18 mayo 2013

Marina Kohon traduce a Louise Glück

Fuente: payingattentiontothesky.com

Un jardín de verano






Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre
sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo.
El sol brillaba. Los perros
estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también,
calmo y estático como en todas las fotografías.
Saqué el polvillo del rostro de mi madre.
Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente
confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia.
En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos.
El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron.
Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras.
El verano llegó. Los niños
se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras
se fundían con los sombras de las rosas.
Una palabra vino a mi cabeza, nombrando
este movimiento y cambio, estos borrones
que ahora eran obvios-
Aparecía y rápidamente desaparecía.
¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?
El verano llegó, luego el otoño. Las hojas cambiando,
los niños, puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.





2





Cuando me recuperé un poco de esos acontecimientos,
coloqué la foto como la había encontrado
entre las páginas de un antiguo libro,
muchas de sus partes habían sido escritas
en los márgenes, algunas veces en palabras, pero más a menudo
en vivaces preguntas y exclamaciones
que significaban “estoy de acuerdo” o “me siento inseguro, confundido-”,
La tinta se desvanecía. Aquí y allá no podía decir
qué pensamientos le venían al lector
pero a través de las manchas como moretones podía sentir
la urgencia, como si hubieran caído lágrimas.
Tomé el libro por un tiempo
era Muerte en Venecia (traducido)
Había anotado la página en caso de que, como creía Freud,
nada fuera un accidente.
Así la pequeña fotografía
fue enterrada otra vez, como el pasado es enterrado en el futuro.
En el margen había dos palabras,
unidas por una flecha: “esterilidad” y más abajo “olvido”-
“y a él le pareció que el pálido y adorable
convocante allí afuera, le sonreía y llamaba con un gesto”





3





Qué quieto está el jardín.
Ninguna brisa ondula el cerezo silvestre;
el verano ha llegado.
Qué quieto está
ahora que la vida ha triunfado. Las rústicas
columnas de los sicomoros
soportan los inmóviles
estantes de follaje,
el césped debajo
frondoso, iridiscente-
Y en el medio del cielo,
el dios presuntuoso.
Las cosas son, él dice. Son, no cambian;
la respuesta no cambia.
Qué silencioso está, tanto el escenario
como el público, el respirar
parece una intromisión.
Él debe estar muy cerca;
no hay sombras en el pasto.
Qué quieto está, qué silencioso,
como una tarde en Pompei.





4





Beatrice llevó a los niños al parque en Cedarhurst.
El sol brillaba. Aviones
pasaban una y otra vez por encima, pacíficos, porque la guerra había terminado.
Era el mundo de su imaginación;
lo verdadero o falso no tenía importancia.
Recién lustrado y brillante-
así era el mundo. El polvillo
no había irrumpido aún sobre la superficie de las cosas.
Los aviones pasaban, una y otra vez, con rumbo
a Roma y a París- no podías llegar allí
a menos que volaras por sobre el parque. Todo
debe atravesarlo, nada puede detenerse-
Los chicos se daban las manos, se inclinaban
para oler las rosas.
Tenían cinco y siete años.
Infinito, infinito-esa
era su percepción del tiempo.
Ella se sentó en un banco, un poco escondida entre los robles.
A lo lejos, el miedo se aproximaba y partía;
de la estación de trenes venía su sonido.
El cielo era rosa y naranja, más viejo porque el día había terminado.
No había viento. El día
proyectaba sombras de roble sobre el pasto verde.





Louise Glück (1943, New York, Estado Unidos de Norteamérica)

Traducción: Marina Kohon


A Summer Garden


BY LOUISE GLÜCK


1
Several weeks ago I discovered a photograph of my mother
sitting in the sun, her face flushed as with achievement or triumph.
The sun was shining. The dogs
were sleeping at her feet where time was also sleeping,
calm and unmoving as in all photographs.
I wiped the dust from my mother’s face.
Indeed, dust covered everything; it seemed to me the persistent
haze of nostalgia that protects all relics of childhood.
In the background, an assortment of park furniture, trees and shrubbery.
The sun moved lower in the sky, the shadows lengthened and darkened.
The more dust I removed, the more these shadows grew.
Summer arrived. The children
leaned over the rose border, their shadows
merging with the shadows of the roses.
A word came into my head, referring
to this shifting and changing, these erasures
that were now obvious—
it appeared, and as quickly vanished.
Was it blindness or darkness, peril, confusion?
Summer arrived, then autumn. The leaves turning,
the children bright spots in a mash of bronze and sienna.
2
When I had recovered somewhat from these events,
I replaced the photograph as I had found it
between the pages of an ancient paperback,
many parts of which had been
annotated in the margins, sometimes in words but more often
in spirited questions and exclamations
meaning “I agree” or “I’m unsure, puzzled—”
The ink was faded. Here and there I couldn’t tell
what thoughts occurred to the reader
but through the bruise-like blotches I could sense
urgency, as though tears had fallen.
I held the book awhile.
It was Death in Venice (in translation);
I had noted the page in case, as Freud believed,
nothing is an accident.
Thus the little photograph
was buried again, as the past is buried in the future.
In the margin there were two words,
linked by an arrow: “sterility” and, down the page, “oblivion”—
“And it seemed to him the pale and lovely
summoner out there smiled at him and beckoned...”
3
How quiet the garden is;
no breeze ruffles the Cornelian cherry.
Summer has come.
How quiet it is
now that life has triumphed. The rough
pillars of the sycamores
support the immobile
shelves of the foliage,
the lawn beneath
lush, iridescent—
And in the middle of the sky,
the immodest god.
Things are, he says. They are, they do not change;
response does not change.
How hushed it is, the stage
as well as the audience; it seems
breathing is an intrusion.
He must be very close,
the grass is shadowless.
How quiet it is, how silent,
like an afternoon in Pompeii.
4
Beatrice took the children to the park in Cedarhurst.
The sun was shining. Airplanes
passed back and forth overhead, peaceful because the war was over.
It was the world of her imagination:
true and false were of no importance.
Freshly polished and glittering—
that was the world. Dust
had not yet erupted on the surface of things.
The planes passed back and forth, bound
for Rome and Paris—you couldn’t get there
unless you flew over the park. Everything
must pass through, nothing can stop—
The children held hands, leaning
to smell the roses.
They were five and seven.
Infinite, infinite—that
was her perception of time.
She sat on a bench, somewhat hidden by oak trees.
Far away, fear approached and departed;
from the train station came the sound it made.
The sky was pink and orange, older because the day was over.
There was no wind. The summer day
cast oak-shaped shadows on the green grass.


Source: Poetry (January 2012).

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