Nilton Santiago, dos

Otro arreglo de cuentas con los pájaros





Por qué diablos tuvimos que ver tantas iglesias y tantos gatos, como geranios,
y tantos sindicalistas en el fondo de los taxis y tantas iglesias
(como si fuesen la calderilla que Dios
arroja en la barra de un bar).
No habíamos facturado por mi culpa
y las maletas de mano pesaban tanto
como el corazón de una ballena varada en una lágrima y llovía.
Pero era nuestra agonía la que en realidad nos costaba llevar
(y no la lluvia en el fondo del taxi)
y la que nos emparentaba con los perros abandonados en la sonrisa de las enfermeras.
Al final llegamos a casa -porque todo llega- deseándonos
como deben desearse los personajes literarios fuera de los libros
pero, claro, tú –la bipolar- al final ni puto caso.
De pronto empezó a llover, era la segunda vez que llovía en el día
y parecía que desempacábamos las olas del mar.
Entonces, “para romper el hielo”, decidí ir a buscar el periódico y unos chocolates,
-qué gran cobarde, qué gran malhechor-
haciéndome paso entre una manada de antílopes
que habías traído como souvenirs,
preciosos baobabs de varios metros de altura.
El barrio era el mismo, la tienda del paquistaní
era la misma nevera en medio de la calle,
y las mismas líneas de cebra cruzaban la avenida
(quizás alguien se había esnifado alguna línea, pero todo seguía igual)
Hasta vi al hombre oscuro que arrastraba su carrito de la compra
con estrellas y otras chatarras,
husmeando en la basura como un gran sabueso.
(A propósito, el hombre oscuro no conoce el pan porque él es el pan,
nadie sabe que guarda una estrella perdida en otra estrella
-como una pata de conejo-
pero no le importa, como no le importa a la lluvia
volver a la mano de Urano, una y otra vez)
Vuelvo a casa sin nada. Me he dejado la cartera y sí, sigues cabreada
y dices cosas como “siempre igual” o “lo tuyo no tiene arreglo”
mientras me preparas unos huevos fritos.
Hoy los telediarios han anunciado otro desahucio de un poema
de su abecedario de agua,
y han hecho un largo reportaje de un matrimonio de nutrias caídas en desgracia
por morder la costilla de Eva, sí otra “cortina de humo”.
Busquemos entonces la manera de cambiar este rollo de la melancolía
por más melancolía, de buscar las armas de la limpieza en el mensaje de las aves
que “han pasado” de las migraciones de invierno
y olvidemos esto de la crisis, de saqueos de bancos, de estafas a jubilados
y de haber visto tantas iglesias,
como si fuesen las cicatrices de Urano.
Vaya vaya, me dices, mientras me paso la saliva,
¿sabías que los indios de la Guayana preparan un licor con las cenizas de los muertos?
Sí, se te ha pasado ya el cabreo

y a mí las ganas de comerme los huevos fritos.




Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: Facebook


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