:
la narradora de naturaleza cruel e insumisa
que nunca encuentra la palabra;
y por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido,
como una luz en la lluvia, pero vuelve
a repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo
en el verde aire de los amores errantes.
Pues un tren no sólo moviliza sus hierros
sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje,
rostros arena, rostros relámpagos, rostros que hacen música,
y puede crujir burlonamente también
cuando los demonios, en el salón comedor,
al cruzar por una pequeña estación de provincia
con un cerco de tuna y el mendigo predilecto de la Virgen
sacaban la lengua y aplastaban su trasero desnudo contra el vidrio de la ventanilla.
Y nunca más vuelvas a despedirte de mí,
en medio de esta tierra cabeza abajo que se eriza en el aire frío.




En tránsito





¿Qué puede detenerse aquí?
El avión ha partido. Cien años después
                            están comiendo en la misma posada,
                            una fuente de mariscos y vino,
doña Rosa, mujer de don Manoel, negra y de grandes nalgas,
vierte jugo de limón en el vaso de cachaza, junto al mar.
Te ha despertado el ruido del agua, lluvia caliente,
y vidrios empañados, palabras susurradas en la penumbra,
no se sabe de dónde llegan esta flores, muebles desvanecidos,
y el eco del tiempo retumbando en la sangre lasciva.
                          Su cuerpo, con lentitud,
relata una larga historia, relaciones más o menos fortuitas
en playas o viajes, casas de campo
                          con nocturnas hogueras,
y mutaciones, arrebatos, desconciertos, sorpresas.

Pero no como ausencia, como una sinfonía más bien,
                          una orgía
de apasionadas imágenes que llegan de un sueño,
de lluvias y cosas que brillan, un acorde
                          casi inhumano,
mientras enciende un cigarrillo.
Y sus pechos tan suaves para hablar de la muerte.

Así, a la orilla de un río, se está tendido en la hierba,
                         solitario de nacimiento,
pensando en su risa, lejos de la salvación eterna.


Enrique Molina (1910 / 1997, Buenos Aires, Argentina)
De: "Los últimos soles", Editorial Sudamericana, 1980

Imagen:  foro.elaleph.com

22 de agosto de 2011

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Lucio L. Madariaga, inéditos




Silencio y después





La mujer del vestíbulo en la calle
del ruido
                ríe
desafiante
                  confiándose a la noche
como si poco importara el dolor

¡Ay si supiera!

Lo que duele suele tener ese aroma
dulce
          a tanta vida

Una fracción de segundo estelar
arrítmica
                inmensa y solitaria
es todo lo que hace falta
para comenzar
de nuevo.

Hay algo del silencio que me atrapa:

me resulta auténtico.





Raíces en el claro





Todo lo que veo, son pájaros.

La liebre de fuego guía la búsqueda.
Huye, escurridiza, flamea amarilla roja
naranja en la llanura.

Pájaros atontados, adobados en hollín.
Ya no vuelan, trepan mesetas,
encandilan lo claro.

Están los solitarios, recluidos mudos,
no pueden con el mundo.

Algunos pocos, son pájaros de luz.





La cama siempre es París






Primer acto:

La transitada historia de la piel,
el sudor del sol, las sábanas mojadas
y su memoria a prueba de balas.
El aroma libertad,
la brisa por la ventana cosquilleando
espaldas,
los gemidos como propuestas,
el horizonte ya
y un zumbar de estrellas
para ladear
la finitud.

Fuera del tiempo:

Los ojos en estado de abrazo,
masticando los hermosos restos,
respirando la levedad del cuello,
un pie trepa otro pie,
la pierna trenza.

Arrancada la piel del amado atajos
a tajos reedificando el aliento;
lucido lumbre
del roce.
                       Espanto de la quietud.

La melodía del silencio:

un sueño lúcido.





Lucio L. Madariaga (1985, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: El vendedor de la tierra
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Baldomero Fernández Moreno



Soneto de tus vísceras





Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu riqueza elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada,

al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,

a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,

vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.





Baldomero Fernández Moreno (1886 / 1950, Buenos Aires, Argentina)

De. "Versos de Negrita" (1920), Editorial Deucalion, 1956 
Enlaces: El trabajo de las horas, blog de Pablo Anadón

Imagen: wikipedia



20 de agosto de 2011

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Irene Frydenberg, inéditos




Durmiendo



Verte dormir, digo tu pie buscando delicadísimo mi pie; digo
tu mano
apenas mis dedos yéndose.

Verte dormir, digo correr la almohada como quien echa de sí
los obstáculos;
verte dormir, digo
estar espía de tus respirares y en medio
espectadora indecisa, digo
no desear más.

Verte dormir, digo ir cayendo
arrinconarse
participar del espectáculo
y volver a pelear el sueño, digo
para que no termine el arco de tu presencia que me toca
y se emborracha.

Verte dormir, digo
es el premio que gané en una justa desconocida
que me hace batallar aún hoy
con todos mis soldados derrotados.




Dulce monotonía



No puedo contar a nadie
los idiomas de tu piel

No puedo despreocuparme
ni abandonar
                   la recordada
                                     
monotonía de tus labios





Constancia



Insiste el corazón en errar solo.
Insiste la luciérnaga.

Insiste el árbol, insiste el mar contra las cosas.
Insisten mis manos en dar forma / en desfondar.

Insisto yo
               agazapada
construida raramente y levísima de hierro.

Insiste el corazón en quedar mudo,
insiste en no darse al encuentro / ni a la fuga.




Deseo



Cómo quisiera tu regreso y que fueras el esperado:
lo que se come de a dos
para no ser más este monólogo
loco de ausencia y celibatos.

Cómo quisiera que volvieras para cuidar esa frontera centro de mí
y no ser más
este fantasma
evanescente como ola.


Irene Frydenberg (1956, Buenos Aires, Argentina)
De: "Corte" (inédito)


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: facebook

19 de agosto de 2011

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Herman Melville


Fragmentos de un perdido poema gnóstico del siglo XII





Fundes una familia, construyes un estado
El tiempo prometido es aún el mismo:
La materia nunca habrá aplacado
Su clamor brutal y antiguo.

La indolencia es aquí la aliada
Y la energía una criatura infernal:
El Buen Hombre vierte del cántaro agua clara
Pero orilla el envenenado brocal.




Arte





En horas plácidas contentos soñamos
Bravos, incipientes argumentos.
Pero en la forma que se presta y crea el pulso de la vida,
Cuántas cosas y hechos desiguales deben hallar acuerdo
La llama ha de fundir, el viento debe enfriar;
La triste paciencia, valiosas energías,
Humildad, aún orgullosa, y agravios,
Instinto y estudio, amor y odio,
Audacia y veneración. Estos deben unirse
Y fusionarse en el mítico corazón de Jacobo,
Y su lucha con el Angel, eso es el Arte.





Shiloh: réquiem





Girando suavemente, sin esfuerzo
Las gaviotas vuelan bajo
Sobre los campos nublados
Los boscosos campos de Shiloh,
Y las llanuras donde la lluvia de Abril
Alivia al febril conmocionado en su dolor
A través de la tregua nocturna
Tras la batalla un domingo.
Alrededor de la capilla de Shiloh,
La desolada iglesia hecha de troncos
Recoge el eco de muchos que parten con quejidos,
La plegaria natural de los rivales allí entremezclados
Rivales en la mañana, pero amigos al anochecer.
Ahora la fama o la Nación pueden ahorrarse sus cuidados:
(¡Nada tan poco decepcionante como una bala!)
Ahora ellos descansan allí abajo,
Mientras las gaviotas vuelan a flor de tierra
Y todo es calma y silencio en Shiloh.





El témpano (un sueño)





He visto una nave de construcción marcial
(Estandartes enarbolados, temeroso aparejo)
Timonear por mera locura hacia un impasible témpano,
Y luego sin demora, su fatua robustez irse a pique.
El impacto partía bloques enormes de hielo por el aire,
Que iban a dar la cubierta de modo tétrico,
Pues esa sola avalancha fue todo
Para hacer zozobrar la nave de súbito.

A lo largo de las espuelas pálidas del hielo
Ni un madero ni una frágil traza de la nave
El imponente prisma de verde hielo no siente el topetazo
Ni un ornamento ni un vestigio queda,
Ni las gotas pendiendo de las grutas se inquietan,
Cuando la nave se va a pique.
Ni siquiera las gaviotas  como una nube rondan
Un pico alejado, ni otras aves que descendían
Ni las playas de cristal, se conmueven.
Tampoco el menor estremecimiento bulle
Como para que bruscas agujas de hielo se levanten
Cuando los mástiles colapsan entre olas
E inconmovible el bloque se mantienen en su sitio.
Ni las focas amodorradas en los resbalosos y brillantes flancos
Resbalaron desde pesadas placas
Disparadas a ambos lados de la nave  
La impetuosa nave que en vana resistencia sucumbe.  

Inquebrantable el témpano parece, tan vasto, tan frío
Su mortal desánimo lo ensombrece;
Y sin embargo le hace exhalar su insano aliento-
Disolviéndose a la deriva y destinado a estar muerto
El témpano, pesado y torpe, que holgazanea y pierde el tiempo
Invade el barco con lamentos y lo hunde
Lo hace resonar en la profundidad abisal 
Sin perturbar demasiado el cieno
Y a la viscosa caracola, que se revuelven
Junto a la exámine indiferencia de sus flancos.





Inmolado





Niño de mi feliz albor
Cuando aún vivías conmigo, y enviabas
Tu arco iris por sobre la vida y el tiempo,
¡Incluso sobre la Esperanza, mi esposa, y madre para vos!
Oh, nutrido en el dulce aire pastoral
Alimentado de flores, luz y rocío de los prados matinales,
Sálvame , y con tu salvación repruebame;
Pero no, no reproches mi escaso temple fértil y mi inestable humor
Aunque celoso de tu amplio futuro te haya sellado en un dócil destino.
¿Acaso hubiera podido salvarte del temeroso ladrón
Incluso ignorando el triunfo de la más insincera y unánime mediocridad? 
Descansa, pues, libre, absolutamente libre
Mecido en los brazos de la serena noche.  






Remordimiento





Cuando desde el oceáno las nubes se levantan
Sobre las colinas y revuelven la sequedad del otoño
Y con horror desbordan los cauces de los valles
Y en el pueblo la cúpula se partió y ha caído
Entonces pienso en las enfermedades de mi país                     
El vendaval sopla encendido desde los despojos del Tiempo
Por sobre la más puras esperanzas de este mundo
Y entre los más necios crímenes de los hombres.


El lado oscuro de la naturaleza se revela
Ah! Ligera y  descorazonada corriente
Hasta un niño podría advertir la apesadumbrada faz
De la negra y joven montaña desolada
Entre gritos los torrentes corren, surgen, saltan
Y otras tormentas se forman en la tormenta que sentimos:
La cicuta se sacude en su tallo, el roble en la quilla





El tiburón de Maldivas





Junto al tiburón, ese flemático
Y pálido borracho del mar de Maldivas,
Va el pez piloto, de azul estampa fina
Y qué alerta va, atento a los dientes de serrucho,
Pero ningún daño ha de temer
Y ágil y vivaz se desliza acompañando al flanco atroz
O incluso delante antes de la cabeza górgonica
O es que custodian los aserrados dientes
Que en triple franja relumbran 
Como si fueran las mismas puertas del cielo
Que los peligros no atraviesan
¡Y allí encuentran asilo en las mandídulas de los Destinos!
Los peces piloto, que son amigos del tiburón
y lo guían hasta la presa,
jamás toman parte del banquete,
ellos son todo ojos y cerebro
del viejo letárgico y de expresión pasmada
pálido devorador de horrible carne.
  

Herman Melville acusaba la arrogancia humana para con Dios y la naturaleza, y se colocó del lado de los primitivos y los salvajes cuando vivió entre estos, (en las Islas Marquesas habitó con caníbales habiendo escapado de un barco donde el trato era brutal); va a situarse en un extremo del tiempo y de su espacio vital, más precisamente en el punto de vista del primitivo, incluso, poniendose a resguardo de la civilización. En su sensibilidad tallaron el júbilo generoso y animado de la vida colectiva y placentera de los buenos salvajes, muy en contrario de las inclinaciones caníbales de estos. Hay indicios de que Melville se imbuyó del espiritualismo oriental, (no podía pasarle desapercibido) y lo extendiera a su reflexión y preocupaciones morales acerca de la religión y el mal, el destino común y la civilización, que lo enriqueciera a la influencia de Shakespeare y la Biblia, donde ya estaba el tema de la consustanciación, o confusión de los opuestos. De aquellos viajes regresó con fascinantes experiencias que desembocaron en sus primeros relatos de aventuras de ultramar entre culturas exóticas. Melville relataba a sus familiares y conocidos las alternativas de estos viajes y fueron sus oyentes, algunos, personajes influyentes de la época, quienes lo alentaron a grabar en papel sus relatos.
Se supone que al tiempo de escribir Moby Dick estuvo loco, sino gravemente enfermo, casi espiritualmente paralizado. Borges, en un poema que le dedica, con significativo barbarismo, dice: y el mar lo rodeó


Aquí se quiere elogiar la hondura y sutileza filosófica de Melville acerca del destino humano, como Tomas Hardy, de su carácter fatal, de la vasta e incesante naturaleza de los destinos. En el poema El tempano (un sueño)  sugiere que todo cuanto el mundo persigue debe implacablemente fracasar, pero además y como una cosecuencia irónica, el fracaso también ha de fracasar, ¿y entonces qué?. Con agudeza, enfrenta el error y la arrogancia humana. Por momentos, podría imaginarse un solo y único tema situado de transfondo a toda su obra, y que postula que el hombre accionando contra el mundo sólo termina por accionar contra sí mismo, es decir, el mal. Hay una líneas de un poema de  Guillaume Apollinaire que hubiera gustado a Melville: Piedad para nosotros que combatimos siempre en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir. En unos poemas donde el tema es la guerra civil norteamericana, si bien defiende el lado de la causa antiesclavista no deja de condenar la falta de una debida honorabilidad de los vencedores deben para con los vencidos. En esta época comparte con Whitman la preocupación por la guerra y el destino de su país.   
El tema de la interacción de los  opuestos, aparece una y otra vez. En Bartleby, la recurrente y seca respuesta del escribiente recuerda al principio de no-acción del Taoísmo, y la relación entre la consideración del escribano y la parquedad de Bartleby, esta última como un elemento insólito, sobre el que Melville dobla la apuesta con otro elemento insólito aunque previsible en la cadena de hechos; cuando Bartleby termina trabajando en la Oficina de Cartas No Reclamadas.   
En los poemas aquí elegidos encontramos esa voluntad reflexiva por sobre el poema de raíz estética, sensible o simplemente mundana, estos provienen de sus libros Battles pieces and aspects of the war, (en este trata acerca de la Guerra entre el Norte y el Sur, en la que hubo alrededor de seiscientos mil muertos), y Timoleon. También escribió un largo poema llamado Clarel. Sus poemas bastante adustos, en apariencia, son poemas que no parecen tener demasiada gratitud; considerar que un tiburón debe ser guiado hasta su presa; imaginar que la vastedad de la noche da cobijo a los hijos perdidos y que la pasan mejor allí que aquí abajo; la imagen de los enemigos, de los caídos cuyos lamentos y gemidos de dolor se entrelazan en el aire; o cuando describe el vendaval que agita a la vez las esperanzas del mundo y la vileza de los crímenes humanos. Sin dudas, Melville combate aún en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir.





Herman Melville (1819 / 1891, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica)
De: Preferiria no hacerlo N° 3, Septiembre 2006
Nota y traducción: Alberto Gagetti
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Charles Cros


Yo sé hacer los versos perpetuos / Los hombres se maravillan ante mi voz que dice la verdad / la suprema razón que heredé y me fue confiada / no puede comprarla ni todo el oro del mundo./ Todo lo he tocado: el fuego, las mujeres, las manzanas / Todo lo he sentido: el invierno, la primavera, el verano / He descubierto todo, ningún muro ha podido detenerme / Pero, Fortuna, dice: ¿Cuál es tu nombre?. El autor de estas líneas fue Charles Cros (1842-1888), francés. Además de poeta y humorista, fue un osado inventor; diseñó un medio de comunicación interplanetaria que consistía en un poderoso reflector focalizado hacia un espejo parabólico cuyo eje debía apuntar al
astro destinatario reproduciendo con moldes una imagen luminosa. En 1872 escribe “Un drama interestelar”, en el que los terrestres se comunican con los venusianos intercambiando imágenes de la flora. En el drama, el hijo del astrónomo y una venusiana se enamoran. Luego ellos se sienten tentados de vencer las oscuras distancias siderales mediante el más detallado y completo intercambio luminoso de sus propias imágenes. El idilio dura tres años, pero los dos enamorados acaban suicidándose al no concretar su amor, lo que lleva a la creación de una Convención planetaria que reglamente la comunicación interestelar. Entonces Cros presenta a la Academia de las Ciencias de París su Proyecto de comunicación interplanetaria. Quizás fuese este su invención más utópica. Un año antes que Edison en Estados Unidos, envía a la Academia un proyecto de fonógrafo, similar al del estadounidense quien quedó como el inventor del mismo; debido a un incidente burocrático : la Academia de las Ciencias revisó el proyecto de Cross tardíamente. Realizó también importantes hallazgos relativos al azimut, la fotocromía, la reproducción sonora, y otros algo más locos como la galactoterapia y la transfusión del alma. Creía que todo era posible y que inevitablemente habría de sobrevenir un mundo nuevo. También se lo consigna como el inventor del monólogo y en el Chat Noir se gana la vida haciendo reir al público. Frecuenta los grupos heteróclitos: el salón de Nina Villard, quien sería por un tiempo su esposa, los Hidrópatas ( los hidrópatas cantan a coro la canción de lo licores), los Zuticos, conoce a Rimbaud y a Verlaine, este último no lo incluye en esa afamada antología de los poetas malditos. Como poeta es díficil de clasificar, por que no encajaba en ninguna de las actitudes de su época. Escribió El cofre de sándalo y El collar de garras. En el prefacio de este último, Herbert Juin, llama su atención a todos aquellos que sueñan con imponer una idea serena al desorden de la historia de las letras. De Guy-Charles Cros, su hijo: La gloria de un genio muerto no depende como se supone del capricho de los vivos. Tarde o temprano, los nombres que merecen sobrevivir emergen del olvido para anclar en la memoria de los hombres.
  
  

                                   El arenque ahumado


Había un gran muro blanco, desnudo, desnudo, desnudo
Contra el muro una escalera, alta, alta, alta
Y en el piso un arenque ahumado, seco, seco, seco

Entonces él llega y sube a la escalera, alta, alta, alta
Y clava un clavo puntiagudo, toc, toc, toc
A lo alto del gran muro blanco, desnudo, desnudo, desnudo

El deja caer el martillo, que cae, que cae, que cae
Ata al clavo una cuerda, larga, larga, larga
Y a su punta el arenque ahumado, seco, seco, seco

El desciende la escalera, alta, alta, alta
Se la lleva con su martillo, pesado, pesado, pesado
Y luego parte, lejos, lejos, lejos

Y después el arenque ahumado, seco, seco, seco
Colgando del piolín, largo, largo, largo
Muy lentamente se balancea, lento, lento, lento
  
He escrito esta historia, simple, simple, simple
Para enfurecer a las personas, serias, serias, serias
Y divertir a los niños, pequeños, pequeños, pequeños





Charles Cros (1848, Fabrezan / 1888, París, Francia)
Nota y traducción: Alberto Gagetti

Imagen: elaguijonmusical.over-blog.es