Marcelo Carnero

Fuente: www.123people.es


Una vez tuve una hermana roja.
Una vez bellísima de papel de fuego.
Las almendras de sus ojos eran
desconsoladas frutas para ir.
Frente al espejo, yo peinaba su larga cabellera de murciélago fresco.
Los crespones morados de la seda del vino, no podían otra cosa que alumbrarnos.
Los racimos de plata de los ojos del búho, no podían otra cosa que alumbrarnos.
El miedo no podía.
Cuando se fue,
no te preocupes, dijo,
va a pasar este tiempo y el siguiente.
Una noche, despierto
porque una mano helada te tire de las piernas,
vas a saber mi muerte.
Lo último que hicimos fue no hablar de recuerdos. Tratar de no decir la palabra verano
y dejarnos morar por la tristeza.
Después saber el mundo
y el dolor
como un solo camino para todas las cosas
o la música rota de no poder volver.





// 





Le temo a los ciegos, porque miran las cosas para adentro.
Con una leve magia de los dedos
descubren al instante cómo se llama el mundo.
Una vez
de tanto ver el sol quedamos ciegos 
yo y mi hermana. 
Cada vez que acertábamos el nombre de una cosa
los parpados brillaban como rayos o conejos.
Cómo nos divertimos
escondidos de todo
a plena luz del día.
Duró poco la gracia.
Mi madre nos deshizo la ceguera con una componenda de ajo y huevo.
Extraño esos días, en que los ojos no eran extenuados dadores de belleza
y como en el amor, si no hay forma de dar con la mirada, el mundo es una piedra.
Le temo a los ciegos
porque no pueden saber
que los asusto.
Canto el tiempo de mis aparecidos.
Trepan por los vidrios, caen de los árboles,
son pelusitas,
son panaderos.
Mientras lloramos y nuestras voces se abrazan con el vino,  cantan con nosotros.   
A veces los miramos sin sentido
y la vida es tan triste cuando no sabemos.
Nos quedamos temblando en ese rastro de invierno tras sus pasos.
Y ellos,
pacientes como todo espejo,
se agitan en la sangre de lo que no crece. 
A veces alguien entra a una casa y encuentra uno sentado a la mesa.
Entonces lo lleva hasta la puerta, le besa la frente, le encarga saludos para el viaje y lo sopla
pidiendo tres deseos.
Y ellos, con algún dejo de tristeza,
bajan por el aire de la calle, se pierden para siempre.




//





Canto el tiempo de mis aparecidos.
Trepan por los vidrios, caen de los árboles,
son pelusitas,
son panaderos.
Mientras lloramos y nuestras voces se abrazan con el vino,  cantan con nosotros.   
A veces los miramos sin sentido
y la vida es tan triste cuando no sabemos.
Nos quedamos temblando en ese rastro de invierno tras sus pasos.
Y ellos,
pacientes como todo espejo,
se agitan en la sangre de lo que no crece. 
A veces alguien entra a una casa y encuentra uno sentado a la mesa.
Entonces lo lleva hasta la puerta, le besa la frente, le encarga saludos para el viaje y lo sopla
pidiendo tres deseos.
Y ellos, con algún dejo de tristeza,
bajan por el aire de la calle, se pierden para siempre.


Marcelo Carnero (1978, Buenos Aires, Argentina) 

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.