Jack Kerouac y Gary Snyder

Sobre "Mente salvaje(poemas y ensayos)", de Gary Snyder (Madrid, Árdora Exprés, 2000; traducción de Nacho Fernández) por Thais Morales


Gary Snyder y Lawrence Ferlinghetti
Jack Kerouac y Gary Snyder, vagabundos del Dharma



Aunque Snyder ya no quiere hablar de aquella época, su relación con la generación beat es innegable, e incluso  mantuvo una larga amistad con Ginsberg hasta el día de su muerte. Sin embargo, fue su relación con Kerouac la que ha dejado una huella más profunda, al menos a nivel literario. Durante los meses en que se conocieron, a mediados de los años cincuenta, el autor de En el camino esbozó su segunda gran novela,  Los vagabundos del Dharma, y una pequeña joya poética, un sutra llamado «The Scripture of the Golden Eternity». Con el tiempo, un Jack Kerouac repleto de contradicciones y alcoholizado acabó por demonizar a Snyder (igual que al resto de sus compañeros de generación) por sus tendencias anarquistas y, supuestamente, comunistas. Por su parte, el poeta zen percibió «alrededor de Jack una vena autodestructiva, un aura de fama y de muerte».

Gary Snyder


Qué decir, todavía





Leyendo las páginas de prueba tipográfica de los Poemas completos de Laughlin
con miras a escribir un comentario,
qué afectuosamente habla J. de Pound,
          recuerdo un momento cuando…–
A los veintitrés me sentaba en una cabina de vigía con un viento gris
      azotando
en el extremo  norte de las Cascadas del norte,
por encima de  rocas y hielo, preguntándome
          si debería ir a visitar a Pound a Santa Elizabeth.
Y estudié chino en Berkeley, fui a Japón, en cambio.
J. expresa su amor  por las mujeres,
su amor por el amor, su dedicación , su haber causado el dolor,
          allí mismo.
Tengo 63 años ahora,  y voy de camino a recoger a mi hijastra
     de diez años y conducir el automóvil;
acabo de terminar una carta de cinco páginas para los supervisores del condado
     con relación a un supervisor
anterior,
          ahora perteneciente a un grupo de presión política pagado,
que ha tergiversado los hechos, a quien le pagan por  sus mentiras. ¿Tengo que tratar con este canalla? Sí.
El manuscrito de James Laughlin está en mi escritorio.
Anoche a altas horas leyendo sus poemas nítidos-
y el volumen de Burt Watson de las traducciones de Su Shih,
          próximo en la cola para un comentario en la solapa.
Calor de septiembre.
El Instituto Watershed se reúne,
         para organizar más trabajo con B.L.M.
Y tenemos visitantes de China, ingenieros forestales,
       que quieren ver cómo nosotros los palurdos,  seguimos con nuestro
       plan.
Los editoriales del periódico  están en contra nuestra,
       un botánico está examinando las plantas raras de los pantanos.
Pienso en  cómo J. escribe historias de sus amantes en sus poemas–
       pone mucho,
       me llega al alma,
¿Tan imprudentemente atrevido –tonto–?
para escribir tanto de sus amantes
cuando llevas casado tanto tiempo. Después pienso,
¿qué sé yo?
          Sobre qué decir
          o no decir, qué contar, o no, a quién,
          o cuándo,
          todavía.


En memoria de James Laughlin   (1993)




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Gary Snyder (1930, San Francisco, Estados Unidos de Norteamérica)
De: el adelantado de Indiana
Traducción: Emilia del Río


Eli Tolaretxipi

VII




Me sacudo el tiempo del pelo.
El deseo de comer una naranja me ocupa.
En el cuadro
la naranja es una bola de oro
y mi corazón
una botella de plástico
y burbujas
y agua.
A este lado del marco
tropiezo con incertidumbres
aunque hay cosas seguras,
cigarrillos y naranjas,
tan porosas de puro inmediatas.
A este lado de la tierra
le pido fuego
y me ofrece miedo:
el temor de volver a su obra quieta
a la vida inmóvil.
La existencia retratada que ella comprende
me reduce
a tomarlas,
a ella, a su naranja
con todo el corazón de agua;
yo que sueño
una vida de sangre.


Eli Tolaretxipi (1962, San Sebastián, España)
De: revistapingpong.org

Imagen: diariovasco.com

Coral Bracho

Terminal de autobuses del sur



Fieles al agua tensa que los sostiene
avanzan bajo la superficie sin alterarla.
De ella asumen los tonos,
en ella se hunden entre espejos;
son pasajeros
que se empalman y mezclan
frente a la puerta cuatro.

Han llegado hasta ahí
sin desprenderse de las formas constantes
que los guían sin mirarlos. Ignorados,
unidos entre brillos y objetos,
las siguen desde la hondura
y son su apoyo,
fluido modo de ver y desplazarse,
en ese espacio invertido
de reflejos y evidencias cambiantes.

Ahí, entre el piso de mármol
recién pulido, con una afable y abierta ligereza

se funden. Algo jovial despliegan esas sombras;
algo profundo advierten.


Coral Bracho (1951, Ciudad de México, México)
De:  laestafetadelviento.es

Imagen: ernestogarcialopez.blogspot.com
Enlaces: Letras Libres

Juan Pablo Salinas

Mesa 3



El espaldar de la silla saborea sus vértebras
acaricia sus costillas en cada movimiento


Bate las manos confundido
atrapado en las telarañas que los gritos tejen por los costados
Mientras arquea los hombros
seguro de vivir entre estos ruidos.


Un insecto cae en espiral
un insecto expulsado de su conciencia flota
posa en las paredes
copula sobre las mesas
y solo son moscas las que frecuentan sus días
coinciden a cada instante con su mirada
en cada banca
a toda hora
y es el tedio día a día


Se desplaza al baño y pronto a la mesa
todo se hace inaprensible
sus ojos se vuelcan y se mira en medio de un anfiteatro
sentado
automatizado sobre un sillón
con un control pegado a la mano y su dedo cambiando y cambiando
y pronto el zapping diario
y es Tele-Vida todos los días
efímeras escenas de felicidad
indigestiones de hambruna inmortalizada en spots de Herbalife
noticias rebosantes de fatalidad
y muertos, vidas, historias
una mancha
una suma de píxeles en la pantalla.


Juan Pablo Salinas (1986, Cochabamba, Bolivia)
De: "Moscardón Bistrot", Editorial Yerba Mala, 2010


Imagen: http://antologiatemporal.wordpress.com/

José Watanabe

El ciervo





El ciervo es mi sueño más recurrente.
Siendo animal de manada aparece mirándome con alzada
y orgullo
de hombre solo.
A media distancia pasta en un espacio pequeño, y alrededor
todo petrificado, ningún cuerpo
de carne
que se le compare.
El ciervo se mueve como articulado por fuertes elásticos
internos
que convergen en un poderoso órgano desconocido y central.
De allí su caminar gracioso
que disimula su enorme fuerza
elástica, su potencial
de vuelo.
Imaginemos la eventualidad de un cazador y de un certero disparo,
ya el ciervo está desarrollando su instantáneo salto
en el cielo.
La jauría sólo llegará a su primera sangre, a la sorprendida,
y luego no lamerá
ninguna
porque en el ascenso
el ciervo curará su herida
con simple
saliva.
Y aterrizado y salvo aparecerá otra noche en mi sueño.
de hipocondriaco
Mi miedo volverá a cubrirlo de atributos
de inmortal y así mirándolo
yo mismo me miro
pero sólo en mi sueño
porque la voz de mi vigilia no entra allí, y el ciervo
nunca oye
mi cólera:
No eres de vuelo y vivirás en el suelo, mordido
por los perros.





José Watanabe (1945 / 2007, Trujillo / Lima, Perú)
De: "Elogio del refrenamiento", Editorial Renacimiento, 2003


Imagen: adondevamos.pe
Enlaces: DramaTeatro, revista digital: entrevista a José Watanabe

Silvia Camerotto, inédito


Resabios






Cómo es esta noche todavía
Si las noches
si los momentos van a alguna parte
donde lo encuentre como se encuentra su voz
en mi cabeza con sus altos y sus bajos
con su voluntad inocua para semejantes fauces
La intolerancia metida dentro de una botella
que perfuma mi estudio cuando trabajo
cuando marco un número de teléfono
para pedir ayuda pero nunca lo que deseo que ocurra
Es extraño mirarse después de que ha pasado el lugar
y ver que en el lugar ya no está la persona
pero el hueco que ocupaba sigue lleno
como si fuera posible estar al mismo tiempo
en el norte y en el sur
como si los débiles marcos que contienen las miradas
hubieran crecido de golpe
amontonados en el mismo centro de la cosa
Tanta incontinencia
Tanto asombro.








Silvia Camerotto (1959, Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires)




Sergio Kisielewsky


Abotonado







Ponía las llaves en la biblioteca
y vos llevabas tu guardapolvos al armario.

Yo amaba saber que te iba a querer toda la vida.

Desplegaba el sofá cama y nuestra hija
no llegaba a los dos años.

Te amaba.
Amaba verte en Valeria, sabía que tu padre
combatió a los que odiaba mi padre.

Luego vino el mar, los tullidos,
la sombra de la sombra en el país del trabajo no fijo.
Me pudrí y te cansaste.

Pero yo me cansé de mí.

Y aquí estoy.
Miro por la ventana de una habitación ajena.
Vivís a ocho cuadras como mi hija
y te ponés a soñar
que alguien te querrá.

Las comidas, los hoteles, los pocos asados y tus canciones de Baderek.

Todo ocurre alrededor del fuego.
El fuego en que nos quemamos.



9



Tu belleza es un campo minado.

Un poste en la calle Valle.
Son los adoquines del atardecer
que se llueven a si mismos.


10



¿Qué ve el poeta?

El poeta se ve a si mismo
como peste.

El inservible escuchando la Spika en el umbral.
Pide un trabajo.
Pide candelabros.
Un hijo.
Calles que no, papá.
Un figura sólida que estremece.

Es un silbido deshilachado por las calles.
No me verás irme, papá.
No me verás con el hijo.
No me verás trayendo un objeto desde el desván.

No me verás papá.
Un trozo de luz que lastima el paisaje.
Un embarcadero. Un puerto.
Una sombra
en la casa de Quequén.






Sergio Kisielewsky (1957, Buenos Aires, Argentina)
De: "La belleza es un campo minado", Alcion Editora, 2006

Foto: "Los poetas de Mascaró, Centro Cultural de la Cooperación. Sergio Kisielewsky en el centro









Blues del blog, por Damián Tabarovsky

Al final, era cierto o no que cualquier boludo tiene un blog, como predijo un intelectual orgánico… del Grupo Planeta? (¿Creyeron que iba a decir orgánico del kirchnerismo? Eso es apenas un detalle. La realidad, en un caso como el suyo, está en otro lado: en el mercado como única verdad.) Pensaba en estas cuestiones, mientras leía una nota en The New York Times, en la que se afirma que por primera vez son más los blogs que se dan de baja, que los nuevos que se crean. ¿El blog ya fue? Según informa la nota, el éxito de las autodenominadas redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) tendría mucho que ver con la decadencia del blog que, en comparación, habría quedado viejo, lento, y previsible. El blog sería hoy un asunto de treintañeros, mientras que las redes sociales expresarían la potencia adolescente, su frescura, su gusto por el desorden, su experiencia de lo descentrado. Por razones estrictamente profesionales, hace un tiempo entré a Facebook (estaba interesado en conocer cómo aparecen allí ciertas editoriales independientes, cómo se promocionan, qué estrategias de comunicación utilizan). Después de haber saciado mis inquietudes laborales en el ámbito local, pasé a buscar varias editoriales extranjeras, entre ellas una de las editoriales independientes francesas más prestigiosas (que publica a más de un escritor argentino). Pero no la encontré. Entré entonces a su página web, pero en ningún lado había un link a Facebook o Twitter. Tiempo después, casualmente me encontré con su editora, también propietaria de la empresa. Y le pregunté por qué no estaban en Facebook. Con total naturalidad, me contestó: “¿No estamos? Ni idea. Dejame que les pregunte a las chicas de prensa para averiguar”. Y después me obsequió la edición de Le bruit du temps, de Ossip Mandelstam, que acababan de reeditar en su hermosa colección de bolsillo. ¿A cuenta de qué venía todo esto? Ah, sí: que en ese desdén de la editora hay una enseñanza profunda para la literatura. Una sutil respuesta crítica a una pregunta clave: ¿sobre qué conversamos? ¿De qué hablamos?
Pero también venía a cuenta de la nota de abajo, siempre en The New York Times, que versaba sobre la relación entre tiempo de espera, impaciencia y tecnología. Era un artículo interesante, porque concebido desde una perspectiva pragmática y positivista (es decir, desde la única desde la que habitualmente se presenta a la tecnología en los medios y en el sentido común, valga la redundancia), estaba llena de datos susceptibles de convertirse en agradables temas de conversación. Por ejemplo, un psicólogo conductista afirmaba que si el ascensor tarda más de 19 segundos en llegar, los usuarios tienen tendencia a tocar nuevamente el botón de llamado. Y que a los 32 segundos, ya se empieza a tener una cierta actitud de fastidio. Luego, un especialista en “nueva dinámica social”, señalaba los momentos en que las computadoras “se ponen lentas” como una de las principales causas de estrés y violencia laboral. Algo de esto debe ser cierto: mi máquina andaba muy lenta, y entonces decidí llamar a un técnico. Según parece, era simplemente mugre, archivos grabados en cualquier lado, y ausencia de conocimientos (e incluso de vocabulario: en un solo trámite, aprendí la palabra y la acción de desfragmentar el disco duro). Ahora con la computadora hecha un avión, no sólo ya casi no tengo estrés, sino que me reencontré con viejos artículos míos, mal guardados en unos llamados “archivos temporales” (grave error: todo escritor debe guardar sus notas en archivos llamados póstumos). En especial, con varias notas de la época en que me dedicaba a escribir reseñas del libros de saldo en un desaparecido suplemento cultural. Ahora que lo recuerdo, sobre esas viejas notas se iba a tratar esta columna.

Nota de Damián Tabarovsky en Diario Perfil del 07/08/2011, Suplemento Cultura

Jorge Santkovsky


Invisible





Todo parece en su adecuado lugar.
Los colores no se borronean.
Es el cielo de la cabeza
el más agraciado.
Una enorme actividad
invisible
un cosquilleo tenue.

Es la máscara,
una completa sonrisa
casi una locura.

Una intensa presión,
incontenible
denuncia el fin y el principio.

Es el fin del espanto
es por fin, un principio.





Radar





Por fuera
es el mismo día.
O la misma noche.

Sin causa aparente
retardo mi radar.
Indagando en rostros y balcones,
disfrutrando como todo
se articula merecidamente.

Me propongo
atrapar este paréntesis.
Revivirlo intenso
en mi cerebro.

Hacer la necesaria pausa
y reír como sólo rién los cuerdos.





Secreto





Los he engañado a todos.
He mantenido un secreto que me fortalece.
Estas palabras
son sólo mías.
Los que me ven caminar
no imaginan que vuelo.
Si me ven llorar
no sospechan que río.

Seguiré engañando,
año tras año
hasta que el propio peso de las palabras
doblegue mi cuello,
y haga inútil
todo engaño.





Jorge Santkovsky (1957, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires). Reside en la Ciudad de  Buenos Aires
De: "Revelaciones", Huesos de Jibia, 2010

Imagen: facebook


Raúl González Tuñón



Clínica de muñecas

                                                                   (Villa Crespo)
                                          "Yo estaba frente al Edificio Nacional
                                           cuando empezó el tiroteo" (Paralelo 48).
                                                                                  Dos Passos


Tenía en su cara los colores
de la silvestre rosa rosa irlandesa,
y unos ojos verdes redondos
y bucles de oro la magnífica muñeca
y una cintura de ukelele
y un perfume tan penetrante de alhelí,
cuando fue
muerta entre el berrinche
en el bochinche que hubo allí,
la señorita Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.

Ah, yo la hubiera paseado
bajo la Cruz del Sur en la Ribera
y yo le hubiera regalado
una fragata dentro de una azul botella
y un gran reloj que al dar la hora
toca una linda, una adorable musiquita
y una ventana con un puerto y un submarino en la pecera
y un trencito de chocolate que recorre un raro país,
a la pequeña Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.

Ahora está la Bella Durmiente con las mejillas color cera
y ya no tiene los colores
de la silvestre rosa rosa irlandesa.
Ahora está blanca la yacente
adolescente en su cajita
y sobre ella la tristeza lanza su breve
transparente lluvia sutil
y el viento joven gime gime gime en la vidriera
porque está muerta en la cajita
la señorita  Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.


¡Doctor Angélico! Estoy viendo
cómo trabaja en la trastienda el Viejo Gris
con instrumentos delicados
como los sueños del vagabundo y el poeta.
Cuando termine le daremos vino viejo y gefultefisch
y la antigua llave del barrio
y el secreto del gallito de la veleta
y una garita de confite donde se agite
un guerrillero de carmín
por salvar a la Señorita, por salvar a la Señorita,
por salvar a la Señorita, por salvar a la Señorita
Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.





Raúl González Tunón (1905 / 1974, Buenos Aires, Argentina)
De. "A la sombra de los barrios amados", 1957



Me parece

Destellos minutos antes del sueño. Repicando el último verso de Veiravé: "a cuya sombra hablaban portugués nuestros amigos". (aquí) Tanto repicar que me olvidé de los cangrejos. El verso fue expropiado naturalmente. Lo ajeno se transforma en lo propio aunque mis amigos no hayan hablado nunca portugués a la sombra de un árbol desconocido. La desconexión de la última imagen justificada por ese "¿por qué no? logra su autonomía. La nostalgia no se puede representar de una manera inteligible: habla otro idioma. Me dormí, pensando en los amigos que no oigo y en los lejanos.

Cangrejos y tortugas


Cangrejos en la playa de Armação



Al principio son invisibles como los cabellos
    rubios de un cuadro de Boticelli
    pero a la hora de la siesta empiezan a
    salir otros más grandes
    tiemblan al paso del turista desprevenido
y huyen se esconden rápidamente cobijados en
los parasoles: cada uno tiene su hoyo en la arena
en cuyo fondo oscuro cometen las torpezas de
cualquier ser viviente. ¿Ignoran el ruido del mar?
¿Ocultan claves esotéricas? ¿Se preocupan por
   el último best seller?
Lo cierto es que nos miran con dos enormes radares negros
y de costado utilizan la cámara fotográfica con
   un solo ojo electrónico compuesto por
   millones de células solares. En la playa
                     solitaria
                         de
                     Armação
hemos quedado este verano del 78
fotografiados por la vida, apenas levemente como la arena
hasta que la marea del invierno cubra esos
    desconocidos cráteres, borre las huellas
    de los cangrejos, transporte hacia las costas africanas
    mujeres en bikini, risas, y ¿por qué no?
la imagen de un árbol desconocido
a cuya sombra hablaban portugués nuestros amigos.


Alfredo Veiravé (1928 / 1991, Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina)
De: "Historia natural", Editorial Sudamericana, 1980)




Documental




Los biólogos empeñados en repoblar de tortugas
las costas de Bermudas descubrieron
que los bebés de las tortugas
necesitan cruzar por sus propios medios
la playa del mar en el que se internan para crecer.
Observaron que de no cumplir esa travesía
no volverían al lar, maduros ya, y
fuertes de navegaciones. Pero
las playas de Bermudas están infestadas de cangrejos
prodigiosamente blancos y feroces
en cuyas pinzas perecen algunos bebés tortuga
como tributo al medio atroz donde nacieron.
Los cangrejos tal vez pueblan en exceso las playas
pero los biólogos lanzan a los bebés a horas tempranas
cuando el sol no despierta a los cangrejos
Es más que un acto de piedad burlar el sueño de las bestias


Jorge Aulicino (1949, Buenos Aires, Argentina)
De: "La caída de los cuerpos", El lagrimal trifulca, 1983  


Imagen: escapadores.com 

Néstor Groppa

"La provincia está destruida"

                                    
leyendo los diarios locales



Leía los diarios del día 9 de Diciembre
y no podía creerlo,
la vecina no podía convencerse ni convencerme
       yo
de tanto subjetiva excreta moral.
La provincia solamente retenía
el monumento a la Independencia (?), las estatuas
de Lola Mora (traídas por casualidad) y la estrella
       de Belén (en la Catedral)                                                  
la Catedral, también.
Lo demás, lo que suman y llaman patrimonio,
pasaba a bolsillos nacionales --¿unitarios o
       federales?–
y de ahí, a cuentas no registradas de nuevos ricos
       multinacionales:
la luz provincial, el agua de la provincia
a la sombra de la estrella polar,
las ventanillas y los libros rayados y las
       computadoras
y las cajeras del Banco de la Provincia de Jujuy, 
       los caminos, los silencios
del subsuelo, las rutas polvorientas del cielo, los
       últimos años,
la niñez de los jubilados, las viejas caritas de los 
       niños, el honor
del salón de la Bandera, las desencuadernadas
       páginas
de sus historias
pasarían a las cuentas de los nuevos ricos
       globales (¿o no?).
Sólo seguirían en la provincia las moscas del
       hambre,
la crónica altiva, inasible, siempre errabunda,
el hacer y las manos, que en vano habían
       trabajado.
Solamente quedarían en el mapa
uno que otro río,
uno que otro cerro
de la precordillera
en la geología con todas sus edades enajenadas
       por pedimentos.
Los hombres revolvían en la historia,
sacaban pedacitos de hazañas, cortaban instantes
       o años enteros.
Entre todos los miraban,
memoraban las oraciones y los ritos de otros
       pueblos,
sus altares, sus entregas, el lanzazo de sus
       miradas
y sus galopes de frontera a frontera.
Imaginaban el terreno provincial
con sus amores y aquellas primaveras
desmandadas, procreando a ras del raso
cuando una espuma rosa desborda los lapachos,
o esos ángeles azules se vuelan de los tarcos
en tardes derramadas de la cuarta estación,
donde ya suenan los pesebres y sigue un bombo
       pero indignado.
Ah! ministros, diputados con retroactividades,
       Sres. magistrados
y Sras. y Srtas. oyentes,
contadores públicos nacionales, y niños y niñas
       aquí presentes:
estamos vigilando lo mismo que una planta
atendiendo al sol,
al agua que baja con la lluvia
y a la sombra
que me peina y despeina.
Soy esa planta indefensa a merced
de pronto, de una mano cariñosa
o de una mariposa oficial
negra y dañina
que regala un polvillo lúgubre de heredadas
       muertes.
Tal la vida en este Diciembre
pesando los sueños del mundo por el mundo
decepcionado de lo que existe
tan de pronto con todos los colores de la vida
y muy de pronto en blanco
con ese blanco
de cuaderno nuevo
en que nos disponemos a escribir con dignidad
la continuación de la historia, zarandeando su 
       cronología
inmediata, para separar el cascajo de lo tolerable.
Que lo hay.

9 - 12 - 1995





Néstor Groppa (1928/2011, Laborde, Provincia de Córdoba, San Salvador de Jujuy, Provincia de Jujuy)
De: www.elnuevocantaro.com

Imagen: sumiradapoetica.blogspot.com

Mark Strand


Otro lugar





Entro en la luz
que hay

no enceguece
ni es suficiente para vislumbrar
lo que ha de venir

sin embargo veo
el agua
el único bote
un hombre que está de pie

es alguien que no conozco

este es otro lugar
la luz que hay cubre como una red
la nada

lo que ha de venir
había sido
esto antes:

el espejo donde el dolor duerme
el país que nadie visita.







Mark Strand (1934 / 2014, Prince Edward Island, Canadá / New York, Estados Unidos de Norteamérica)
De: www.kalathos.com
Traducción: Juan Sanchez-Pelaez

Imagen: flirck



Julio César Aguilar, inéditos

Palabra ¿de honor?



I

Como un diestro cazador, persíguela
alcánzala
y tírale de frente

hasta que con su sangre
preñe
la blancura del papel.


II

Por los baldíos de un verso
prosigue la lengua
su terco andar
de forastero

mientras
el libro que crece
se construye: se va levantando: se erige

desde la soledad y el sosiego.



III

Cultivad las palabras
y vedlas florecer, deshojarse

para nuevamente florecer
en la desértica página.


IV

Hoja
tras hoja
y sobre el invisible
            a    i    r    e
quieren cantar
                        pero canturrean.

Unos coros
            de libélulas ebrias nada son
si no esperan si no reciben si no alcanzan
si no se agencian
            la admonición
                        y el consentimiento
del papagayo retórico de su misma lengua.


V

sí o no: cuestión de ser

desde su sustancia se extreman
huidizas
            en su densidad, en sí mismas se ahondan
(se fugan) desaparecen
letras letales malnacidas para tanta muerte

sueltan las íes su punto
                        justo al un ojo vislumbrarlas
no y sí la redonda estela de la o vuela en el aire
vocales inmersas
            en aconsonantados mares de humo de sal de soles

sobre el páramo
                        petrificado de la hoja
silenciarlas ya (asunto de no ser sí y sí)
            y así se queden

brizna de nada en la niebla suspendida


Julio César Aguilar (1972, Ciudad Guzmán, Jalisco, México)


Imagen: literatura.inba.gob.mx