23 septiembre 2013

José Kozer



Furtivos





Esa parada de ómnibus la reconozco, esa cicatriz a ras del pavimento la produce todavía
el paso de los tranvías, fulgor y
desaparece el ruido del orín tras
la huella amarilla: paralelas
libélulas, se encaminan.

Se han mecido los visillos, entreví un espejo, su desfiladero vacío: reconozco el fulgor (piqué) de un vestido
amarillo (estampado) a punto de
irrumpir: las paralelas extienden
cada vez más el infinito. El
columpio entre dos abedules,
la perra de lanas con el lazo rojo
atado al rabo, la dama del parasol
y el sombrero de alas anchas
(lona, refulgente) su drástica
aparición al pie del arbusto florido
de lilas blancas, ha desaparecido
del espejo de cuerpo entero: escucho
su llamado en aquel idioma gutural,
el cuajarón de ablativos y vocativos,
ah la proliferación de idiomas
desconocidos que hacen detener el
columpio, bajarse el muchacho de
pantalón dril corto, medias altas,
camisa sepia (ahora por fuera):
reconozco al pie de la letra la
escena.

Es la hora de almuerzo, corrieron los visillos, los postigos de interior (verde botella) entornados (al máximo)
cuatro figuras reconozco, cuatro
figuraciones en el momento de
sentarnos: cada nombre propio
está poseído de otra sustancia.
Brilla la ira a la cabecera de la
mesa; al otro extremo una
mansedumbre fingida reorganiza
minuto a minuto el menor
desarreglo (no habrá nunca
desperdicios): tarareo, se me
manda a callar (schweig still)
callo, en reconocimiento del
mandato; me voy adentro a
tararear (ponme la mano aquí
Macorina): nos hemos ya guiñado
el ojo, reconocemos caminos
(encrucijadas) por los que se les
escapa el poder: dominio nuestro
(sublevación) un gran repertorio
de canciones populares (de eso no
entienden nada): tarareamos, de
consuno, muy adentro.

Y llega la penumbra, la más extrema penumbra, sigilo de los tranvías, huellas amarillas inaudibles, el espejo
Irrompible cuajado de figuras
(y detrás, ninguna figuración):
sólo quedamos de pie mi
hermana y yo, ajenos a todo
vaticinio, entre faroles y postes
del tendido eléctrico, calles
irreconocibles: sólo tenían
nombres (localización, ninguna):
nos detenemos a la verja, miramos
el pasillo de baldosas rojas, la puerta
impenetrable de roble con sus
cuarterones tallados, la sombra de
una aldaba. ¿Llamamos? ¿Nos
llevamos las manos en pirámide a
la boca y pregonamos nuestros
nombres? ¿Acudirán? Huele a una
capa reciente de barniz, respiramos
hondo hasta intoxicarnos: por el olor
de una breva o del cazador de Beck
sabemos que ahí estuvo hace un
momento (lo hemos reconfigurado):
pasamos la mano (estela) por la
superficie impoluta de la mesa,
reaparecen sentados a la sobremesa,
postres de yeso, vasos altos de helechos
desbordados.





José Kozer (1940, La Habana, Cuba)
Fuente: www.literaturalatinaoamerciana.com

Imagen: www.lacronica.com





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