Ángel Faretta, poemas inéditos




Tras reeler la "Consolación" de Boecio




No callar una vez, callar dos veces,
la razón enaltece
al silencio un tiempo
y luego lo desdeña
sabiéndolo su misma entraña y peña,
y a otro lo abisma
en modo halagüeño
tornándolo ensueño,
espuma, mar, figura,
coto, albergue, clan, llama, nieve, pan,
lamia, mal; impura forma del hablar
y errado de creer que todo cura.






Sobre la prohibición del incesto





Un mismo deseo va desde
la mirada del padre
hasta la del ajeno.
El mismo deseo corre
del ojo paterno
al externo.
No hay curva, pliegue
que el ojo no desee
aunque altere
el entendimiento.
Es que asintiendo
la mirada acepta
que la visión repta
a la misma meta.
Miramos lo mismo
sobre un abismo
que el ojo detalla
y que la boca calla.
No hay nada sin embargo,
tan sólo un encargo
de millones de años atrás
llegando con nuevo disfraz
en su propio Alcatraz
tan fiero como férreo
y tan prieto como hórreo
donde se cuece el grano
del propio molino
que vuelve tan fino
algo tan grueso.
Mira y mira el ojo
y recrea a su antojo
lo que ve.
Ya sé. Ya sé.
Contrario a la fe
es a veces,
con creces
desea lo que mira
y no se anima
a pedir a la mano
lo que el ojo
ofrece esa vez
en el doblez
o en la tirante forma
y en la repetida norma
de mirar perplejo
en un espejo
que es su propio ser.
Porque si cesara de ver
sería nada y no él.





El saber del cuatro 





El espejo no te da su reflejo
sino lo que ponés en él;
te devuelve a vos, perplejo,
en el cuarto de un hotel,
la apariencia fugitiva
de tu imagen unitiva,
mientras en otra pieza,
a kilómetros de distancia,
con igual, la misma ansia,
la pareja imitativa
de ese otro se refleja
circunstancialmente
en otro, raudamente.
Y ese otro se asemeja
al reflejo de un tercero,
y así el entero
que forman -cuarto,
espejo, imagen,
son -al margen- cuatro






Niño mimado





Ay Dios santo este chico,
decía la madre mirando al cielo
preocupada y en continuo desvelo
por su retoño y polluelo
al que notaba algo inquieto
últimamente.
Será que el antes recoleto
repentinamente
ha madurado
¿O no se dice así?
Se dice alienado
que suena mejor
y no dice mucho
será por el chucho
que provoca
en la madre
que al niño toca
y no siente en él
la carne de aquél
con quien creó el troquel
de esto que ahora
busca sin demora
partir cuanto antes.
¿Con otros infantes?
Seguramente
tan contestes
como el suyo
en salir de apuro
a los agrestes
prados y senderos
de la vida.





Nuestros supuestos amigos





Nuestros supuestos amigos
no hacen otra cosa
que llamar cuando tienen ganas,
contarnos alguna novedad
de sus chatas vidas,
que por lo general consisten
en repetirnos una y otra vez,
que como tantas veces,
están en algo, nuevo, distinto,
que seguramente no habrán de terminar
como las veces anteriores.
O que han enlazado pene o vagina
en hoyo o falo maravilloso, único,
que por ello mismo deben nimbar
de características éticas, anímicas,
o espirituales imposibles de ser
justificadas más allá de la cama
o del baño y bidet donde nos lavamos
de tales revelaciones y epifanías.
Otras veces nos incordian
con sus súbitas conversiones
y entonces serían capaces
de hacer teología con Agustín
y con el propio Papa.
Más de las veces tenemos
que tolerarlos por sus inquietudes,
y preguntarnos por éste autor
o por aquella cita.
Nada les importa,
sólo lo que desean
saciar en ese momento.
Así pasan los años,
ellos siguen con lo mismo.
Sentimos abrirse el abismo
y temer no llegar a la meta,
no terminar la obra o novela,
completar teoría o poema.
Les hemos avisado,
una y mil veces,
les hemos dicho
de todas las maneras posibles,
hemos gritado, llorado, avisado,
pero nada. Tenaz como el mal aliento,
allí esperan del otro lado
del teléfono o acechando en el correo
cibernético. Siempre con sus novedades
repetidas y con sus instantes eyaculatorios
u orgásmicos que pasan por revoluciones,
y nada de nosotros que pueda advertirles,
que nos roban tiempo y no dan nada,
pero nada, a cambio del nuestro.
Y encima -¡ja!- nos llaman maestro.





Individuación





Cuando de chicos vemos
sentado a nuestro lado
feliz en su banco escolar
a cualquier animal
al que creemos
más feliz y dotado
de sabrá Dios qué dones,
nos sentimos desdichados
y decimos ¿por qué
no estaré en su lugar?
Así otros que nos vieron
entonces, y ahora nos ven
desde su puesto respectivo,
dirán una vez más
¿Por qué no soy yo ese capaz
de no ser y sufrir lo que yo?
Así, una vez más, cuándo no,
se repite el carrusel de visiones
donde cada quién
desea ser otro y este otro
no es más que ilusiones
que le facilitan nuestro deseo
y ojo dirigido a su vicaria cualidad
efímera, que la vuelve eternidad
nuestro desconsuelo de ese día,
y creemos ver pura algarabía
en la simple y chata otredad.





Autoconciencia





De nuevo esto está bien y ahora qué hago
se dice todo artífice ante el halago
de su propio elogio y conciencia
que es toda, pero toda la ciencia
de la que disponer pueda
ante el girar de la rueda
de su hacer periférico
y del andar meteórico
de la obra al fin terminada.
¿Y ahora de nuevo esa nada
en el estómago y en la mollera?
¿De nuevo la más que huera
ausencia de deseo por aquello
por lo que antes dio el pellejo?
¿Qué hacer entonces ahora
que el pincel ya no dora
superficies, ni el lápiz crea
seres de artificio y de cera
que fabrica en su interior
el primer y segundo motor
de la imaginación rampante
que es -sabe- la voz cantante
vuelta a reclamar acción,
correr de nuevo ese maratón
del ser buscando el artificio
y paralelo eludir el maleficio
cuando pone manos a la obra
y ve que la duración no sobra.





Didáctica: epigrama





No te confíes del que asiente
que tal vez con su mirada miente;
es que impotente en la disputa
calla y actúa como una puta
que ablanda a su premioso cliente
con pose astuta y reticente;
asienten con la fría mirada
a una lección que les sabe a nada.





Ángel Faretta (1953, Buenos Aires, Argentina)
De: “Donde hay una adivinanza" (Inédito)

Imagen: www.datuopinion.com


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