02 septiembre 2014

Enrique Lihn



Nathalie





Estuvimos a punto de ejecutar un trabajo perfecto, 
Nathalie en una casa de piedra de Provenza. 
Dirás ahora que todo estuvo mal desde el principio 
pero lo cierto es que exhumamos, como por arte de magia, 
todos, increíblemente todos los restos del amor 
y en lo que a mí respecta hasta su aliento mismo: 
el ramillete de flores de lavanda. 
Es cierto: nuestras buenas intenciones fracasaron, 
nuestros proyectos se redujeron al polvo del camino 
entre la casa de Lulú y la tuya. 
No se podía ir más lejos con los niños 
que además se orinaron en nuestro experimento; 
pero aprendí a Michaux en tu casa, Nathalie; una 
vociferación que me faltaba, 
un dolor, otra vez, incalculable 
para el cual las palabras no tienen gusto a nada.

Vuelvo a París con el cuaderno vacío, 
tu trasero en lugar de mi cabeza, 
tus piernas prodigiosas en lugar de mis brazos, 
el corazón en la boca no sé si de tu estómago o del mío. 
Todo lo intercambiamos, devorándonos: órganos y 
memorias, accidentes del esfuerzo por calarnos a fondo, 
Nathalie, por fundirnos en una sola pulpa.

Creer en dios; sólo me falta esto 
y completar, rumiando, el ciclo de la baba, 
a lo largo de Francia. 
Pero sí, trabajamos duramente 
hombro con hombro, ombligo contra ombligo 
y estuvimos a punto de sumergirnos en Rilke.

No hemos perdido nada: 
este dolor era todo lo que podía esperarse; 
sólo me falta aullarlo en el momento oportuno, 
mi viejecilla, mi avispa, mi madre de 
dos hijos casi míos, mi vientre.

“Va faire dodo Alexandre. Va faire dodo Gérome.” 
Ah, qué alivio para ellos 
el flujo de la baba de la conciliación. Toda otra 
forma de culto es una mierda. 
Me hago literatura. 
Este poema es todo lo que podía esperarse 
después de semejante trabajo, Nathalie.





Fuente: Revista Omni-bus
Otro poema de Enrique Lihn, aquí

Imagen: www.pagina12.com.ar



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