Mauro Morgan




Bulimia





Ahora 
que sube cada páramo de 
calorías a la garganta 
Que estoy hinchado
que verme la panza 
es producto
de un embarazo no deseado.

Pero no te aborto antojo 
por que ¿qué es la gula, 
que es el detenimiento
de contar cada endecasilabo 
que guardan 
las tablas nutricionales?

(Lo que supe es por qué
cada espejo es cacería 
y todo movimiento puede ser
el enemigo
el brazo cayendo
para remarcar las estrías
esto de devolverle al otro su propia
imagen.)





Helado





¿Desde dónde hace daño
el deseo?

¿Antes de ser creado el
chocolate
el deseo
le hizo eco para resonarse
en las paredes
que lo forman?

¿Desde dónde hace daño
el corazón cuando no
fue todavía amado

para que se congele
o hiele para ser de
piedra?

¿Desde cuándo te repetís
las formas?





Rosario





Devora desde
el hambre
la tenacidad con que 
insiste al grito; 
al llamado. 

(Todo sexo es desordenando
la cruz.)

Gime llorando para no pedir.

Del pedido no sabe más 
que el rescaterse y no habitar.

Reza en abrirse. 

En todos los
perfiles
Lame el santuario.





Mauro Morgan (1988, Rosario, Santa Fe, Argentina)

Imagen: Facebook de MM




Hugo Tabachnik, un poeta ocasional. "Mi propia santidad me conmueve"

Esta página electrónica, blanca, brillante, contrasta con las hojas amarillentas y ajadas que atesoré durante muchos años. Se justifica: en el borde inferior se puede leer PRIMERA PLANA y sobre el margen derecho, 23 (o 28) de mayo de 1968. El azar -no compraba la revista todas las semanas- me reunió con este poema de Hugo Tabachnik.



"Es acaso el mayor poeta desconocido que haya producido la Argentina en la última década: jamás editó un libro, y toda su contribución a la historia de la literatura es, hasta el presente, un poema publicado en el único número de El Ángel del Altillo, una sorpresiva revista que inquietó el verano de 1966, en Buenos Aires."
Luego, Hugo Tabachnik comenta: "Trabajé en una relojería de mi tío, en una fábrica de juguetes, vendiendo diarios en una esquina, (...) con José Peroni pusimos cinco quioscos para vender Coca-Cola en Monte Hermoso con resultados lamentables, pero con mucho mar (...) Viví en el arroyo Gambado, en el Tigre, intentando una forma colectiva de vida bajo los signos de la libertad y el amor. Hace tres años asumí mi condición de judío errante y en estos momentos me siento acompañado por Allen Ginsberg..."  
"Los datos que faltan son breves: tiene 30 años, trabaja como tornero de platos de cobre, vivió en media docena de lugares este año en Nueva York, pero mi corazón pertenece al East Village.



Presentación de "Volviendo a casa", de Hugo Tabachnik en Ediciones de la Grieta, 09/2014


































Pequeño tratado de ornitología




Del desplegar de los pájaros

"Y Jonathan dijo a David: Ven,salgamos al campo. Y salieron ambos al campo"
Samuel, 20:11

"Afect and light-hearted. I take to the open road, Healthy, free, the world before me, The long brown path before me leading whereven I choose."

Walt Whitman
  



Manny, será el recuerdo de días pasados, digamos los ojos o la manera de mirar como una vieja Kodak en ese puerto del sur y papá que no sabía contestar mis preguntas. Y algo de caramelo viejo, también.

Manny, yo iba a empezar diciendo: nací hace treinta años en Buenos Aires y treinta cielos cayeron sobre el río.

Pero fue antes ese abrazo agazapado, la gente no sabía ya nada más, la nieve y el tren elevado nos quemaba la espalda, no había ya nada más que esperar.

Te digo, Manny, que yo guardé luto por la pérdida de mis alas, este invierno no se acaba, todavía nieva, me paso los días mirándome del anverso, mirándome del reverso, soy muy miope en todo esto.

Manny, tengo un agujero en el pecho y el viento pasa a través de él y me siento muy gastado, he mirado como una botella mil banderas, me averguenza este olor de cebollas que me inunda.

A veces pienso que esta ciudad nos hace muy mal, tengo días de dolores de muelas y me siento harto de preparar comidas horribles.

WABC me espera cuando llego a casa cansado del trabajo, siempre llego cansado y sucede que no sé siquiera si es mi casa o si he tenido casa alguna vez o si merezco tenerla.

Todos los días aparezco por lo puerta con mi montón de ropas, todo un río contra mi, - una guiñada de la muerte junto a la estación de servicio, en veinte pasos hago el amor con un teléfono.

Manny, soy un imbécil, estoy esperándolo todo.

Yo iba a empezar diciéndote que nací hace treinta años, no hagas caso del agujero del pecho, te mostraría montones de fotografías de cómo tú eres en muchos países.

Te contaría biografías falsificadas de próceres ajusticiados en las que yo aparecería como tambor mayor o recorriendo con pólvora alcobas blancas a la hora de la siesta en un silencioso pueblo de provincias.

Te contaria la verdadera historia de mi vida redactada una noche en que me sentía muy solo

Pero siempre hay mucha gente alrededor, Manny, todos mostrando sus culos angélicos, eso es hermoso, y esa nieve y ese tren elevado quemándonos la espalda.

Mis amigos han enloquecido o están muertos, yo les rindo mi homenaje cotidiano en el subterráneo hacía Brooklin, estamos atados por cadáveres.

Manny, yo soy un viejo libertino y te mataré con una fiebre tropical cuyo sabor ignoro.

Manny, tengo serios deseos de vivir.

Ellos no saben nada de todo esto, oculto cuidadosamente mis páginas bajo mil párpados, cuando monto mi bicicleta creen que sonrío.

Ellos no se preocupan en realidad demasiado, procuran hacerme creer que ven  mis coros en el fondo y me ofrecen buenamente zapatos viejos.
´
Manny, a veces creo que nos estamos muriendo.

Manny, quisiera ofrecerte un cigarro como un submarino reluciente de yerba bendita y hablarte de estas cosas.

Yo estaba sobrevolando el Golfo de México y veía miles de caminos surcando la selva y un mundo de viento se abría entre mis ojos y tú estabas seguramente

tejiendo tus brazos en lo alto del edificio de la calle Orchard junto al letrero que dice: Liberty porque es imposible que vivas en otro sitio.

El Lower East Side es ahora mi mndo y se me hace muy difícil imaginar que detrás de los muros hay otras tierras y otros seres.

No sé por qué te descubro a veces bajo tensas lejanas cuerdas de tristeza, el mundo debería ser mejor para nosotros.

Todas las noches me acuesto con Walt Whitman y su Ford T que hace ruido y él me canta su canto del camino abierto hasta quedarme dormido con la cabeza apoyada en su pecho.

Me dieron la dirección de su casa, pienso ir, quiero besar sus amarillentos calzoncillos de patriarca.

Manny, mi amor tiene que atravesar los perros, el aire sólido, tres de la mañana y tambores puertorriqueños y el ojo del Con Edison.

Y llegar a ti esta noche.

Digamos que se trata de los ojos o manera de mirar como una fruta o animales perdidos en largos campos bajo la lluvia en rol país natal olvidado,

O bien esos largos pelos de vida o banderas enhiestas empecinadamente disparadas contra el viento los inacabables murmullos de las luces violáceas que asesinan sobretodos en el Bowery y sus estatuas.

No sé cómo pudiste ser dulce carne y leche cantando y llorando entre golpes furtivos de sombreros negros y el que se tira desde el tercer piso con olor a coles agrias.

Tu vida fue guardada por enjambres de ángeles meones y los ardientes amaneceres de Coney Island y sus viejos maderos y sus arroyos de petróleo agujerearon tus ojos.

Quisiere decirte que nos encontraremos con Mario en el cielo y entonces plañiremos en flautas las melodías indias que aprendí en mis viajes por marineros tatuados,

Y que me creyeras,

Porque nunca volveremos a ver a Mario.

Tendríamos que subir a Williamsbourg Bridge  a plena carrera y lanzarnos desde lo alto y estallar violentamente para poblar de nuevas luces el cielo amordazado de esta ciudad.
  
Supongo que todo empezó en el parque cuando sentí irrefrenable necesidad de asesinar a aquel hombre y su sucia historia, y me vi odiándome plenamente, o

Cuando estaba bajo las patas agudas de los carruajes y sacaron el ataúd, se cantaron los siete rodeamientos:

“Dios que das la vida! Ten piedad de él. Rey del universo.Tú eres fuerte de vida. permite que ande en el país de la vida eterna. Que su alma descanse en el dominio d ela vida”,

sintiendo mi urgente eternidad, la vida al abordaje y vides, la columna de sangre echando mi rostro al desierto, o

cuando vivía en aquella casa de piedra, calles de piedra, pasando por el conciliábulo atardecido de aquellos viejos libres y bebedores.

Hermanos de las locomotoras, sabiendo que mi destino era aquel que latía en sus decrépitas próstatas llenas de cigarrillos descansando en los umbrales.

Tenemos mucho miedo de los policías irlandeses, todos tenemos mucho miedo, tomamos café para aplacar el frío, me pierdo en el subterráneo y aparezco en lugares siniestros.

Me siento abrumado por mis resplandecientes fuegos interiores, esto es demasiado para mi corazón, mis viejas tías descienden de tranvías amarillos y bendicen mi pene.

Digamos que se trata de los ojos o tu belfo de caballo solitario y joven y alegre y húmedo.

Manny, esta es la historia de un permanente llamado.

Yo iba a empezar diciéndole que nací hace treinta años, pero que mis dedos partieron las ardientes nueces de Mesara, y que regocijados

lo veremos cedido por los pechos con una cinta de oro, y veremos en su diestra siete estrellas, y sus pies semejantes al latón fino, la llave que cierra pero que ninguno abre y abre y ninguno cierra,

Y el mar de vidrio, y el caballo blanco, y el bermejo, y el negro, y el amarillo, y el cielo apartado como un libro, y la apertura del séptimo sello,

tal como fue visto por Juan, el Teólogo.

Manny, está es la historia de un ardiente llamado.

Oh David, saldremos al campo, yo tiraré tres saetas, me sentaré junto al rey en la mesa, te volveré a buscar y te veré levantar de la parte del mediodía, y

Él sea entre mi y ti, entre mi simiente y la simiente tuya, para siempre,

A pie y alegres, tomando el camino abierto, tendríamos que subir a Willamsburg Bridge a plena carrera y lanzarnos desde lo alto.

Y estallar

como naranjas
como mariposas
como trigales
como grandes gritos de infancia
como  estiércol
como naipes
como pájaros

Hasta la última sangre.

Manny, sucio viene el día, a veces tomo leche, fumo mucho, me ocurren accidentes, mi propia santidad me conmueve.



Marcelo Leites


Soy



(Inédito)



Soy mi cara en el espejo
mi cara detrás del espejo
soy lo que no se ve a simple vista
soy tus ojos en los que me miro
soy la palabra de un dios agonizante
soy un animal que apenas aprendió a caminar
soy otro lugar al que todavía no llego
soy el grito callado de la muerte,
el que muerde las lentas letanías del letargo,
el agua deslizándose por las grietas
de la tierra trémula.
Soy la sombra silenciosa
de una calle oscura,
el que se encuentra
después de un largo viaje.
Soy el que duda
más allá de los límites del cuerpo.
Soy mis manos y mis piernas.
Soy el que se afirma donde no estoy.
Soy el que mira el horizonte
que se corre cada vez más lejos.
Soy cerca y soy lejos
Soy el otro que fui una vez
y el que seré si soy
Soy todo lo que no puedo dejar de ser
Soy el margen de mí mismo
soy
soy
soy afuera
y soy adentro.






Ruido de fondo







Frigia baila con Espartaco.
Gradualmente se quita la malla
y queda desnuda.
Gira, corre, camina, torsiona su cuerpo
alrededor de Espartaco.
Lo envuelve, lo cerca, lo roza con sus pechos
y sus movimientos son sólo una promesa
que se aleja cuando él quiere tocarla.
Espartaco gira alrededor de Frigia
con saltos cada vez más insinuantes
hasta quedar él también desnudo.
Los dos esclavos bailan 
lejos del poder de los romanos
un Adagio que tensiona la orquesta
hasta el límite de las cuerdas
hasta el límite de los cuerpos
hasta el límite del deseo,
pero los movimientos tienen la ingravidez
de las gotas de agua desprendiéndose
del tallo delicado de una planta
y se frotan las manos y los sexos
mirándose hasta perderse en el otro
se huelen se tocan se lamen
y sudorosos vuelan por el escenario.
Espartaco sabe que la muerte se acerca.
¿Qué escuchás en el Adagio? ¿La música?
¿El movimiento de los cuerpos
su ruido de fondo
o sólo lo que está en la superficie?






Tanque australiano




X


Quietud aún inquieta.
Quietud de las cosas.
Inquieto el ojo traduce
un estado de reposo,
un estado de total simplicidad
(que cuesta simplemente todo).
El tanque australiano es argentino,
el tanque no es de guerra
sino de agua.
El ojo percibe más que la mente.
Antes, en el principio estaba
el tanque con su agua pródiga,
pero nadie lo veía.
Ver significa detenerse,
olvidarse de vivir,
y quedarse ahí, dentro del tanque
para siempre.





Otros poemas de Marcelo Leites, aquí

Imagen: Facebook de ML

Pablo Anadón


Las tres de la mañana






A esta hora —las tres de la mañana— 
la vida pareciera suspendida, 
ausente, silenciosa, entre paréntesis, 
ovillada en sí misma, adormecida, 
como la gata en el sillón del living. 

No hay trámites que hacer, no hay constricciones 
de la existencia en sociedad, llamadas 
telefónicas, médicos, visitas, 
compras, y sobre todo, decisiones 
que tomar: ya mañana se verá. 

En estas horas, solo bajo el círculo 
que la lámpara crea alrededor 
de mí, yo soy feliz, a mi manera: 
me basta un libro, un poco de tabaco, 
un poco de ginebra, una libreta 

y esta plateada lapicera, que ella 
me regaló, cuando era de verdad 
feliz, de otra manera, a la manera 
solitaria también, cuando se ama. 
¿Volveré a ser feliz de esa manera? 

Quién lo puede saber, que es el amor 
igual que la llegada de un poema: 
un día, casi sin querer, estamos 
escribiendo palabras que nos dejan 
desnudos, indefensos, abrazados 

a una promesa de felicidad, 
que según Stendhal es la belleza, 
y es el amor, y es la poesía, y es 
la vida en esa extraña plenitud, 
todo el dolor y toda la alegría 

si unos ojos nos miran o nos dejan 
de mirar —y oscurecen o iluminan
el mundo—, si una boca se contrae 
en un pliegue indeciso entre el desdén
y una sonrisa que detiene el tiempo.

Sí, en eso la poesía y el amor 
se parecen: que llegan cuando quieren 
—como el pájaro en lo alto de la rama 
del fresno esta mañana, y parte lejos 
mientras la rama tiembla todavía—, 

Y dan al transcurrir indiferente 
de los días la forma de un sentido, 
enigmático aún, reconocible, 
sin embargo, como una epifanía 
de lo que somos, lo que no sabíamos 

que éramos. Al fin, esa promesa 
de dicha ya es la dicha, hecha palabra, 
amor que nos redime del dolor 
de toda nuestra vida: forma pura 
donde dos soledades se reúnen 

en un abrazo lento, en la lectura, 
un instante que pide eternidad. 
Decía, pues, que en estas horas, es 
cuando estoy más en paz conmigo mismo. 
Ya no sé si la noche es la metáfora 

de la muerte o la vida: en ella aprendo 
a ser ése que soy, sí, “pobre cosa 
—vuelve con las palabras lo vivido—
que transfigura a veces la poesía”. 
Mañana —es decir, hoy— será otro día.





Otros poemas de Pablo Anadón, aquí
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Imagen: www.diariosumario.com.ar


Manuel Sánchez

Las partes más vestidas de la casa 





No es un lugar seguro
el del sofá con vistas a la infancia.

Un martes, como otros,
podemos recibir una llamada
desde un tiempo perdido en las edades,
y no quiere decir que estemos lejos
por mucho que el aspecto de la piel
muestre historias de vida inevitable
o ya no existan  piezas de repuesto
para juguetes rotos.

Hoy aprenden los años  a peinarse  en  mi casa.

Y el resplandor del sol
es una forma de mirar por la ventana,
sin que nadie conteste a nuestro lado.

Tibiamente al contacto
con estrellas que temen la memoria,
veo sillas vacías
que se acomodan solas
en un desorden de ausencias primitivas.
Y si suena la música
es porque se derriten los mensajes lejanos
que duermen como hielos en la boca.





Supongo que hablaremos





Enero es esa historia
de la nieve cayendo sobre un cristal de tren.
                                          Alguien contó relatos
de jóvenes cautivas, de delincuentes huérfanos,
de una ciudad que apenas yo distingo
donde quedan dormidas las huellas de los cuerpos,
y se enfrentan los años
a una edad perfilada con exceso de sombras.

Hace ya algunos meses
que ir a cortarme el pelo no tiene mucha gracia.
No hay cabellera firme que no me haga pensar
en un rincón dorado del planeta
cuando va a amanecer.

Algo tan cotidiano como un sabor a niebla
crece si se le mezcla con champagne,
y todo se reduce a estar vivo una vida.

                                         Yo me asomaba para ver las calles
tendidas como espinas de pescado,
 para observar flotando los paraguas
entre luces acuosas;
lo vertical, el ángulo.
Y eso que desde entonces
ya llevaba  la noche manchada con carmín,
fruto de algún secreto persistente.
                                              Decía que
un argumento débil me lamia las manos.

Puede que la verdad se la cuente a un amigo.





Manuel Sánchez (1945, Madrid, España)

Imagen: Propiedad del autor




Mauro Viñuela



Moras





moras pintadas en asfalto
una rama de paraíso australiano eleva alcantarillas
las gotas enumeradas y tu esplendor 
retomado antes de la esquina

estamos ungidos de Castrol

y marchamos hacia el pórtico Mercedes Benz
puro el gorrión picotea de tu panecillo Bake Corporatión
transgénica la mañana
nos estudian hasta los brontosaurios en vidriera
y estamos salvos
averiguando el origen de nuestro mito
entre las hojas que corren con el agua
Te pareces a Sony conservando el murmullo de tus días
retienes el Hamlet de los olores
diríase  existes





Pavesa





Ilumina
instantes

orbitando en llamas
el cuerpo de los siglos

todo desaparece







Otros poemas de Mauro Viñuela, aquí


Manoel de Barros




Autorretrato hablado





Vengo de un Cuiabá garimpo y de callecitas tortuosas.
Mi padre tuvo un puesto de bananas en el Beco da
           Marinha, donde nací.
Me crié en el Pantanal de Corumbá, entre animales del
           suelo, personas humildes, aves, árboles y ríos.
Aprecio vivir en lugares decadentes por puro gusto
           de estar entre piedras y lagartos.
Hacer apreciar lo despreciado es algo que me place.
Ya publiqué 10 libros de poesía; al publicarlos me
           siento como deshonrado y huyo al Pantanal
           donde soy bendecido a garzas.
Me busqué la vida entera y no me encontré — por eso
           fui salvado.
Descubrí que todos los caminos llevan a la ignorancia.
           No fui a parar a la alcantarilla porque heredé
           una chacra de ganado. Los bueyes me recrean.
¡Ahora soy tan ocaso!
Estoy en la categoría de sufrir de moral, porque sólo
           hago cosas inútiles.
En mi morir hay un dolor de árbol.





///





En las Metamorfosis, en doscientas cuarenta fábulas,
           Ovidio muestra seres humanos transformados en
           piedras, vegetales, animales, cosas.
Un nuevo ejercicio sería que los entes ya transformados
           hablaran un dialecto cosal, larval, piedral etc.
Nacería un lenguaje madrugante, adánico, edénico,
           inaugural –
que los poetas aprenderían – siempre y cuando volvieran
           a los niños que fueron
           a las ranas que fueron
           a las piedras que fueron.
Para volver a la infancia, los poetas también tendrían
           que reaprender a errar la lengua.
¿Pero esto es una invitación a la ignorancia?
¿A inocular el idioma en los mosquitos?
Sería una demencia peregrina.





///





El río que daba la vuelta detrás de nuestra casa era
           la imagen de un vidrio blando que daba la vuelta
           detrás de la casa.
Después pasó un hombre y dijo: esa vuelta que da
           el río detrás de tu casa se llama ensenada.
Ya no era la imagen de una culebra de vidrio que
           daba la vuelta detrás de casa.
Era una ensenada.
Creo que el nombre empobreció la imagen.





Manoel de Barros (1916, Cuiabá, Mato Grosso / 2014, Campo Grande Mato Grosso del Sur, Brasil)
Traducción: Teresa Arijón
Fuente: http://www.con-versiones.com/nota1040.htm
Enlaces: http://www.elfikurten.com.br/2011/02/manoel-de-barros-natureza-e-sua-fonte.html

Imagen: www.entretenimiento.uol.com.br






Diana Laurencich




Día de la madre





Hubo un día
en que el padre le golpeó a la madre
entre la heladera y el horno
el pollo y el fuego
el hombro y el corazón

hubo un día
mucho después
en que el hijo del padre
empujó a la madre
contra la heladera
cerca del horno
le golpeó en el hombro
y el corazón
mientras el pollo se asaba al fuego.





Al este de la cordura





La belleza se encuentra en cualquier parte
en un pino coronado por un pajarraco amarillo
en la voz desesperada de los que no pueden cantar
en un penal atajado con halopidol en las venas
en la hormiga que levanta diez veces su peso en la tarde de invierno
ajena a patrullas y ratis
ajena a los gritos
que ya no escucha la tía Darinka con su eterno rodete de trenzas
ni el viejo que no estira la pata en la clínica privada
al lado de Juan de noventa y seis años
todo mi malestar doctora-dice-
todo mi mal yo sé lo saco por el ano
traiganme por favor el alcohol que tengo a la derecha en mi cómoda
me froto el vientre doctora
y me siento al sol a esperar
nada más

la hormiga está al sol
que pidieron varios esta semana
die sonne -femenino en alemán-
alivio al corazón
destierro de melancolía

aún
la belleza se nos aparece igual
inaudita y fugaz
en un desequilibrio del tiempo
tregua de dios en su ahorque
el viento
los ojos
el viento
el llanto
el viento
y la reja que se cierra dejándonos de este lado
al este del paraíso
-cerrá- ordena alguien
y me voy

¿ Estoy afuera? 







Diana Laurencich (1963, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: Propiedad de la autora



Marcelo Cohen



Ademanes durante los adioses






Esta imprecisa ciudad donde las gaviotas
conviven con las cotorritas
no es el escenario menos apto.
Confiémonos pues a la luz de invierno
recamada de hollín y obligaciones;
admiremos si hay sol las lentejuelas
del frío -tanta película para ver,
exposiciones fascinantes, volutas
modernistas en la piedra, consoladoras cenas-
y tengamos presente incluso que del otro
lado es verano, con caballos de vapor
sobre el río irisado y explosivos
chubascos en la madrugada. Porque
confirmar la oposición nos duele menos
que atender a la mampara donde
cada botón de la espontaineidad
proyecta una figura compuesta, que
fue creada en su momento entre dos,
o más, y ya pasó. Revolotean en esa superficie
tantos juegos de baraja junto al mar
como ciertos sabores, u olor de hospitales,
o incursiones jubilosas en la librería.
Con tanta reminiscencia no se puede;
sobre todo, no se puede con lo mucho que fue dicho
y no bastó. Ahora es de la pausa; un estanque
seco entre atisbos de lluvia. Así pues,
retendremos de la despedida, no el silencio
que estalla de sensaciones, que inflexiblemente
rechaza los añadidos, sino la claudicación
un poco aparatosa que al cabo nos acerca
todavía más. Tengamos a mano el aceite
del porvenir, su homogénea danza sobre las aguas
agrietadas -el destino. Y veamos entonces el momento:
cada uno alza el brazo como puede, es decir;
lo alza con un chirrido deshonroso, toca un hombro
o ni siquiera -porque está en penumbra-
y permanece atornillado a la fungible vida
que eligió, como entusiasmo y paliativo,
aunque no sin un fulgor particular, irreemplazable,
que los ojos del otro, con todo y velados,
no dejarán de advertir como si fuera suyo.
En el gran viaje, ese fulgor será el recuerdo.




Marcelo Cohen (1951, Buenos Aires, Argentina)

Imagen: www.revistaenie.clarin.com