Raúl Artola, poemas inéditos


Esta noche he llorado por una soledad de treinta años. Nunca recé a ningún dios para que cesara en su castigo. Es más, llegué a amar ese castigo. Esa soledad era mi fortaleza. Dije "mi casa soy yo".
Ahora estoy desnudo, en el mayor desamparo. Deambulo, abro cuando hay cerrar, guardo vasos vacíos en la heladera, la gata no me reconoce (creo que hay momentos en que ladra), Nina Simone canta para vos. Y me pregunto quién soy, cómo me llamo y dónde queda mi casa.



***



Me llaman todas las mañanas desde la cárcel. No necesito despertador, porque el teléfono es sistemático y puntual. Siempre preguntan lo mismo: si he planeado escapar y cuándo decido mudarme con ellos.
Como mis respuestas negativas también son invariables, estoy seguro de que al día siguiente volverán a llamar. Aunque no tengo necesidad de levantarme muy temprano en este paraje solitario donde cultivo la única huerta y alimento animales que crío para mi sustento.



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Lo que no se puede explicar no necesita razones. Solo resiste la formulación poética, que no siempre se compone con palabras. También los silencios, el vacío, dan cuenta del misterio.



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Tengo una sola habilidad: saber cuál de los olmos producirá peras.



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Los imprevisibles cultivan el misterio como garantía de una utópica invisibilidad. (El calamar navega en su tinta y sueña con ser una raya que fulmina con su cola.) Olvidan o no saben  que su aura se distingue a la luz de una sola bujía.



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Todos los mantras son laicos. Menos el mío. Y el de la beba que llora en su cuna.



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Hay que tener voluntad, decía mi madre. No, mamá, le contestaba yo, hay que tener convicción. Y me mandaba a los maíces del castigo.
Había aprendido todo de afuera mi madre. No conocía el sabor de la pepita. Le habían hecho perderse lo mejor.
Cuando se hizo vieja contaba monedas de ingenuidad, vivía perdida y sonriente. No podía olvidarse de los maíces del castigo.



***


Una luz de otro mundo se esparció por la cocina.
Éramos cuatro sentados a la mesa, vestidos con ropas claras. Tal vez era verano.
Los perros buscaban la sombra de los rincones.
La mujer nos habló con palabras precisas, compungidas.
Le tomé una mano queriendo confortarla y me asaltó el llanto.
La luz envolvente amortiguó la congoja.
Vendrán tiempos de agradecer, pensé.




Raúl Orlando Artola (1947, Las Flores, Provincia de Buenos Aires; vive en Viedma, Río Negro, desde 1975).
Del libro inédito "Registros de hora prima"



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