28 marzo 2013

Giuseppe Ungaretti

Fuente:casadellibro.com
La piedad





Soy un hombre herido.
y yo quisiera irme
y llegar finalmente, piedad,
a donde se escucha
al hombre que está sólo consigo.

No tengo más que soberbia y bondad.

Y me siento exilado en medio de los hombres.

Mas por ellos estoy en pena.
¿No sería digno de volver a mí?
He poblado de nombres el silencio.

¿He hecho pedazos corazón y mente
para caer en servidumbre de palabras?
Reino sobre fantasmas.
Hojas secas,
alma llevada aquí y allá...

No, odio el viento y su voz
de bestia inmemorable.

Dios, ¿aquéllos que te imploran
no te conocen más que de nombre?

Me has arrojado de la vida:
¿me arrojarás de la muerte?

Quizá el hombre también es indigno de esperanza.

¿Hasta la fuente del remordimiento está seca?
El pecado, qué importa
si ya no conduce a la pureza.

La carne apenas recuerda
que tuvo fuerza una vez.

Loca y gastada está el alma.
Dios mira nuestra debilidad.

Queremos una certeza.
¿Ya ni siquiera te ríes de nosotros?
Compadecenos entonces, crueldad.

No puedo seguir amurallado
en el deseo sin amor .
Muéstranos una huella de justicia.
Tu ley, ¿cuál es?

Fulmina mis pobres emociones,
libérame de la inquietud.

Estoy cansado de gritar sin voz.


Giuseppe Ungaretti (1888, Alejandría, Egipto / 1970, Milán, Italia)

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