26 enero 2014

Dimitris Angelis, ver­sión y nota de Vir­ginia López Recio


El extenso poema que, junto al poeta Pedro Mateo, tra­duci­mos a con­tin­uación con­sti­tuye la primera parte de Con­fir­mando la noche (2011), último poe­mario del escritor griego Dim­itris Angelís. “1989”, título que lo encabeza, se refiere al poeta griego Yan­nis Rit­sos (1909–1990) y la con­mo­ción que sufrió al enter­arse de la caída del Muro de Berlín. “Tenía con­tin­u­a­mente encen­dida la tele­visión, seguía con obsesión las noti­cias, no podía creerlo”, comentó su sec­re­taria a Dim­itris Angelís al adver­tir éste, mien­tras anal­iz­aba su obra, la caída cor­po­ral y psíquica de Rit­sos aquel año.
Por otra parte, encon­tramos en el poema muchas ref­er­en­cias indi­rec­tas a la vida de Rit­sos: Kap­sa­lona y Ai Yanni eran los sana­to­rios donde estaba hos­pi­tal­izado para su tratamiento de tuber­cu­lo­sis y donde cono­ció las ideas marx­is­tas; y los ver­sos: “los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio”, están saca­dos de su libro La mon­stru­osa obra de arte. Todo esto se com­bina con frases de la Bib­lia (y allí habían lle­gado a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas; su morada con­viér­tase en desierto) y tam­bién –con inten­ción de recrear el ambi­ente de aque­lla época–, con esce­nas de cine (la famosa de la escalera de Odesa del Acorazado Potemkin de S. Eisen­stein, el telé­fono del psiquiátrico de la película Stalker de A. Tarkovski, las casas que se quedan con la luna como “dec­o­ra­dos de cine”, etc.), e his­to­rias de la caída del Muro (como la de Ros­tropóvich quien, al enter­arse de la noti­cia, cogió el primer vuelo para ir a Berlín y tocar su chelo frente al Muro).
Con esta mate­ria surgió el esqueleto del poema, cuyo título primero fue “Rit­sos frente al tele­vi­sor” y su tema: cómo un poeta-ideólogo ve el mundo y sus sím­bo­los (el mar­tillo oxi­dado por la hoz y el mar­tillo, la mul­ti­copista para las con­vo­ca­to­rias ile­gales, los estandartes, etc.); cómo aque­llo a lo que había servido durante toda una vida –incluso tam­bién “en cam­pa­men­tos flotantes”, en alusión al exilio– se desmoronaba.
Aunque está claro que lo que cae es un sis­tema total­i­tario e inhu­mano (Siberia, el psiquiátrico, el par­tido en todas partes), pese a que el poeta era cono­ce­dor de lo que regía tras el lla­mado “telón de acero” (“lo sabía pero no hacía nada, yo lo sabía”), el objeto del poema no es humil­lar al anciano poeta, sino mostrar su frus­tración y soledad, dis­crim­i­nar el mundo entero que fes­teja al ideól­ogo soli­tario que llora y, ante todo, señalar que el hecho de la fe –inde­pen­di­en­te­mente si aque­llo en lo que creemos resulta una alu­ci­nación, una men­tira o, aún peor, una men­tira homi­cida– es lo que salva la inte­gri­dad del hom­bre, pro­fun­diza su memo­ria y con­fiere esen­cia a su existencia.
Por eso, el poeta con­fiesa al final de su poema que “la única rev­olu­ción que existe es el Otro”. Prom­ete regre­sar, aunque mien­tras tanto se pierde den­tro de un tele­vi­sor: la real­i­dad icónica reem­plaza la vida, el mundo utópico de la ide­ología es susti­tu­ido por el mundo improce­dente y de fal­sas ilu­siones del con­sum­ismo. En el nuevo medievo, cuyo comienzo marca el final de la fe (1989) –y no solo de la política, sino de cada tipo de fe–, no hay ya ries­gos morales, por eso “la manta de cuadros en el suelo” resulta “una tabla de aje­drez vacía”. Posi­ble­mente, tam­poco antes existieran tales ries­gos, pero sí el debate y el con­flicto en torno a ello. Ahora ten­emos que esperar la nueva “pri­mav­era del cuerpo”, frase de Mar­cus Min­u­cius Felix que deja abierta al final del poema la per­spec­tiva de la esper­anza, ya que el poeta entra en el mundo de la tele­visión prome­tiendo que va a regre­sar. Hasta entonces…





1989




Aquel invierno, en la misma Roma y sus alrede­dores ocur­rieron muchas cosas sobre­nat­u­rales: un niño de seis meses, nacido de padres libres, gritó “¡Vic­to­ria!” en el mer­cado de ver­duras; un buey se había subido a la ter­cera planta de un edi­fi­cio en la zona del mer­cado y, entonces, espan­tado por el alboroto de los veci­nos, se lanzó al vacío; en Lanu­vio un cuervo revoloteó en el tem­plo de Juno y se posó sobre su lecho; y en Piceno había caído una llu­via de piedras…
Tito Livio, xxi, 62.




el tele­vi­sor siem­pre encendido
como altar fúne­bre insta­l­ado en la habitación hace años –un fuego
que no calienta, solo alumbra
tenue­mente
hasta los dos sil­lones y más allá la mesa sin recoger aún con las
miga­jas,
y un mon­tón de sobras (pues fal­ta­mos años) –más atrás se extiende

densa e insidiosa oscuridad
de chirri­dos llena y un eco per­ma­nente de gri­tos ahoga­dos allí donde dejó su huella la memoria
al hablar de salas en sana­to­rios públi­cos, Kap­sa­lona y Ai Yanni,
graneros de ensueño, fábri­cas con los pul­mones de alquitrán, deporta­ciones a paisajes helados,
al hablar de la mul­ti­tud que espan­tada bajó las escaleras man­i­fe­s­tando su amor y no las volvió a subir,
del ansia nues­tra para ado­rar a dioses venidos abajo, idén­ti­cos a nues­tras tristes existencias

anun­cios

helada quedó la pan­talla, helado el piso
como si alguien hubiera dejado la puerta de la morgue abierta
y esa rendija se con­vir­tió en un muro que cae
y tre­scien­tos mil hom­bres se escapan sin demora de la historia
lle­vando velas encen­di­das como si volvieran del ofi­cio de Resurrección
vesti­dos de baratillo, con jer­seys apo­lil­la­dos, arras­trando male­tas preparadas aprisa, la jaula con el canario muerto piensan
en avenidas de Siberia con soli­tarias gaso­lin­eras al alba, frío y abed­ules ensangrentados,
en el sonido del telé­fono retum­bando en las pare­des de cemento
del psiquiátrico, nadie lo cogió y se quedaron con la duda
de si los estaba bus­cando Stavroguin– piensan
en ciclis­tas del par­tido pasando bajo las ven­tanas del par­tido con los rojísi­mos geran­ios del partido
en decap­i­tadas igle­sias con sus cam­paneros inconsolables
en procla­mas por la radio, sovi­ets invic­tos, para afeitar a Stalin
y en el viento peren­nemente arras­trando per­iódi­cos del 36 en un
camino de tierra–como entonces

dijo el anciano des­per­tando del letargo (que allí habían ido a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas)
recogió del suelo la manta, se la echó sobre las pier­nas, tenía frío
igual que entonces”, un cuerpo desem­bar­cado pudriéndose
en cam­pa­men­tos flotantes, colum­nas inacabables y faji­nas junto a las alambradas
todos ellos estarán ahora deci­di­da­mente muer­tos en una probable
San Peters­burgo, hasta hace dos horas Leningrado, si lo hubieran sabido
si Pedro, Juan, Elías lo hubieran sabido entonces
no pasaríamos hoy lista a los enter­radores, tam­poco con­taríamos pro­fe­tas remunerados
se enciende y apaga la memo­ria, sube y baja vaguadas, se defiende
y en la fotografía estás tú son­riendo con toda la familia del zar,
detrás y al fondo
los pavor­reales
(quédese su man­sión deshabitada)
que a nosotros nos heredarán
otras aves
más humildes

power off
en lugar de pedir perdón

se oscure­ció la habitación con­fir­mán­dose la noche que lo posee
en vez de expe­ri­en­cia indis­ci­plinada vejez, en vez de sabiduría esas repeti­das ofus­ca­ciones de su soledad
de donde a menudo aflo­ran con toda su fab­u­losa vaguedad
las antaño para él sagradas Babilo­nias –en ellas vio
los estandartes de las bar­ri­cadas de mayo arrum­ba­dos con­tra la pared, hasta sus som­bras se habían desteñido
consignas pin­tadas sobre otras consignas en muros ree­scritos que parece los mantienen en pie solo las letras y por eso con la luna llena se quedan los edi­fi­cios en meras fachadas como dec­o­ra­dos de cine– asimismo vio
en los rudi­men­ta­r­ios patios ten­di­das en el alam­bre para secarse las camisas ensan­grentadas iguales a pieles de animales
y entre las orti­gas en la basura: un mar­tillo oxi­dado, la mul­ti­copista y como un cacharro viejo
la palan­gana plateada de las purifi­ca­ciones donde dicen que una vez tam­bién Pilatos se lavó las manos
y si en la His­to­ria ha quedado su nom­bre se debe a ella
que rel­e­gada ahora espera por las tardes a los niños
para ser en sus manos aunque sólo sea un pequeño cím­balo estri­dente, y de nuevo se oiga su voz
yo sabía y no hice nada, yo lo sabía”, pal­abras ver­te­brales de una ali­maña desconocida
cuya espina dor­sal mas­cul­lan los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio
y al mismo tiempo que la noche cubierta de ven­da­jes lo va envolviendo con sus enfer­medades, él

echa a cor­rer por senderos engañosos, por­tando con ansiedad la antor­cha para encen­der la televisión
y se vayan los drag­ones de esca­mas vis­cosas, que se vayan
porque en ningún momento fueron del todo impar­ciales con él

tele­visión

fuera, tras la ven­tana cae rodando la cabeza cor­tada de la luna, dentro
la habitación hasta arriba cubierta con hojas de tabaco y el muro
cayendo a cámara lenta una y otra vez, oh noche dis­paratada cómo es que te has quedado sin pasado y tus gentes
bailan, se abrazan, en sus bol­sil­los y en bol­sas de plás­tico meten piedras y cas­cotes como recuerdo
el impe­rio se desmorona
“todo cae al final” fue lo que dijo volviendo a coger la manta del suelo
la cuestión es quién coge las llaves”, los otros
hacen ondear impro­visadas ban­deras, cuel­gan grandes sábanas
blan­cas en los bal­cones, se pre­gun­tan qué dirá mañana el
Pravda
encien­den hogueras rit­uales, escuchan a Ros­tropóvich y se enam­oran, al mismo tiempo
que un sol­dado novato con los ojos enro­je­ci­dos grita “deser­tores” –“¿se dirige usted
a mí, señor?” y apri­eta los puños con ira

anun­cios

hay un malen­ten­dido”, volvió a pen­sarlo, “yo soy en realidad
de otra época y un enam­orado de balas,
de llu­vias tóx­i­cas, de sepul­turas de héroes, y sin embargo
la única rev­olu­ción que existe es el Otro. Esper­e­mos un poco más y llegará
la pri­mav­era del cuerpo. Entonces,
volveré”.

Avanzó tac­i­turno den­tro de la pan­talla, un bosque los anun­cios, las series, los pro­gra­mas, tomó por la emp­inada senda,
en un paisaje inver­nal sem­brado de impro­visadas tum­bas alguien cav­aba con sus manos la tierra pero a él no lo vio
invis­i­ble siguió avan­zando entre los ausentes dejándole
al viento el encargo de repe­tir susurrando su testamento:
expectan­dum nobis etian cor­poris ver est, expectan­dum

Y la manta de cuadros en el suelo, un tablero de aje­drez vacío.





Dimitris Angelis (1973, Atenas, Grecia)
Fuente: www.revistacritica.com

Imagen: www.festivalpoesiagranada.com

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