Cosas en la luz nomás, por Osvaldo Picardo

Hay una repetida anécdota de Mallarmé con Debussy sobre la música y las palabras. La recordaba, entre mucho otros, Buñuel cuando debía explicar sus adaptaciones al cine de la obra de Galdós. El músico invitó, una tarde, al poeta para hacerle escuchar “La siesta del Fauno”, poema de Mallarmé que él había convertido en un innovador preludio. El poeta oyó en un silencio abismado. Cuando Debussy terminó, se dio vuelta para preguntarle qué le parecía; el poeta, como única respuesta, lo apuñaló con la famosa frase “el poema tiene su propia música”. También hay otra versión que cuenta o inventa Piglia, en Crítica y Ficción, pero esta vez, entre el autor de “Un golpe de dados” y Gauguin. El pintor le comenta que tiene algunas ideas para hacer una novela y Mallarmé le dice, con el mismo certero puñal, que el problema es que las novelas no se escriben con ideas, sino con palabras. Sin importar las variantes, tenemos una constante inconciliable para unos, y natural para otros: idea y poema, música y palabra son matrimonios que no siempre se llevan bien; se casan, tienen hijos y entenados, se pelean, se engañan, se separan y se vuelven a encontrar. Y esto pasa desde los más oscuros presocráticos hasta nuestros tiempos hipertecnológicos. Pero la poesía, la música y las artes tienen en común el rastro de una presencia anterior a la conciencia y a la racionalidad contemporánea. Vestigios de asombro y terror, de silencios y gritos, en un improbable y enigmático origen que ha sido traducido millones de veces a la gramática y al repertorio simbólico de la cultura. Detrás, no se ha borrado aún el ruido de fondo, como el que escuchan los astrofísicos y donde creen ver los indicadores del origen del universo. Ese ruido de derrumbe babélico aparece y se articula de infinitas maneras. Estos últimos días, fue la obra poética de Daniel Freidemberg la que me refrescó no sólo la conflictiva relación entre pensamiento y poesía, sino primordialmente, esas sorpresas por las cuales, sin esperar ni conocer lo que escuchamos, sentimos que algo hay ahí, en lo que dice el poema, y eso viene de muy atrás. Freidemberg llegó invitado a la Feriadel Libro de Mar del Plata y leyó en dos ocasiones: el primer día, al público en general, y al día siguiente, en un salón desbordado de alumnos y talleristas de colegios de la ciudad y la zona. La antología Sonidos de una fiesta ajena (Ruinas circulares, 2012) fue de algún modo, el mejor pretexto para revisar sus últimos libros publicados desde Diario en la crisis de 1986, hasta En la resaca de 2007. Además, la edición reproduce el comentario que Nicolás Rosa le escribiera a Lo espeso real en 1997, donde lo propone como “un poeta de la brevedad metafísica de lo real”. Daniel Freidemberg nació en Resistencia, en 1945, y se recibió de maestro en esta ciudad de Mar del Plata o, mejor dicho, en la que él conoció hace años. Luego volvió al Chaco donde enseñó en una escuelita de La Sabanay fue descubriendo ese otro fondo del lenguaje en que las palabras son una fiesta del sentido. Fue entonces en que desembarcó en Buenos Aires y participó del taller literario de Mario Jorge De Lellis. En 1981, la editorial El Escarabajo de Oro publicó la antología Lugar común, con un prólogo de Santiago Kovadloff, donde se congregaba, incluido Freidemberg, a algunos poetas representativos de los 70, como Guillermo Boido, Irene Gruss, Tamara Kamenszain y Jorge Aulicino quien todavía firmaba como Jorge Ricardo. Unos años después y hasta 2005 integró el Consejo de Dirección de Diario de Poesía que dominó la estética de buena parte de la escritura de una época y una región: Buenos Aires. Durante muchos de esos años, con constancia sarmientina escribió importantes trabajos críticos y ensayísticos además de una veintena de antologías. Ese lado más conocido de su obra aparece hoy, de relieve, como una verdadera labor docente, cuyos resultados son citados en cuanto estudio o investigación se realiza sobre poesía contemporánea argentina.  


Menos conocida, y no menos importante, su obra poética responde a la geografía de la búsqueda, borrones y tachaduras en el mapa de la escritura del 60, donde las voces de Gelman pero también Giannuzzi y Leónidas Lamborghini, marcaron el tono y la apuesta de un lenguaje distinto en el subsistente concierto neorromántico y surrealista. Esa búsqueda en que se reúne la exhaustiva lectura de viejos poemas y la visión sesgada, “desde el lugar de donde (el lenguaje) no era visto habitualmente”, aborda la realidad cotidiana o la tuerce, evitando la pretensión lírica y subjetiva. Lo poético resulta, entonces, un procedimiento en que el montaje del texto, los silencios y sus ecos producen extrañeza y perplejidad ante el problema del conocimiento de lo real. En alguna medida, es esta la razón de una escritura en que se dan varias versiones de un mismo poema, como tentando el terreno movedizo del conocimiento de una realidad que se evapora con el lenguaje. Desafía esa singularidad del “texto definitivo” de la poesía tradicional, haciendo de lo inacabado un signo de la misma realidad. Hay ideas en estos poemas pero que no están enunciadas del todo. Apenas hay alguna insistente interrogación, porque en el fondo le inquieta mostrar lo que no tiene respuesta, en lugar de mostrar lo inefable. Pregunta por ejemplo: “¿Y entonces qué habla por esta boca, la muerte?/ ¿Qué sobreimprime al sol esa palabra “sol”...?” La incertidumbre juega con lo categórico del lenguaje y deja ver los resquicios entre palabra y cosa. Pero va más lejos: “Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma?/ Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada”. En todo eso, no hay afirmaciones contundentes sino una sensación de lenguaje gastado que necesita ser pensado de nuevo. En las palabras como en la física de partículas, existe materia y antimateria. Existe la construcción y la aniquilación. El lenguaje ha hospedado la ética de Sócrates, las parábolas de Cristo, el arpa de Bécquer y la amistad de Juan L. Ortiz, pero en esa misma energía también está la monstruosidad de un Videla y la perplejidad de Babel derrumbada. La lectura de Sonidos de una fiesta ajena me fue procurando la imagen de un autor en el instante mismo de la escritura, aunque ese instante se haya escapado con los años. Lo veía escribiendo y borrando, tachando y preguntando por el verso o la frase que debía poner, haciendo sonar las palabras para oír su música, rectificando y probando una y otra variante. Un proceso en que pensar y pesar las palabras se vuelven una poética. Por eso, una pregunta al final de esa antología de Freidemberg tantea, entre versión y versión, su respuesta: “¿Cómo resacas que dejó el mar del tiempo, las cosas? No, cosas en la luz nomás”. 

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