16 octubre 2011

Herman Melville


Fragmentos de un perdido poema gnóstico del siglo XII





Fundes una familia, construyes un estado
El tiempo prometido es aún el mismo:
La materia nunca habrá aplacado
Su clamor brutal y antiguo.

La indolencia es aquí la aliada
Y la energía una criatura infernal:
El Buen Hombre vierte del cántaro agua clara
Pero orilla el envenenado brocal.




Arte





En horas plácidas contentos soñamos
Bravos, incipientes argumentos.
Pero en la forma que se presta y crea el pulso de la vida,
Cuántas cosas y hechos desiguales deben hallar acuerdo
La llama ha de fundir, el viento debe enfriar;
La triste paciencia, valiosas energías,
Humildad, aún orgullosa, y agravios,
Instinto y estudio, amor y odio,
Audacia y veneración. Estos deben unirse
Y fusionarse en el mítico corazón de Jacobo,
Y su lucha con el Angel, eso es el Arte.





Shiloh: réquiem





Girando suavemente, sin esfuerzo
Las gaviotas vuelan bajo
Sobre los campos nublados
Los boscosos campos de Shiloh,
Y las llanuras donde la lluvia de Abril
Alivia al febril conmocionado en su dolor
A través de la tregua nocturna
Tras la batalla un domingo.
Alrededor de la capilla de Shiloh,
La desolada iglesia hecha de troncos
Recoge el eco de muchos que parten con quejidos,
La plegaria natural de los rivales allí entremezclados
Rivales en la mañana, pero amigos al anochecer.
Ahora la fama o la Nación pueden ahorrarse sus cuidados:
(¡Nada tan poco decepcionante como una bala!)
Ahora ellos descansan allí abajo,
Mientras las gaviotas vuelan a flor de tierra
Y todo es calma y silencio en Shiloh.





El témpano (un sueño)





He visto una nave de construcción marcial
(Estandartes enarbolados, temeroso aparejo)
Timonear por mera locura hacia un impasible témpano,
Y luego sin demora, su fatua robustez irse a pique.
El impacto partía bloques enormes de hielo por el aire,
Que iban a dar la cubierta de modo tétrico,
Pues esa sola avalancha fue todo
Para hacer zozobrar la nave de súbito.

A lo largo de las espuelas pálidas del hielo
Ni un madero ni una frágil traza de la nave
El imponente prisma de verde hielo no siente el topetazo
Ni un ornamento ni un vestigio queda,
Ni las gotas pendiendo de las grutas se inquietan,
Cuando la nave se va a pique.
Ni siquiera las gaviotas  como una nube rondan
Un pico alejado, ni otras aves que descendían
Ni las playas de cristal, se conmueven.
Tampoco el menor estremecimiento bulle
Como para que bruscas agujas de hielo se levanten
Cuando los mástiles colapsan entre olas
E inconmovible el bloque se mantienen en su sitio.
Ni las focas amodorradas en los resbalosos y brillantes flancos
Resbalaron desde pesadas placas
Disparadas a ambos lados de la nave  
La impetuosa nave que en vana resistencia sucumbe.  

Inquebrantable el témpano parece, tan vasto, tan frío
Su mortal desánimo lo ensombrece;
Y sin embargo le hace exhalar su insano aliento-
Disolviéndose a la deriva y destinado a estar muerto
El témpano, pesado y torpe, que holgazanea y pierde el tiempo
Invade el barco con lamentos y lo hunde
Lo hace resonar en la profundidad abisal 
Sin perturbar demasiado el cieno
Y a la viscosa caracola, que se revuelven
Junto a la exámine indiferencia de sus flancos.





Inmolado





Niño de mi feliz albor
Cuando aún vivías conmigo, y enviabas
Tu arco iris por sobre la vida y el tiempo,
¡Incluso sobre la Esperanza, mi esposa, y madre para vos!
Oh, nutrido en el dulce aire pastoral
Alimentado de flores, luz y rocío de los prados matinales,
Sálvame , y con tu salvación repruebame;
Pero no, no reproches mi escaso temple fértil y mi inestable humor
Aunque celoso de tu amplio futuro te haya sellado en un dócil destino.
¿Acaso hubiera podido salvarte del temeroso ladrón
Incluso ignorando el triunfo de la más insincera y unánime mediocridad? 
Descansa, pues, libre, absolutamente libre
Mecido en los brazos de la serena noche.  





Remordimiento





Cuando desde el oceáno las nubes se levantan
Sobre las colinas y revuelven la sequedad del otoño
Y con horror desbordan los cauces de los valles
Y en el pueblo la cúpula se partió y ha caído
Entonces pienso en las enfermedades de mi país                     
El vendaval sopla encendido desde los despojos del Tiempo
Por sobre la más puras esperanzas de este mundo
Y entre los más necios crímenes de los hombres.


El lado oscuro de la naturaleza se revela
Ah! Ligera y  descorazonada corriente
Hasta un niño podría advertir la apesadumbrada faz
De la negra y joven montaña desolada
Entre gritos los torrentes corren, surgen, saltan
Y otras tormentas se forman en la tormenta que sentimos:
La cicuta se sacude en su tallo, el roble en la quilla





El tiburón de Maldivas





Junto al tiburón, ese flemático
Y pálido borracho del mar de Maldivas,
Va el pez piloto, de azul estampa fina
Y qué alerta va, atento a los dientes de serrucho,
Pero ningún daño ha de temer
Y ágil y vivaz se desliza acompañando al flanco atroz
O incluso delante antes de la cabeza górgonica
O es que custodian los aserrados dientes
Que en triple franja relumbran 
Como si fueran las mismas puertas del cielo
Que los peligros no atraviesan
¡Y allí encuentran asilo en las mandídulas de los Destinos!
Los peces piloto, que son amigos del tiburón
y lo guían hasta la presa,
jamás toman parte del banquete,
ellos son todo ojos y cerebro
del viejo letárgico y de expresión pasmada
pálido devorador de horrible carne.
  

Herman Melville acusaba la arrogancia humana para con Dios y la naturaleza, y se colocó del lado de los primitivos y los salvajes cuando vivió entre estos, (en las Islas Marquesas habitó con caníbales habiendo escapado de un barco donde el trato era brutal); va a situarse en un extremo del tiempo y de su espacio vital, más precisamente en el punto de vista del primitivo, incluso, poniendose a resguardo de la civilización. En su sensibilidad tallaron el júbilo generoso y animado de la vida colectiva y placentera de los buenos salvajes, muy en contrario de las inclinaciones caníbales de estos. Hay indicios de que Melville se imbuyó del espiritualismo oriental, (no podía pasarle desapercibido) y lo extendiera a su reflexión y preocupaciones morales acerca de la religión y el mal, el destino común y la civilización, que lo enriqueciera a la influencia de Shakespeare y la Biblia, donde ya estaba el tema de la consustanciación, o confusión de los opuestos. De aquellos viajes regresó con fascinantes experiencias que desembocaron en sus primeros relatos de aventuras de ultramar entre culturas exóticas. Melville relataba a sus familiares y conocidos las alternativas de estos viajes y fueron sus oyentes, algunos, personajes influyentes de la época, quienes lo alentaron a grabar en papel sus relatos.
Se supone que al tiempo de escribir Moby Dick estuvo loco, sino gravemente enfermo, casi espiritualmente paralizado. Borges, en un poema que le dedica, con significativo barbarismo, dice: y el mar lo rodeó


Aquí se quiere elogiar la hondura y sutileza filosófica de Melville acerca del destino humano, como Tomas Hardy, de su carácter fatal, de la vasta e incesante naturaleza de los destinos. En el poema El tempano (un sueño)  sugiere que todo cuanto el mundo persigue debe implacablemente fracasar, pero además y como una cosecuencia irónica, el fracaso también ha de fracasar, ¿y entonces qué?. Con agudeza, enfrenta el error y la arrogancia humana. Por momentos, podría imaginarse un solo y único tema situado de transfondo a toda su obra, y que postula que el hombre accionando contra el mundo sólo termina por accionar contra sí mismo, es decir, el mal. Hay una líneas de un poema de  Guillaume Apollinaire que hubiera gustado a Melville: Piedad para nosotros que combatimos siempre en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir. En unos poemas donde el tema es la guerra civil norteamericana, si bien defiende el lado de la causa antiesclavista no deja de condenar la falta de una debida honorabilidad de los vencedores deben para con los vencidos. En esta época comparte con Whitman la preocupación por la guerra y el destino de su país.   
El tema de la interacción de los  opuestos, aparece una y otra vez. En Bartleby, la recurrente y seca respuesta del escribiente recuerda al principio de no-acción del Taoísmo, y la relación entre la consideración del escribano y la parquedad de Bartleby, esta última como un elemento insólito, sobre el que Melville dobla la apuesta con otro elemento insólito aunque previsible en la cadena de hechos; cuando Bartleby termina trabajando en la Oficina de Cartas No Reclamadas.   
En los poemas aquí elegidos encontramos esa voluntad reflexiva por sobre el poema de raíz estética, sensible o simplemente mundana, estos provienen de sus libros Battles pieces and aspects of the war, (en este trata acerca de la Guerra entre el Norte y el Sur, en la que hubo alrededor de seiscientos mil muertos), y Timoleon. También escribió un largo poema llamado Clarel. Sus poemas bastante adustos, en apariencia, son poemas que no parecen tener demasiada gratitud; considerar que un tiburón debe ser guiado hasta su presa; imaginar que la vastedad de la noche da cobijo a los hijos perdidos y que la pasan mejor allí que aquí abajo; la imagen de los enemigos, de los caídos cuyos lamentos y gemidos de dolor se entrelazan en el aire; o cuando describe el vendaval que agita a la vez las esperanzas del mundo y la vileza de los crímenes humanos. Sin dudas, Melville combate aún en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir.





Herman Melville (1819 / 1891, Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica)
De: Preferiria no hacerlo N° 3, Septiembre 2006
Nota y traducción: Alberto Gagetti

1 comentario:

  1. Interesantísimos poemas, Pedro. Saludos sanvicentinos.

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