31 de julio de 2012

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Bo Carpelan



El manantial





A distancia, cruzando los campos
se oye, débil pero nítidamente
el manantial de primavera.
Escucho,
me acerco.
Por los bosques estivales,
perfumados de sol y frescor,
suenan los ecos del agua cantarina.
Sigo mi camino,
buscando.
Ya se vislumbra
por entre las copas de los árboles otoñales
el valle donde susurra
el escondido arroyo.
Tengo que descansar.
Como si hubiese nieve en el aire,
como si los pasos fuesen infinitos.
Escucho, estoy cerca.
La voz del manantial, más débil,
continuamente allí,
invisible.





Bo Carpelan (1926, Helsinki / 2011, Spoo, Finladia)

Imagen: 375 Humanistis

28 de julio de 2012

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La histeria de la palabra poética, por Cristian Vitale



                                                                                                               Je suis  caché et je ne le suis pas
(Arthur Rimbaud)

Las palabras nunca son lo mejor para estar desnudos
(Luis Alberto Spinetta)

Poesía eres tú
(Gustavo Adolfo Bécquer)


Como buen maestro que fue, Freud recurrió a la metáfora. Dijo: la histérica es esencialmente dos cosas: puritana y puta. Pero todo a un tiempo. Supo ser más gráfico. La histérica usa ambas manos en simultáneo: con una se levanta la pollera, con la otra se cubre. De haberle dado la cronología, hubiera adjuntado la postal de Marilyn a su reveladora metáfora. Luis Alberto Spinetta también fue metafórico. Dijo inolvidablemente: “las palabras nunca son lo mejor para estar desnudos”. Nunca son lo mejor, pero aspiran a la desnudez. O, siguiendo la imagen de Freud, tienen vocación de putas, pero naturaleza de puritanas. Son, digamos, decentes a fuerza de no poder. La metáfora de la desnudez también la utilizó Tamara Kamenszain: “la poesía es un acto de nudismo”. Claro que fallido. Eso lo sabe ella hasta el cansancio.
     Una vez leí en algún lado un fallo sobre la poesía (con forma de definición) que revelaba: “la poesía es un dolor mal disimulado”. Esta, a diferencia, creo yo, de las anteriores, es ante todo, una toma de posición. Pero también creo que puede ser leída a la luz de la mayor parte de la poesía moderna. Un dolor que se disimula mal. Que se nota. Un dolor que se le ve. Como a Marilyn.
     Estas palabras reunidas, asociadas, me llevan a otra manera más (otra metáfora más) de pensar a la palabra poética. El comportamiento de la poesía es alta, incómodamente histérico. Y hay dos formas de pensarlo. Una histeria es inherente. Por más que quiera, las “palabras de este mundo”, al decir de Pizarnik, no llegan al mundo. Es una patología del lenguaje. Pero más que esa imposibilidad en la que han creído todos los grandes poetas modernos, o quizá por esa fe, la poesía, condicionada o no por su impotencia, se ha comportado histéricamente, redondeando, de Rimbaud para acá.
     Lúbrica y pura, como la luna de Lorca, la palabra muestra y tapa, se asoma y se esconde. Todo a una vez. Esta histeria de la poesía ha creado, como contraparte, un lector con paciente avidez. Al resto lo ha espantado o ha muerto, la poesía, en sus manos. Es un lector que se queda en la superficie (cuando aprende, goza allí) hasta que las palabras le abran un hueco para entrar y entender. El lector moderno casi nunca claudica, casi nunca deja de creer en un sentido, pero ha aprendido a (des)esperarlo. La lectura se hace sinuosa, desesperante. La sabiduría de las palabras está en la promesa, como buena histérica, en dejarse levantar la pollera, como Marilyn, para excitar la esperanza. La contrapartida, por supuesto, es la histeria del lector. Su deseo histérico. Que ya no acepta la prostitución ni la castidad por separadas. Espera a Venus cuando aparece Diana y a Diana cuando aparece Venus. Es el voyeur que espera durante horas que se deslice un bretel pero que no soporta la caída. No la perdona.
     La oscuridad de la poesía nunca es total, más allá del proyecto del poeta. La función poética, pensado en términos lingüísticos, no se hace con una mano sola, como pensaba Jackobson. La palabra les juega una mala pasada tanto a los que reniegan de su sentido como a quienes le creen sin sospechas. La palabra poética es un escarnio para creyentes y agnósticos. Sus dos caras no se despegan. No se niegan. No se contradicen. Nunca es la mejor manera de estar desnudos. Tampoco es la mejor manera de estar vestidos. Es como una moneda que rueda de canto pero que va tropezando y a veces es cara y a veces es seca. El lector ha aprendido que nunca cae. Y si cae pierde el poema.
     Los dos extremos se han intentado. No creo que ninguno haya sido feliz. Ni siquiera creo que, bien entendido, hayan sido posibles. (El surrealismo no ha creado un solo poema bueno pero sí, significativamente, centenares de buenos poetas) Desde Rimbaud la poesía viene queriendo decir algo. Que no lo diga, primero es una impotencia, luego una sensualidad necesaria. Sospecho que quiere decir algo muy importante porque si no ya lo hubiera dicho. La trivialidad es un camino accesible para el lenguaje. También sospecho que no quiere decir nada muy importante porque si no ya hubiera desistido. O bien porque ya entendió, como Cernuda, que “detrás del fondo no hay fondo”. O lo que hay no es nada del otro mundo. Como Marilyn.    

De: http://alprincipiofuelaurgencia.blogspot.com.ar/2011/03/la-histeria-de-la-palabra-poetica.html


Imagen: descargapeliculas2com

26 de julio de 2012

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Osvaldo Bossi



La marea de la noche, otra vez




La marea de la noche,  otra vez
vendrá y se llevará todo, o casi todo.
Mientras tanto, debo pensar en mi red
como si fuera un pescador experto
el instante fugitivo.
                                  Lo hago.
Apoyado contra la mesa del bar
espero a que él defina, una vez más
el golpe que dará la bola blanca
contra la bola rayada,
con ese efecto calculado – especie de rotación
y traslación, que determinará el impacto
de una esfera contra la otra,
del que yo tomo mis primeras lecciones.
Acerca el taco, afila
el ojo, el cuerpo apenas inclinado
hacia adelante, me dice cómo va a ser
el golpe, y el golpe se produce
efectivamente en la realidad:
                                                      seco, preciso.

Cada tanto, un bufido tenue
sale de sus labios. El bar se inclina. La muchacha
trae la cerveza y dos vasos.
Yo voy guardando todo, o casi todo
en la recámara de mi corazón.
El se sonríe, vuelve a inclinarse y a golpear.
Pasa un auto. Grazna un pájaro
en lo profundo de la noche.

                                                           Él se acerca
y llena hasta el borde
los vasos de cerveza. La espuma
es traicionera, dice. Y luego, más calmo:
Alguien llora por mí.

Después se acerca. Acerca su vaso
contra el mío, y delicadamente lo choca. La recámara
que lo ha guardado todo (o casi todo)
se cierra.
                 Él me mira y se sonríe, de tal forma
que todos sus enemigos
y  todos mis enemigos
se ríen también con nosotros,
y deponiendo definitivamente su actitud
dan un paso atrás.

Luego, un poco atontados
por la alegría del alcohol y el amor
que él y yo nos tenemos
salimos a la noche, a la calle
desierta. Sin consultarnos nada,
de memoria. Caminamos
hasta el hotel que está a unas pocas cuadras
de ahí.
               Él saca un cigarrillo, el último. Lo enciende,
lo fumamos a medias. No importa
si hace frío o si hace calor, muy juntos
caminamos toda la noche, como dos chicos solitarios
sobre la superficie de la luna.




No deberías irte y desaparecer así





No deberías irte y desaparecer así,
sin una despedida.
                                  Qué importa
si nos caemos como dos borrachos
en el peor de los patetismos.
Yo quiero una despedida como la gente.
Necesito llorar a mares. Decir
primero que no entiendo nada de todo esto
y luego, ante la inminencia de la separación
aceptar que caiga otra vez
desde el cielo, ese rayo
                                           esa cortina de agua
que no cesa, diciéndole a los cuatro vientos:
Dios mío, ya no nos veremos más.

Y  llevarte después por la calle
en el pecho, en las mano (un poco transpiradas)
tironeando con fuerza una balsa pequeña
pero sumamente fatigosa y antigua
hasta el otro lado del río,
mientras una manada de cocodrilos
espera su puñadito de comida.

Soy un muchacho comprensivo.
Mi escena se desarrollaría en el interior
de un paisaje blindado
Y nadie, nunca, se daría cuenta de nada,
pero por favor: no desaparezcas de mi vida
como la otra noche.
Ya sé que somos aire, sueño, fantasmas
y que ningún ritual, por estúpido
o maravilloso que sea, podrá cambiar esto.
No importa, sólo quiero abrazarte por última vez
y luego atenerme a las consecuencias. O pensar
como lo haría cualquier otro
en esas circunstancias, en dormir o morir.
                                                                            Sólo eso.
Y decido después, inclusive, en voz alta
como si estuviera por fin adentro
de una relampagueante tragedia isabelina.





Osvaldo Bossi (1963, Ciudadela, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: " Ni la noche ni el frío", textosintrusos, 2012

Imagen: ciudadanos-web.com.ar 





25 de julio de 2012

23 de julio de 2012

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Marcelo Leites


Poeta Marcelo Leites




















Moebius





Y ahora el sonido de las olas llega
en forma de relente desde la árida
superficie de la roca en la que
se ignora si alguna vez hubo
un sonido de olas y una mujer
acostada sobre la arena insistente
zumba sin embargo como una mosca y trae
olor de té helado y dos labios
pegados a las tazas y líquido amarillo
que entra a la garganta lentamente
mientras la arena ya no es arena
y el sonido de las olas llega sólo
después en forma de relente
a otra playa a esta noche
y no se sabe si ocurrió algo
o si las olas son imaginarias a la distancia
donde una mujer todavía espera
acostada en la arena y la taza de té
sube amarillo hasta su garganta
y no hay nadie con ella salvo el sabor húmedo
que vuelve como una sombra que no termina
de sacarse, de encima y la roca deja lugar
al corazón del hombre del que se ignora todo
salvo que alguna vez estuvo no se sabe si estuvo
en una playa no se sabe si imaginaria
donde el sonido de las olas en forma de relente
llegaba después a su memoria
y la mujer en la arena se delineaba
en otro espacio donde el desierto
habrá tenido lugar





Marcelo Leites (1963, Concordia, Provincia de Entre Ríos, Argentina)
De: 
Ruido de fondo, Trópico Sur, Asunción, Paraguay, 2001

Imagen: autoresdeconcordia.com.ar



21 de julio de 2012

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Bernard Noël


1.






y ahora el que habla ha cerrado la puerta al devenir
ser pobre dice lo he sido lo seré toda la vida
el mundo tal como va se para un momento al borde de lo que esconde
la esperanza es de siempre la lengua podrida de lo aceptable
su vieja descomposición apesta de pronto en la garganta
no hay excusa para el mantenimiento del desamparo
pero todo contribuye en la moral y la ley a la justicia
se siente eso llega luego la mirada loca de quien vio la muerte
entonces se busca en torno la vida por debajo de la vida
cuando el mundo era un poco más joven bastaba levantar el puño
el porvenir se ponía a cantar al fondo de la bella ilusión
todos tienen miedo ahora de perder lo que ya han perdido
mientras a cada uno el deseo de seguridad le mete en la cabeza
una soledad ávida de lo mismo que la hace insaciable
el vínculo social de donde su desdicha podría sacar el único descanso
los vivos a diferencia de los muertos no pueden revivir
el serrín de su conciencia les llena de polvo el pensamiento


Bernard Noël (1930, Sainte-Geneviève-sur-Argence, Francia)

Imagen: Foto M. Durigneux en escalbibli.blogspot.com

18 de julio de 2012

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Homero Aridjis




A veces uno toca el cuerpo





A veces uno toca un cuerpo y lo despierta
por él pasamos la noche que se abre
la pulsación sensible de los brazos marinos


y como al mar lo amamos
como a un canto desnudo
como al solo verano


Le decimos luz como se dice ahora
le decimos ayer y otras partes


lo llenamos de cuerpos y de cuerpos
de gaviotas que son nuestras gaviotas


Lo vamos escalando punta a punta
con orillas y techos y aldabas


con hoteles y cauces y memorias
y paisajes y tiempo y asteroides


Lo colmamos de nosotros y de alma
de collares de islas y de alma


Lo sentimos vivir y cotidiano
lo sentimos hermoso pero sombra






Es tu nombre y es también octubre





Es tu nombre y es también octubre
es el diván y tus ungüentos
es ella tú la joven de las turbaciones
y son las palomas en vuelos secretos
y el último escalón de la torre
y es la amada acechando el amor en antemuros
y es lo dable en cada movimiento y los objetos
y son los pabellones
y el no estar del todo en una acción
y es el Cantar de los cantares
y es el amor que te ama
y es un resumen de vigilia
de vigilancia sola al borde de la noche
al borde del soñador y los insomnios
y también es abril y noviembre
y los disturbios interiores de agosto
y es tu desnudez
que absorbe la luz de los espejos
y es tu capacidad de trigo
de hacerte mirar en las cosas
y eres tú y soy yo
y es un caminarte en círculo
dar a tus hechos dimensión de arco
y a solas con tu impulso decirte la palabra


Homero Aridjis (1940, Contepec, México)
De: Artepoetica

Imagen: csmonitor.com

15 de julio de 2012

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Euler Granda


Euler Granda
Mía





Oh rota,
oh carcamal,
recontra mía,
hasta cuando no pueda más;
hasta la cacha mía;
en las malas y en las peores
pegada a mí,
a mí adherida;
pereciente ventosa,
liquen,
jarro viejo,
queloide,
que a veces da vergüenza acostarse
contigo.
Como los que no pisan en el suelo
yo renegué de ti,
yo te mandé a comer en la cocina;
al virar las esquinas te pateaba
pero tú me seguías;
para dejarte atrás
me ponía a volar
pero tú me seguías;
me emborrachaba y vomitaba
pero tú me seguías
y cuando me quitaba la peluca
de las buenas costumbres
y me tiraba de cabeza en el silencio
al lado me gemías como un perro.
Tú me comprendes,
las mujeres a veces,
te echaba a que durmieras en la calle,
me escondía de ti, pero tú me seguías
y hasta hubo un momento
que llegué a creerme demasiado bueno
para ti,
pero igual me seguías.
Oh! miísima,
oh! contrahecha,
oh! patoja,
oh! tuerta,
oh! desdentada,
bacinilla de perro,
oh! vida sarnosamente mía,
he regresado a ti
hasta que llegue el día
en que no puedas soportarme.






Érase lo que se era


"Gringo:

El odio engendra odio.

Los monstruos paren monstruos." 

(Grafito)


Entre latas doradas,
Mc Donalds,
Soles de chicle,
Halloweens de plástico,
Entre telas de araña
Del FBI, la CIA,
Capuchas Ku Kux Klanes,
En un país que diluviaba Coca Cola,
Erase que se era
Una bestia bermeja
Un engendro hocicudo,
Una hidra genocida
Que destripaba flores,
Babeaba libertad y democracia
Y a punta de masacres
Se devoraba al mundo,
Hasta que un día vino un ángel
En forma de mosquito
Y le tumbó los cachos.
Era de ver
Cómo rodaron por la tierra
Esos sanguinolentos fetiches del abuso.
Era de ver cómo se desataron
Las furias del averno
Cómo sus coletazos y bramidos
Estremecían al planeta;
Pero nada había que hacer,
Con sus Supermanes, sus Mujeres maravilla,
Sus Batamans, sus Guasones,

La gran bestia quedó preñada de la muerte.






Euler Granda (1935, Ríobamba, Ecuador)


Imagen: dicciondesnuda.blogspot.com



12 de julio de 2012

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Fernando G. Toledo



Hotel alejamiento





Es la mañana
Y una cuerda
Puede estar ahora
Quebrándose
«Estamos hechos para ser mudos» decís
Y mientras termina de tenderse el adiós
Llora cada uno en su silencio
Como si quisiéramos entender la luna
Como si fuéramos a acompañar esta lluvia
O como si dejáramos volcarse
En la arena de un desierto
El vaso de nuestra sed.



9





40 watts de luz
Y una ventana que da a la noche
Música involuntaria de los autos
Lámparas que se secan
Y el sueño a modo
De intervalo
Entre el día perdido
Y el día que está por perderse.



10/Ventana





Frota el viento a la Tierra
Como a la lámpara de Aladino
Todo es en vano:
Arriba está el cielo
Abajo no hay un mísero deseo cumplido.



Fernando G.Toledo (1974, San Martín, Provincia de Mendoza, Argentina)

10 de julio de 2012

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Víctor Botas


La Venganza 






Ponerte un nombre: Dafne, Isis, Diosa, 
o simplemente Nadie, como Ulises. 
Nadie o Nada. O tal vez. Y convertirte 
en sólo una ficción –en nada menos 
que una ficción sin muerte-, un alto espectro 
que agita su melena, frunce el ceño, 
congrega la belleza en esos ojos, 
y se escapa de mí como la corza 
del cazador, bajo la plata antigua 
de la celeste luna de los bosques, 
mientras la noche teje delicadas 
rosas de sangre que en la sombra abren 
sus pétalos, y mueren en tu pelo. 
Bien lo sé, es mi destino: urdir fantasmas, 
temblorosos perfiles, formas huecas, 
curiosos arabescos que aquí dejo 
sorprendidos, clavados en la hoja. 
Y también estar solo. Estar muy solo. 
Rodeado de hidras, voces, lenguas 
Que enloquecidas corren por mi cuarto, 
Furtivas y temibles, como ratas. 
Pero yo aún sé vengarme: un diacepán, 
y se van todas juntas a hacer gárgaras.



Víctor Botas (1945 / 1994, Oviedo, España) 
De: Atlas de poesía

Imagen: sitola.blogspot.com

7 de julio de 2012

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Jorge Leónidas Escudero



















Tal cual






Me veo en esa foto jovencito
en campo de San Juan, estoy sentao
en un carro sin ruedas. Parece
que me siento feliz.

Me cuelga de la boca provocativamente
un cigarrillo que dice mírenlo a este,
se hace el triunfador y veremos después
qué va a pasar con él.

Joven amigo,
me da alegría verte y que hayas venido
a visitarme. Ya sé,
quisieras saber qué hago hoy, y sí,
anduve tras el rastro de algo maravilloso
pero igual que vos
me quedé sentao en un carro sin ruedas.









Hacer el no hacer







Por ahí doy en la tecla
pero no soy yo el que la pega,
es un ser escondido en mi que actúa
sin que se me ocurra mover un dedo.

Soy el testigo nada más de eso, o sea
estuve esperando sucediera
sin saber cuándo
y de repente la sorpresa me agarró de alivio.

El viejo Krishnamurti
creo que llamó a eso “darse cuenta”
quedarse uno con la boca abierta
ante repentina claridá.

Claro qu´es lindo, y si te sucede a vos
no vayás a creerte que sos especial,
sos de aquí no más, común,
pero viste una chispa en tu cielo nocturno




Jorge Leónidas Escudero (1920 / 2016, San Juan, Provincia de San Juan)

5 de julio de 2012

3 de julio de 2012

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El bar de Folies Bergere, de Edoaurd Manet



El Folies-Bergère era uno de los cafés-concierto parisienses de finales del siglo XIX. A ellos acudía gente de todas las clases sociales a comer y beber, a divertirse y, sobre todo, a ver y ser visto. Las botellas de la barra así lo indican: al lado del champán, bebida de la alta sociedad y de la gente adinerada, hay una botella de cerveza inglesa Bass -identificable por el triángulo rojo de la etiqueta-, asociada a las clases populares. El mundo retratado por Manet en esta pintura es el mismo que aparece en novelas de Emile Zola, como Nana.
La composición del cuadro es una estructura centrada por la camarera Suzon, inmersa en sus pensamientos, ensimismada; a su izquierda se apiñan los clientes y la derecha lo ocupan lo que parece ser el reflejo de Suzon hablando con un cliente. La platea reflejada en el espejo forma una franja horizontal que divide en dos el cuadro. La barra y su reflejo definen también otras líneas horizontales. Suzon y las botellas actúan como elemento de unión de estas franjas compositivas. A la izquierda usa el espejo y las botellas para ampliar el espacio, en cambio, a la derecha, los usa para limitarlo.
La mujer que mira a través de los gemelos no está identificada, pero simboliza a una sociedad en que lo más importante es ver y dejarse ver. La mujer de blanco en el extremo izquierdo de la platea es una amiga de Manet, Mary Laurent, y la que está detrás es Jeanne Demarsy, otra amiga.
En el ángulo superior izquierdo se advierten las medias rosas y los zapatos verdes de un acróbata que ameniza la velada del café-concierto. Pero nadie, y Suzon la que menos, parece interesado; la presencia del acróbata sólo sirve para acentuar el aire melancólico de la camarera.
Una marcada línea vertical recorre la cara y el vestido de Suzon, como un eje de simetría. Las dos rosas que tiene delante sirven para resaltar las flores que lleva prendidas en el corpiño. A la derecha aparece reflejada la camarera hablando con un hombre; se trata de Gaston Latouche, un colega a quien Manet pidió que le sirviera de modelo. La imagen parece más metafórica que real, puesto que el reflejo de Suzon no debería aparecer en esta posición y, además, su postura no coincide con la de la mirada ausente. Quizás se trate de la conversación que Suzon mantuvo unos minutos antes y sobre la que ahora reflexiona, o acaso la que desea tener con alguien que la aparte de la monótona vida de camarera. A subrayar el vestido negro de Suzon (en claro contraste con los impresionistas que lo excluían de su paleta), uno de los "colores" más difíciles de manipular.
Manet pinta un lugar que conoce bien y donde se siente como en casa; prefiere el bullicio y el trajín de la gran capital, al ritmo de vida más sosegado del campo. Sabe captar la brillantez de la iluminación eléctrica y repite, en los delicados encajes de las mangas y el cuello del vestido de la camarera, la araña de cristal reflejada a sus espaldas.
 
 

De: http://www.lasalle.es/santanderapuntes/arte/siglo_xix/pintura/impresionismo/manet_el_bar_de_folies_bergere.htm

1 de julio de 2012

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Manuel Juliá


Ya no hay viento




Hace mucho que no nos miramos a los ojos
o nos sentamos juntos en un banco
y comentamos que ya no hay viento,
que estamos al final pero algo puede ser un comienzo,
hace mucho que ya no me abrigas
en una noche fresca que aguanta sus luces todavía,
que suelta un vapor de nicotina y niebla
y me siento como un pájaro desnudo
o como un pobre cachorro de sombra futura
que se hiere con las voces lejanas,
y ya no hay viento,
el día se queda sin poderse mover, preguntándose
por qué nadie sabe la hora de irse de la vida
o de salir al aire después de morir un rato
con el latido de tus cabellos en mis manos,
hace mucho que no nos sentamos
sobre un banco que tengo escondido en la maleza
de un jardín construido con el viento de las arañas
y la luz de las heridas del vacío
ya se está olvidando de nosotros,
hace mucho que no hablamos de tú a tú, como amigos
que desconocen que el futuro está en el pasado
y que el amor en sus labios
sigue existiendo sin que sus labios lo nombren.

Manuel Juliá (1954, Puertollano, España)

Imagen: españaoriginal.com