13 enero 2015

Carlos Alcorta, cuatro poemas inéditos



Parte de la historia






Un día como éste, también ventoso
y húmedo, cuando apenas faltaban unas horas
para embarcar con rumbo
a la Península y era el uniforme
militar, restituido ya al celoso furriel,
un colgajo arrugado y maloliente,
baqueteado en marchas nocturnas y maniobras
intimidatorias en la frontera;
un doce de febrero por la tarde,
de hace ya más de treinta años organizaba
mi equipaje y decía adiós al campo
de instrucción, a los gritos del oficial
al mando ― Joseph Roth las describió
en Puesto de vigía como “amargas 
vejaciones” ― y al miedo acuartelado
en el cuerpo de guardia, persuadido
de que finalizaba una etapa superflua
de mi vida. Tricornios, metralletas,
amenazantes ráfagas de fuego amotinado
dentro del hemiciclo me sorprenden
varios días después, mientras reparo
algunos desperfectos en mi casa
con más voluntad que pericia. Vuelve 
el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales
conjurados y guardias civiles a sus órdenes
pretenden convertir la faz de España
en un cuartel inmenso sometido
a sus delirios. Tengo frío, el pánico
no me deja pensar con claridad.
Mis ojos no se apartan
de la pantalla del televisor.
Pasé la noche en vela hasta que supe
que habían fracasado. No podía
imaginar entonces que la suerte
de poeta joven que estrené meses 
después me atribuiría responsabilidades
futuras en el curso de la historia,
y en mi propia manera de entenderla.






San Zeno Maggiore





Era casi de noche. Lloviznaba
la última vez que estuve en esta plaza,
mientras porfiados reflectores
percutían sobre la fachada
de la basílica abrillantando
impunemente un toldo pintado, un trampantojo.

Como un gato nocturno, 
cegados construyeron mis ojos un precario
armazón para el pensamiento.

Ennoblece hoy el amortiguado sol
columnas, arcos, toba, el mármol rosa
de pilastras y leones, aunque su potestad
no alcanza los rincones de la explana más sombríos,
en donde permanece
despreocupada la resbaladiza
escarcha de la noche precedente.

El agnóstico nada más observa,
aún no saca conclusiones.

La iglesia está vacía. En un pequeño
locutorio, lacrado como un confesionario,
dormita el vigilante que me vende
la entrada. Casi a tientas desciendo hacia la cripta
donde Romeo desposó a Julieta
─la mortecina luz de candelabros
mugrientos crea junto a los ventanales
un mundo fantasmal, de evanescentes
apariencias, igual que si fueran actores
de cine, despojados de formas absolutas─,
subo y bajo peldaños, me demoro
como si obedeciera un precepto
que no acierto a personificar
ni cuando escribo, en un descansillo
no consagrado a la oración. 
No es un ultimátum divino 
o el despertar de una conciencia
religiosa lo que me inmoviliza,
sino la humana seducción del arte 
que convierte en prodigio un acto cotidiano,
el peso de una lágrima, el color
cárdeno de la toga, el ligero arco levitante.

Me postro ante el reclinatorio
como quien cumple una promesa,
hasta que me duelen las rodillas,
hasta que la circulación sanguínea
se paraliza y punzan en la blanda
piel mil cristales rotos, rasgándola,
como cuando pretendes
paliar la sed bebiendo agua muy fría. 
Un mudo habla de nuevo, recobra el ciego el don
de la vista. Suplican mis sentidos.
¿Es ahora el futuro del pasado?
¿Soy en este instante el niño
que fui después? ¿Es más grande el vacío
al recordarlo que antes, mientras lo percibía,
o quizá la escritura resucita
otros sentidos que ignoraba 
poseer? Asciendo hasta el altar despacio.
No deseo romper este silencio
místico, similar al que prolonga
el orgasmo. Examino el perímetro.
Hago cientos de fotos. Descompongo
el conjunto. Enmascaro mis creencias. No me mueve
fe alguna porque veo en las pinturas
más que fervor, idolatría, angustia
de vivir, servidumbres hereditarias, nada
que proporcione libertad al siervo
ante el destino. Desde lo más íntimo
de mi ser veo a ese hombre que aún quiere
encarnarse en un héroe abrumado
por un amor furtivo que parte hacia la guerra,
un Ivanhoe real, acerados
mis sueños, más letales que su espada.

Entre mi mundo y el suyo no hay paz
posible. Son los muros de la historia,
sutiles, invisibles los que logran
distanciarnos. Existen otras maneras de morir
más crueles que la espada, como el frío o el hambre.





White Horse Beach






Ensombrece la luz solar un brusco
movimiento de nubes
escalonadas que apuntalan
en las sombras mi pensamiento,
distraído hasta entonces en relampagueantes
charcos desperdigados por la arena
que escapan hacia el mar en tersos hilos
de agua, charcos accidentalmente 
recordados en el momento en el que escribo, 
porque un poema es una convención,
en él la realidad se reconoce
a sí misma inventándola al decirla. 

Dentro de la mochila 
se apiñan latas de cerveza, frascos
de loción hidratante, antiguos fuegos
debilitados por el desafecto
cotidiano que he acarreado dentro
del equipaje miles de kilómetros
ignorándolo, como si fuera ese parásito
intestinal que no consigo
exterminar. Mientras recojo piedras
deslavadas y conchas de moluscos
enmarañadas por el oleaje
en la caloca y mi hijo selecciona
emocionado las de irisaciones
más atrayentes, me detengo ajeno 
al paisaje, añorando otro momento
mejor, al otro lado del océano.

No dejo de pensar en lo distintos
que somos, en la forma tan opuesta
de expresar nuestras emociones, 
aunque sea el silencio ese espejo
desalmado que muestra las penurias
cotidianas que nos consumen.
La indiferencia no es la bienvenida
que esperaba. ¿Será este tu modo
de aferrarte a un pasado familiar
mitificado desde niña 
o una ocurrente táctica 
para romper ese eslabón 
imaginario que te ata a mi vida?





Cimez Lectularius





Notaste atolondrados movimientos
de origen animal aventurándose
por tus piernas, sagaces, obsesivos
igual que esa manada
de jadeantes felinos despiadados
atravesando la sabana ambigua
que viste en un documental nocturno.

Tus dedos rastrearon el centro del picor
sin encontrar a los parásitos
que pugnaban por su supervivencia.
Aparecieron manchas rojizas en tu piel,
espantosas, púrpuras en su cumbre,
como un volcán a punto de estallar.
Inspeccionaste con ahínco el campo
de operaciones. Cuerpos incansables
ocultos en las fibras capilares
ejecutan impunemente el plan
previsto sin que puedas hacer nada.

Restaste importancia a las picaduras
y te burlaste de ese insecto esquivo,
al que aún no ponías nombre, que la pasada
noche se alimentó de tus problemas,
de tu sangre doliente. Temías iniciar
otra disputa más y te esforzaste
por ver las cosas de la misma forma
que ella las percibía, con la incómoda
sensación de que formular alguna
queja a los empleados del hotel
quebrantaba su escaso sentido del ridículo, 
algo que no podía permitirse
ni a miles de kilómetros de casa.

Ya intuías, sin duda, gracias a su naturaleza
precavida, a su exacerbado
solipsismo que no conviene decir toda
la verdad, ni siquiera a los más íntimos.
Las confidencias son un arma
de doble filo. Alivian el peso de la culpa,
pero convierten el futuro en algo parecido
a una pista de hielo en el desierto.





Carlos Alcorta (1959, Torrelavega, Cantabria, España)
Del libro próximo a publicarse: "Ahora es la noche"
Enlaces:
Imagen: www.revistatarantula.com


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