Patricio Emilio Torne



El río





Vi el río, su orilla, la profundidad de su cauce,
su potestad, su desborde, el desconsuelo, la aparición
de algún cardumen de dientes afilados que siempre está al acecho,
un remolino que intentará llevarte a sus fauces.
La corriente y su mensaje atrayendo como un imán,
directo al corazón en el recuerdo de los días de la infancia.
La rama del sauce acariciando, con su mano de seda,
las oraciones del que pesca, el vuelo rasante de la garza,
el paso militar de los gallitos del agua,
y la presa en el pico del martín pescador.
Veo el río, mi historia zambulléndose en sus aguas,
y la torpe manera de sostener mi cuerpo en la superficie.
Sé que si hay un modo de tocar el barro,
en barro habría de convertirme para sostener las raíces del irupé,
y hacer mía esa fuente, esa flor, de una vez, para saber
que alguna vez la tuve.
Nada existe como es, sino existe como ha sido.

Alguien tira la red, alguien recoge el espinel.
Cada quien busca el sustento que lo mantendrá atado
a un paisaje, una religión de supervivencia y penas.
Siempre hay un anclaje que nos lleva al fondo de las cosas,
y siempre una barca donde nos dejamos llevar.
Aunque dudemos,  le quitemos un sí a ciegas,
o nos vare la desconfianza, la corriente intentará
dejarnos en buen puerto, nos entregamos, pensando
que siempre habrá un árbol, de cuyas ramas,
ha de surgir el sostén para salvarnos a tiempo.

Así el río ante nuestra mirada, la memoria y el eterno regreso.
Así nuestra manera de celebrar su modo de estar allí,
y ser bautizados por sus aguas.
El río en el desborde de mi corazón
y la sensualidad al tacto de mis pies,
el río como una cuna donde me duermo
en la candidez del recuerdo, y donde juego
y vuelvo a zambullirme para que no me pesquen.

El río, no como fuente, sino como praxis.
El mismo donde alguna vez se te lavó la ropa,
donde enjuagaste tu pelo, te bañaste,
batiste un récord, o simplemente usaste
para regocijo del verano,
como un modo de salvar lo que nos da la tierra.





Fresno





Así como así,
lo que era transparencia
en la reverberación de la tarde
se oscurece. 
El contorno de las cosas
y su etimología
se trastocan: la lisura es aspereza
y los frutos se descomponen sin madurar.
Entre el viento que no cesa
y la rama que ya no puede,
algo está por colapsar en el paisaje de la calle.
Tras el aire ceniciento,
al alcance de una pedrada,
el cartel del supermercado anuncia ofertas
como si fuera un bálsamo ante los ojos.
La vida se ha vuelto eso,
una suma de ínfimas posibilidades
con nombres de productos
que quieren satisfacerte.
Sabemos bien que las ofertas
no dan sombras, pero en ellas,
comprando las que se puedan, está
la posibilidad de ensombrecernos.
El cuerpo todo en su sensibilidad
presiente el filo
que habrá de vencer al árbol.
El fresno, a lo largo de su existencia,
hace lo imposible por resistir 
las embestidas del viento,
la mala poda,
la intolerancia del hombre
y el desprecio natural
por todo aquello que no entra
en el decálogo mezquino de los intereses,
Siempre ha sabido
que su sombra vale menos
que el kilo de papas, así las cosas
horadando su cimiente.
El corazón resiste  todo engaño
del que es objeto hasta donde puede.
Agosto quiere dar el golpe final
y nada hay que pueda hacerse,
salvo no sucumbir ante la impotencia,
y como el fresno,
reverdecer en primavera,
saber que habremos de volvernos oro
cuando llegue el otoño, sin que ello
garantice que pasemos el invierno.





Patricio E. Torne (1956, Helvecia, Provincia de Santa Fe, Argentina. Reside en Villa Mercedes, San Luis)

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.