30 abril 2014

Glyn Maxwell




Dunwich





Ni siquiera viejas, hay historias que ya no cuento.
No puedo asegurar a qué chica fueron contadas.
Chicas. Ceno y me pregunto dónde están los demás
Y tú,

¿significa qué? Los meses pasan y tú con ellos –
trigueña, petite, licenciosa, procaz, joven –
elige tres de cinco pero tú te vas,
alguien,

que mientras leo aquí como un paciente
entre lámparas que se inclinan adelante, para estar
dentro y fuera de una oscuridad que se oscurece (¡no
me digas!)
y ya sé a dónde va todo esto porque he visto
a la habilidosa anciana en su laboratorio, la he visto
cortar el grisáceo milhojas de un cerebro nuevo
«recién llegado»

que me dejó ver de cerca y pudiste ver el problema.
La erosión como en East Anglia… el agua
rellena las grietas, el agua busca
mejorarlo,

siempre con la esperanza, una plegaria donde se puede nadar.
Mujeres. Y me pregunto dónde están los demás.
Pienso en llamarte pero ya lo hice, y tú
no

me contestaste, ¿por qué lo harías cuando no sabes
cuál de todas las chicas eres? El agua busca mejorarlo,
rellenar gritas. Cuando nos encontremos de nuevo
nos encontramos

en la iglesia de Dunwich bajo el salado azul
que flota hacia nuestras esperanzas. Vistas desde la altura
como la anciana habilidosa en su laboratorio,
estas luces

de domingo se fusionan en un núcleo blanco,
mientras en los bordes manchas de rojo y verde,
cabañas periféricas en la que puedes imaginar
tu vida

e historias siendo contadas, aparecen.
Una imagen-eco violeta florece y ahora
nada. Los meses pasan y tú con ellos.
Algo se detiene. Despierto. Me pregunto dónde están los demás.
Búscame un lunes, tú, en el mercado.
Nunca me has conocido, conóceme bien, sé nadie
más.





Glyn Maxwell (1962, Welwyn Garden City, Inglaterra)
Traducción de Hipatia Argüero con colaboración de Gabriela Silva Rivero
Fuente: www.cuadrivio.net
Imagen: www.exeter.edu

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