El poema que puede salvar una vida, por Guillermo Piro


En su Autobiografía precoz, el poeta ruso Evgeni Evtuchenko cuenta una historia fascinante. Acababa de publicar su primer libro de poemas y se encontraba en la librería de un amigo, en Moscú. De pronto entró al negocio un hombre apremiado, confundido, nervioso, diciéndole al librero que necesitaba que le recomendara un libro de poemas. Dado que el librero era amigo de Evtuchenko, y dado que Evtuchenko se encontraba ahí, tomó su libro y se lo extendió al sujeto. Este lo hojeó con rapidez, leyó algún que otro poema por la mitad, y se lo devolvió diciendo: “No me sirve: quiero un libro de poemas para regalarle a una mujer que se quiere matar”.
Cuenta Evtuchenko que aquellas palabras lo conmocionaron hasta tal punto que abandonó apesadumbrado la librería de su amigo y se puso a vagar por las calles, hasta que llegado al puente Andréyevski no aguantó más y tiró al río Moscova el adelanto que había recibido por el libro. Opino que un remate así no era necesario, o al menos no me resulta necesario para lo que trato de explicar. Creo que aunque ningún poeta lo manifieste abiertamente, en un lugar muy secreto aspira a que un poema suyo sea capaz de hacer que alguien que está a punto de matarse cambie de idea. Esta afirmación se basa en que es posible ver, y no sólo en Evtuchenko, esos intentos. Creo que todos los grandes poetas lo intentaron, pero no estoy seguro de que sean tantos los que lo hayan logrado. Enrique Molina tiene un poema, Alta marea, donde en cierto modo lo logra, si consideramos que el hecho de demostrarle a alguien la inevitabilidad de las separaciones amorosas, y por lo tanto que la fatalidad siempre fue inevitable, es un modo de devolverlo a la vida.
Robert Desnos lo hizo. Neruda no pudo. Pessoa lo hizo. Michaux también. Wislawa Szymborska... tal vez lo consiguió. Pero no son tantos de todos modos.
Es una aspiración altísima salvar una vida con un poema. Y no hablo de la tontería de Ian McEwan, que en su novela Sábado hace que un malviviente, en vez violar a la hija del protagonista, a lo mejor enternecido porque está embarazada, la obligue a leerle un poema. Pero la astuta muchacha, en vez de leerle un poema propio, le recita uno de Matthew Arnold, lo que conmueve hasta tal punto al agresor que desiste en su intento.
Hay un poema que ilustra claramente la intención y el éxito del que hablo. El poeta se llama Vasco Rossi, el poema se llama Sally. En realidad no es un poeta, sino un rockstar italiano, y el poema en cuestión es una canción que puede escucharse en YouTube. Hasta ahora nunca pensé seriamente en matarme, pero creo que si lo hiciera me recitaría a mí mismo Sally y cambiaría de idea.
Vasco Rossi les cantó mucho al amor, a los deseos y a los sentimientos de las mujeres, de sus expectativas y sus sueños. Ahora acaba de anunciar su decisión de casarse con la mujer con la que ha convivido los últimos 25 años, y lo hizo con poquísimas palabras: “No cambió nada mi idea a propósito del matrimonio, pero llegó el momento de darle a Laura los derechos que merece”.
Hace años que decidí rendirme a los pies de Vasco Rossi. Escribe una poesía usufructuable. No es que crea que esa sea la condición de la poesía, todo lo contrario, pero es tranquilizador saber que sus poemas están ahí esperando el momento de actuar para decirme qué debo sentir, cómo debo proceder, y sobre todo en qué debo evitar pensar.

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Notas

//Un poco de narrativa a los poemas. Nilton Santiago me desintoxica.

//Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER

(fragmento)
Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.