24 agosto 2011

Enrique Molina


Como debe ser





Aquí está mi alma, con su extraña
insatisfacción, como los dientes del lobo:
la narradora de naturaleza cruel e insumisa
que nunca encuentra la palabra;
y por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido,
como una luz en la lluvia, pero vuelve
a repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo
en el verde aire de los amores errantes.
Pues un tren no sólo moviliza sus hierros
sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje,
rostros arena, rostros relámpagos, rostros que hacen música,
y puede crujir burlonamente también
cuando los demonios, en el salón comedor,
al cruzar por una pequeña estación de provincia
con un cerco de tuna y el mendigo predilecto de la Virgen
sacaban la lengua y aplastaban su trasero desnudo contra el vidrio de la ventanilla.
Y nunca más vuelvas a despedirte de mí,
en medio de esta tierra cabeza abajo que se eriza en el aire frío.




En tránsito





¿Qué puede detenerse aquí?
El avión ha partido. Cien años después
                            están comiendo en la misma posada,
                            una fuente de mariscos y vino,
doña Rosa, mujer de don Manoel, negra y de grandes nalgas,
vierte jugo de limón en el vaso de cachaza, junto al mar.
Te ha despertado el ruido del agua, lluvia caliente,
y vidrios empañados, palabras susurradas en la penumbra,
no se sabe de dónde llegan esta flores, muebles desvanecidos,
y el eco del tiempo retumbando en la sangre lasciva.
                          Su cuerpo, con lentitud,
relata una larga historia, relaciones más o menos fortuitas
en playas o viajes, casas de campo
                          con nocturnas hogueras,
y mutaciones, arrebatos, desconciertos, sorpresas.

Pero no como ausencia, como una sinfonía más bien,
                          una orgía
de apasionadas imágenes que llegan de un sueño,
de lluvias y cosas que brillan, un acorde
                          casi inhumano,
mientras enciende un cigarrillo.
Y sus pechos tan suaves para hablar de la muerte.

Así, a la orilla de un río, se está tendido en la hierba,
                         solitario de nacimiento,
pensando en su risa, lejos de la salvación eterna.


Enrique Molina (1910 / 1997, Buenos Aires, Argentina)
De: "Los últimos soles", Editorial Sudamericana, 1980

Imagen:  foro.elaleph.com

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