15 diciembre 2014

Microensayos, por Marcelo Leites

Se olvida que en los haikus no se trata tanto de respetar la forma métrica, sino de llegar al satori, como tan bien demostraron los poetas clásicos japoneses. Ese estado de gracia, esa iluminación interior propia de Basho, de Issa o de Buson, por nombrar sólo a los tres primeros maestros, de la que los occidentales estamos tan lejos. La discusión poesía métrica/ verso libre, puede ser vieja, sin embargo los antagonistas siguen existiendo. En realidad, creo que la cosa empieza con el “Golpe de dados”, donde Mallarmé utiliza el verso libre en contra, diigamos, de todo lo que había escrito antes y con “Hojas de hierba”, de Whitman, claro. Creo que el verso libre sigue siendo una forma que permite una expansión de la conciencia y una mejor expresión de nuestro tiempo, donde no hay verdades absolutas y todo permanece abierto en una misteriosa incertidumbre.


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Nos movemos entre lo sublime y lo abyecto, pero también en las fronteras, donde pareciera no haber lugar para las definiciones. Somos lo mejor y lo peor de la especie, pero quizá no haya nadie bueno o malo, en términos absolutos; en cierto modo todos somos criminales y víctimas, analfabetos y cultos, animales-y-racionales, apasionados e indiferentes, vitales e intelectuales, convencionales y transgresores, realistas y soñadores, certeros y equivocados, esclavos y libres. Somos imperfectos, incompletos, frágiles. Nuestros mayores logros son nuestros mejores fracasos. Pero lo seguimos intentando, siempre. Lo intentamos riéndonos de todo, incluso de nosotros mismos. Lo intentamos porque lo que nos hace grandes es que no podamos llegar. El péndulo oscila lentamente entre el cielo y el infierno, pero se detiene en el medio. De eso se trata el ser humano, después de todo, ¿no?




1 comentario:

  1. ¿Siempre más cerca
    del mono que del ángel
    hemos de estar?

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