Joshua Corey




Mercado de déficit cognitivo





Ella ha olvidado lo que olvidó
esta mañana: sus llaves, la tostada en la tostadora que ennegrece
el interior de cráneos amados, pequeños planetarios
que proyectan constelaciones cada vez más
incompletas y extravagantes: el Culo
Grávido, la Rueda Mesozoica, la Gran
Barba de Chivo, el Ínfimo Fascista. Al otro lado de su ventana

se congrega un gentío que bulle en blanca confusión
como leche que hierve hasta secarse en la sartén—algunos
alzan dedos para apuntar en esta o aquella dirección
con certeza saltimbanqui pero
ellos están demasiado cerca para todas
esas manos voladoras, de manera que botan anteojos
y sombreros—disculpas inaudibles, alguien ofrece
un puño, la reyerta inunda el exiguo tráfico
de bicitaxis y camiones repartidores llenos hasta el copete
de lechugas que se pudren. Mientras, por encima de todo,
ella prepara las cosas del té: taza y plato de cerámica,
cucharita de peltre, tetera de hierro enguijarrado, un pedazo
de Sara Lee. Espera recordar
encender la radio, escuchar cuando venga el ascensor, cuando
se cierre el candado o alguien llame
a la puerta. Dentro de poco ella lo dejará todo
en la misma configuración
que hay en el fondo de un limpio fregadero blanco
con su grifo goteante.
Nosotros, que observamos esto, ya medio vueltos
hacia jardines soleados o hacia el semirremolque que se  aproxima
sin ser el que está muerto pero tampoco exactamente vivo.
La piel es un guante que se arruga al tensarse.
Lo mismo el cerebelo. Una partida
de ajedrez entre juanpalos—me refiero a los insectos
esos que parecen de madera. Yo digo que aparentamos
a partir de fotos y repeticiones
lo que nos jugamos en estos nombres sin peso.




Joshua Corey (1970, New York, Estados Unidos de Norteamérica)
Fuente: www.poets.org 
Traduccion: Gustavo Adolfo Chaves en http://cafeverlaine.blogspot.com.ar/2011/09/un-poema-joshua-corey.html

Imagen: www.poetryfoundation.org


Cognitive Deficit Market 


She has forgotten what she forgot
this morning: her keys, toast in the toaster blackening
the insides of beloved skulls, little planetariums
projecting increasingly incomplete
and fanciful constellations: the Gravid
Ass, the Mesozoic Cartwheel, the Big
Goatee, the Littlest Fascist. Outside her window
a crowd gathers, seething in white confusion
like milk boiling dry in a saucepan—some
lift fingers to point this way and that
with herky-jerky certainty but
they’re standing too close for all
those flying hands so that eyeglasses and hats
fall—apologies inaudible, someone hands
a fist, the brawl overwhelms the meager traffic
of pedicabs and delivery trucks stacked high
with rotting lettuce. Meanwhile above it all
she’s setting out the tea things: ceramic cup and saucer,
little pewter spoon, pebbled iron pot, a slice
of Sara Lee. Waiting to remember
to turn the radio on, listen for the elevator, for
the lock to turn or a knock
on the door. In a little while she’ll put everything
away in the same configuration
at the bottom of a clean white sink
with its faucet dripping.
We who watch this, half-turned away already
toward sunny gardens or the oncoming semi—
being not the one dead but not exactly alive either.
The skin is a glove that wrinkles as it tightens.
The cerebellum’s the same. A game
of chess between walking sticks—I mean the insects
made up to resemble wood. I say we dissemble
from photos and repetition
our stakes in these weightless names.




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