30 de abril de 2013

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Jaime Sabines

Fuente: aztecanoticias.com.mx

Tu cuerpo está a mi lado






Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
Esta mortal ternura con que callo
te está abrazando a ti mientras yo tengo
inmóviles mis brazos.
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio,
tu blando seno oculto y apretado
y el bajo y suave respirar de tu vientre
sin mis labios.
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo de veras triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato.
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
se ponen a escuchar lo que no hablamos


Enlaces: Jaime Sabines

27 de abril de 2013

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Carolina Esses

Fuente: uranitolibros.com


Había que retratarse la una a la otra
mirarse como en un espejo. Laura tomó el lápiz para dibujarme.
¿Ves?, dijo la profesora y corrigió un trazo
acá la boca se pierde en una línea fina, desaparece.
Nunca había pensado en mi boca de esa manera
pero ahí estaba el hilo delgado de la forma
como la cuerda por donde un audaz equilibrista
podría medir la entereza de su oficio.
¿O era la voz? Un timbre apenas audible
porque es mejor, alguien alguna vez me dijo
confundirse entre la multitud, que quedar al descubierto.




//



No sabíamos que el aceite derramado traía
mala suerte. La idea había sido freír unas papas
cortarlas en rodajas y echarlas todas al mismo tiempo
en una sartén descolorida. Los caracoles-
agregó mi madre mientras raspaba el piso negro
la superficie cubierta de pequeñas motas doradas-


cualquier cosa, en realidad, que provenga del mar
también es portadora de mala fortuna.
Nosotras mirábamos desde el sofá
atentas a la ceremonia imposible: borrar
las huellas de la desgracia futura.





Carolina Esses (1974, Buenos Aires, Argentina)
De: Bucólico paisaje (inédito)





Enlaces: Una temporada d einvierno

25 de abril de 2013

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Inmaculada Mengíbar



Sesión continua





Vamos andando tan deprisa a veces.
Video club, relaciones humanas, pub, se vende,
¿qué voy a hacer mañana?, si estuvieras
conmigo ahora, el mar.
El mar triste de las agencias de viajes,
o el de aquella postal, tierna y cursi, que nunca
me enviaste
es tan desconsoladamente verde
como las luces
de los taxis amargos del otoño.
Y es un desesperado
abuso de desconfianza y soledad
el que me lleva
de nuevo a ti, esta tarde,
ahora que las tiendas
empiezan a cerrarse, y es hermoso
pensarte entre la gente, aferrarse a la idea
de que podrías surgir
debajo de cualquier paraguas, sorprenderme
de espaldas, tapándome los ojos y los sueños.
Sobre todo, los sueños. Dónde irá
la gente, tan deprisa,
desandando esta ausencia de pájaros, buscando
refugio en los portales de la noche. Ahora sé
que es preciso haber muerto
muchas veces de amor
para atreverse de esta manera a reincidir
y admitir que me dueles
como un beso prohibido para siempre,
casi secretamente,
como sólo la vida puede doler a veces,
o esta lluvia lentísima
de otro octubre sin ti.




Inmaculada Mengíbar (1962, Córdoba, España)
De Los días laborables, Hiperión, 1988

23 de abril de 2013

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Cees Nooteboom


Fuente: ivanthays.com.pe











Atardecer



La silla azul en la terraza, café, la tarde,
el euforbio que se extiende hacia dioses ausentes,
con gran añoranza de la costa, todo un alfabeto
de anhelos secretos, este es su último rostro
antes de la oscuridad,
del velo en su cerebro. Él lo sabe,                 
desaparecerán las formas de las palabras,
en su cáliz ya tan solo zupia,
las líneas no más unidas
que antes fueron pensamientos,
ya no llega aquí palabra alguna
que sea cierta. Gramática pulverizada,
movidas imágenes sin nexo,
del viento el sonido
mas ya no el nombre,
alguien lo dijo
y la muerte estaba sobre la mesa,
un criado remiso, que espera
en el pasillo, riendo tontamente,
hojeando las noticias
enloquecidas del periódico.
Todo esto lo conoce: el euforbio,
la silla azul, el café en la terraza,
el día que lo envuelve lentamente
y luego se aleja nadando con él,
un animal manso

con su presa.




Cees Nooteboom (1933, La Haya, Holanda)
Traducción: Fernando García de la Banda

Enlaces: Revista Minerva



20 de abril de 2013

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Daniel Battilana


La mujer que me nombra





Corría desnudo por el jardín
y supe que fui cobarde en tu batalla.
Amé la verdad que no puede durar.
Amaste durar en mi verdad.
Rompí amigos
que no blandieron amistad para defenderse.
Era Marcial yo y era Torquato Accetto, qué no era
si no sino hecho de lo que se gasta.
Soy un hombre que no puede durar
desnudo en un jardín.
Hay una parte mía que no obedece en ninguna parte.
La mujer que me nombra, la despierta a mi lado,
dice que no tengo parte que obedezca;
se engaña con alegorías de la desobediencia,
O soy el poema que no puede durar
¿Cuánto dura una palabra
hasta repararla con otra?
Qué se rompe cuando rompo una palabra.
¿Y si me repito y te contesto con cosas rotas?
¿Cuánto dura una palabra desnuda en el jardín?





Agujeros nupciales





Por la puerta Juana
abierta o cerrada es igual a llevar la vida separada

las cerámicas de la fina mirada te deforman

deformada en llanto
la puerta es de sombra
esto puja por vencerme
la puerta es tu párpado

tus agujeros nupciales
son nupciales de pan

Los hechizos de pan

mis esferos se precipitan
propulsos en sus bolsas
por la puerta mi escaramuza
reemplazar con clemencia cada recuerdo.


(inédito, 1999)


Daniel Battilana (1962, Buenos Aires, Argentina)

  |  

Michel de Montaigne: De la tristeza

Fuente: www.qotd.org
Yo soy de los más exentos de esta pasión y no siento hacia ella ninguna inclinación ni amor, aunque la sociedad haya convenido como justa remuneración honrarla con su favor especial; en el mundo se disfrazan con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia; feo y estúpido ornamento. Los italianos, más cuerdos, la han llamado malignidad, porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja: los estoicos prohibían la tristeza a sus discípulos.

Cuenta la historia que Psamenito, rey de Egipto habiendo sido derrotado y hecho prisionero por Cambises, rey de Persia, y viendo junto a él a su hija, también prisionera y convertida en sirviente a quien se enviaba a buscar agua, todos los amigos del rey lloraban y se lamentaban en su derredor mientras él permanecía quedó sin decir palabra, y con los ojos fijos en la tierra; viendo en aquel momento que conducían a su hijo a la muerte, mantúvose en igual disposición, pero habiendo observado que uno de sus amigos iba entre los cautivos, empezó a golpearse la cabeza a dejarse ganar por la desolación.

18 de abril de 2013

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Bárbara Alí


Repetición





proyectabas sobre muros derruidos
películas de marionetas de colores bailando
afuera el sol amarilleaba las hojas
carruseles giraban con caballos de cuentos
nunca entendí por qué cerrabas las cortinas
soñabas sobre la pared      
amarrabas fuerte un anillo roto
quizás pensabas que vencías al villano de esa historia




Piedra lunar





la curandera habla de una piedra
que está escondida en el fondo de mi cabeza
hecha de sombras de veneno de noche de hojas secas
que por eso miro alucinada la luna
que hay que escarbar con un trozo de espejo

veo los dados del tiempo
rodar sobre un tapiz negro
qué dirán los números sobre el sol
en el cruce de cuándo y dónde nos encontraremos

cuántas piedras moveré
para hacer el poema
qué dice la magia de esta gramática rota

de las semillas doradas
nacerán hijos de fuego
los he visto en sueños
lo sé.


 Bárbara Alí (1984, Argentina)

15 de abril de 2013

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Sharon Olds



Sentimientos








Cuando el médico residente auscultó el corazón detenido
yo lo miré, como si él o yo 
fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo:
yo había perdido el lenguaje de los gestos,
no sabía qué significaba para un extraño
levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre.
Mi rostro estaba mojado, el de mi padre
apenas húmedo con el sudor de su vida,
esos últimos minutos de trabajo duro.
Yo estaba recostada en la pared, en un rincón, 
y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo, 
y todos los demás creían en el Dios Cristiano,
llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama, 
sólo yo sabía que se había ido del todo, 
sólo yo le dije adiós a su cuerpo
que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza 
su pie, pensé en ese anciano esquimal
que sostiene la popa de la canoa mortuoria, 
y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas.
Sentí la sequedad de sus labios 
en los míos, sentí la levedad de mi beso
mover su cabeza sobre la almohada
así como se mueven las cosas 
como por su propia cuenta en el agua mansa,
sentí sus cabellos de lobo en mis dedos,
se tambalearon las paredes, el piso, 
el techo giraba como si no estuviera yo 
saliendo del cuarto sino el cuarto
alejándose de mí. Me hubiera gustado
quedarme a su lado, cabalgar junto a él 
mientras lo llevaban al lugar donde lo cremarían,
verlo entrar a salvo al fuego,
tocar sus cenizas tibias, y después llevarme
el dedo hasta la lengua. A la mañana siguiente,
sentí el cuerpo de mi esposo
aplastándome dulcemente como una pesa 
sobre algo blando, una fruta, su cuerpo asiéndome 
a este mundo con firmeza. Sí, las lágrimas brotaron,
como el zumo o el azúcar de la fruta.
Se adelgaza la piel, se rompe, se rasga: hay
leyes en este mundo y según ellas vivimos.





Sharon Olds (1942, San Francisco, California, Estados Unidos de Norteamérica)

14 de abril de 2013

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Carlos López Degregori

Fuente:festivalpoesianicaragua.com


Retrato de la vida que te escribí





La vida que te escribí ya no la recuerdo:

de cuál luna o cuello colgará,
en qué árbol habrá escondido hermosas o terribles sus palabras,
en que voces se oirá,
en qué calle incendiada seguirán caminando sus pasos para siempre
y en qué cristal perfecto beberá
para después bailar con quién
en qué salón deshabitado
y se mirará en qué espejo
y en cuál lecho dormirá
cubierta de labios, de jardines, de falenas:

como las olas que pierden a sus olas
en el último mar
o las manos que ya no encuentran a sus manos
o los rostros desvanecidos en los retratos:

la vida que te escribí
ya no la recuerdo.


Carlos López Degregori (1952, Lima, Perú)
De: www.literaturalatinoamericana.com

12 de abril de 2013

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César Vallejo


Va corriendo, andando, huyendo...




Va corriendo, andando, huyendo
de sus pies...
Va con dos nubes en su nube,
sentado apócrifo, en la mano insertos
sus trsites para, sus entonces fúnebres.

Corre de todo, andando
entre protestas incoloras; huye
subiendo, huye
bajando, huye
a paso de sotana, huye
alzando al mal en brazos, huye
directamente a sollozar a solas.

Adonde vaya, lejos de sus fragosos, cáusticos talones,
lejos del aires, lejos de su viaje,
al fin de huir, huir y huir y huir
de sus pies - hombre en dos pies, parado
de tanto huir - habrá sed de correr.

¡Y ni el árbol, si endosa hierro de oro!
¡Y ni el hierro, si cubre su hojarasca!
Nada , sino sus pies, nada sino su breve calofrío
sus paras vivos, sus entonces vivos...





Enlaces: César Vallejo
De: "Antología póetica", Biblioteca El Nacional, 2002



7 de abril de 2013

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Marcos Silber

Fuente: hacedores-del-arte.blogspot.com


Ella se demoró
por la maldad de las llaves extraviadas.
Él se equivocó de esquina
porque la pasada fue noche de tala
y se llevaron el árbol del encuentro.
El sol cayó en una emboscada
y quedó detenido en el día anterior;
y la luna, la luna se distrajo
en el patio de juego de una nebulosa.
Camino hacia los dos,
ambos se cruzaron sin advertirse,
velados como iban
adentro de un alborozado viento de ensueños.
Esto ocurrió
entre otras calamidades de un día enemigo,
que uno y otro quisieran olvidar.


Marcos Silber (1934, Buenos Aires, Argentina)

5 de abril de 2013

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Jill Battson



Ésta es mi madre ahora





En la calle principal de un pequeño pueblo inglés
ella cierra de golpe la puerta, la bolsa de compras ya no en su falda y a la calle
con una fuerza que es tan anormal, tan inusual
que el resto de la familia se queda muy silenciosa, muy quieta
y pareciera que yo soy la única que respira
saliendo rápidamente para estar sola

1 de abril de 2013

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Jorge Aulicino

Fuente: Facebook


Saint Germain des Prés





El viejo temor. En una iglesia de París
encendí una vela y no supe -aun con mi más
ferviente deseo penetrando mis huesos,
como el frío entre aquellas piedras medievales-
si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta
y aceptada. Eran indescifrables los labios
de la Virgen en aquella piedra tan gastada.
El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,
un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,
o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era
mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo
en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo
que había perdido todo, que la boca de Dios
o del Averno
o del siglo
lo había apagado,
lo volví a encender
con el mismo encendedor de plástico.
Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta
de que no era mi vela la que había vuelto a encender,
sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.
Fui raramente feliz y lo confieso.
Sin quererlo, había avivado otra plegaria,
un rezo desconocido, el rezo de otro.



Enlaces: Jorge Aulicino
De: Estación Finlandia