17/11/14

Marcelo Cohen



Ademanes durante los adioses






Esta imprecisa ciudad donde las gaviotas
conviven con las cotorritas
no es el escenario menos apto.
Confiémonos pues a la luz de invierno
recamada de hollín y obligaciones;
admiremos si hay sol las lentejuelas
del frío -tanta película para ver,
exposiciones fascinantes, volutas
modernistas en la piedra, consoladoras cenas-
y tengamos presente incluso que del otro
lado es verano, con caballos de vapor
sobre el río irisado y explosivos
chubascos en la madrugada. Porque
confirmar la oposición nos duele menos
que atender a la mampara donde
cada botón de la espontaineidad
proyecta una figura compuesta, que
fue creada en su momento entre dos,
o más, y ya pasó. Revolotean en esa superficie
tantos juegos de baraja junto al mar
como ciertos sabores, u olor de hospitales,
o incursiones jubilosas en la librería.
Con tanta reminiscencia no se puede;
sobre todo, no se puede con lo mucho que fue dicho
y no bastó. Ahora es de la pausa; un estanque
seco entre atisbos de lluvia. Así pues,
retendremos de la despedida, no el silencio
que estalla de sensaciones, que inflexiblemente
rechaza los añadidos, sino la claudicación
un poco aparatosa que al cabo nos acerca
todavía más. Tengamos a mano el aceite
del porvenir, su homogénea danza sobre las aguas
agrietadas -el destino. Y veamos entonces el momento:
cada uno alza el brazo como puede, es decir;
lo alza con un chirrido deshonroso, toca un hombro
o ni siquiera -porque está en penumbra-
y permanece atornillado a la fungible vida
que eligió, como entusiasmo y paliativo,
aunque no sin un fulgor particular, irreemplazable,
que los ojos del otro, con todo y velados,
no dejarán de advertir como si fuera suyo.
En el gran viaje, ese fulgor será el recuerdo.




Marcelo Cohen (1951, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: www.revistaenie.clarin.com





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