08 marzo 2012

Miguel Gaya


Lo nuestro




1.

Lo salvajes lo ignoraron.
Los griegos también.
Y los nipones y los canacos
y los mixtecas.
Generaciones no lo conocieron.

Así y todo
a mí no me sobra.
A mí me falta.
Tal vez a ellos no
pero yo no puedo
vivir sin tenerlo junto a mí
sin que me acune
su mentira en la noche.


2.

Se esconde.
Lo que sabemos es que no está.
Se esconde.
Se esconde en la espesura
en el placard
en lo profundo de un sótano
que almacena desperdicios
en las tinieblas
de un cuarto cerrado
y que da miedo.
Otra vez y para que se entienda:
No está.
Pero su ausencia dice
que es
y que lo echamos en falta.
Se esconde.
En baúles con sombreros ajados
en el cuarto de planchar
en lo profundo de un chalet cerrado
en un balneario en invierno.
Ahí quedó
mohoso.
Donde no lo hallaremos al volver
porque hemos cambiado.

Junté mis dedos a las puntas de tus dedos
y fue como si dijera
ahora puede volver.
De la electricidad puede surgir.
De la electricidad de tu cuerpo
y de la oscuridad
de las persianas bajas.
En esa hora en que todo se aquieta
y la chicharra manda
y su mentira en la noche
es puesta en evidencia
por la verdad de tu cuerpo
puede volver.

Pero es inútil.
Se esconde
y nos espía
y su mirada nos llena de vergüenza.



3.

Pero es inútil
su mentira en la noche.
No alivia.
Todo tarda
en morir
en disgregarse
en ser molido
por el viento.
Y nada perdura.

Inútil acostarse.
Inútil olvidar.
Inútil acostarse a olvidar.
El viento y la noche y la inmensidad del desierto
no apuran el olvido.
Lo escriben en la piel.  
Tus ojos están acá otra vez.
Sonámbulos.


Miguel Gaya (1953, Ayacucho, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "Lo efímero y otros poemas inestables", Ediciones en Danza, 2009

Imagen: facebook

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