05 junio 2015

Los poetas y el trabajo: trabajos forzados de poetas y escritores

El 9 de octubre de 1897, durante la primera fiebre del oro, Jack London desembarcó en Klondike. Aquel invierno vivió en una cabaña abandonada, rodeado de lobos. Transportaba maletas por la nieve y cuesta arriba: millas y millas cargado con ciento cincuenta libras de peso. Se sentía más fuerte que los indios y lleno de salud. Cuando escribía, le dolía la espalda. Al escribir a máquina, se veía aquejado de repentinos dolores en los brazos, que le bajaban hasta los dedos. La columna vertebral, que «tan lealmente» le había servido en los días de viento y durante las tormentas, se veía ahora humillada por aquella máquina, que le obligaba «a estar doblado en dos», y le infligía «dolores fortísimos», como si tuviese reumatismo. Carmina non dant panem; muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar. A comienzos del siglo xx —antes de que el Estado mecenas comenzara a ofrecer a los intelectuales variadas prebendas—, los trabajos podían ser de lo más extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo; pero casi todos, poetas y narradores, coincidían en quejarse de que la escritura era la tarea más agotadora de todas. Charles Bukowski, que en una tarde de borrachera era capaz de arrasar a hierro y fuego una casa, y que al sueño americano contraponía la escritura del exceso —de alcohol, sexo y excesos de variada naturaleza—, trabajó en realidad disciplinadamente, durante catorce años, como cartero. Cuando le dieron un sueldo por escribir, se quedó paralizado por el terror toda una semana, y solo después se puso a trabajar. Pero las conferencias a las que le invitaban continuaron asustándole mortalmente; durante el día bebía y vomitaba; luego, en el momento de hablar, volvía a beber, y poco a poco le crecía la irritación hacia el público, que a veces respondía a botellazos. Era más fácil trabajar en la fábrica, sostenía, pálido de miedo, porque en la fábrica «no había tanta presión». Maxim Gorki era todavía un niño cuando entró a trabajar como descargador en el Volga, acarreando él solo, «para envidia de los mayores», cajas de cien libras. Más tarde fue pinche, fogonero, pescador, panadero… Hacía catorce horas de cola de noche o de día, en bodegas o salinas calientes. Pero bastó que uno de sus cuentos tuviera éxito y pasara a colaborar en varios periódicos y tuviera que escribir dos artículos al día, para que confesara que ese «trabajo esclavo» lo agotaba: «era superior a sus fuerzas». Por su parte, Dashiell Hammett, el inventor del género negro, quiso ser investigador privado toda su vida, o, si acaso, reportero, incluso cuando la tuberculosis lo había convertido en un dandy larguirucho de cincuenta y siete kilos y casi dos metros de altura. (A veces, los trabajos más sedentarios pueden parecerles extenuantes a algunos escritores: si Anatole France dirigió durante quince años la Biblioteca del Senado francés, Marcel Proust no resistió ni un solo día en la Biblioteca Mazarin.) Muchos escritores se quejan de la naturaleza vampírica de la escritura. Italo Svevo, para convertirse en «un buen industrial», se obligó a abandonar las novelas, porque si se le ocurría una sola frase, ya estaba perdido para la vida activa durante una semana entera. Escribió sobre una tarjeta de visita «Comercial» y llegó a ser un gran emprendedor en el sector de las pinturas navales. De hecho, tras los trabajos forzados a los que se dedican los escritores del primer tercio del siglo xx, a menudo se prefieren los trabajos más distantes y mecánicos. Bohumil Hrabal lo practicaba: hacía trabajos que no le satisfacían, desagradables y contrarios a su naturaleza (fue, por ejemplo, agente de seguros, y eso que era timidísimo), ya que así podía superarse y obligarse a observar la realidad con una lente deformada y fantástica. En 1948, el socialismo real obligó a cambiar de trabajo a millones de checos, transformando a profesores y a artistas en obreros no cualificados. Hrabal trabajó en las acerías y casi perdió la vida en el empeño. Georges Perec era ya moderadamente famoso, pero no por ello abandonó su empleo subalterno de documentalista en un laboratorio médico. Se acercaba a la cuarentena y ganaba premios literarios. Los colegas del CNRS lo miraban perplejos; le propusieron un ascenso si se reciclaba como informático. Perec no tenía la más mínima intención de hacerlo. Pensaba que si para un escritor es peligroso hacer carrera, todavía es peor depender de la escritura para vivir —peor para la escritura—. Cuarenta horas a la semana, y después era libre para crear lo que le pareciera (lo pensaba ya en el xviii Voltaire: es imposible ocuparse de la cultura sin una buena base económica, es una cuestión de libertad intelectual; se las arregló, efectivamente, para hacer fortuna traficando con esclavos, pero fundó el mundo moderno de la tolerancia). Kafka sin embargo tenía remordimientos por trabajar como agente de seguros. Pensaba en el poeta Paul Adler, que no hacía nada, que iba mendigando los favores de un amigo y de otro, con su mujer y sus hijos, consagrado a su vocación; no como él, que naufragaba en una vida de burócrata. En ocasiones, Kafka era más indulgente con el trabajo y decía que liberaba al hombre del sueño que lo deslumbra, dejándolo entregado a la habitual nostalgia de la confianza. Eliot renunció a enseñar en Harvard para ser empleado de banca. Trabajaba en un sótano, inclinado, «como un pájaro negro en un comedero», sobre una mesa repleta de cartas; a un metro de la cabeza, un cristal, que daba a las aceras de la calle, donde sonaban incesantemente los tacones. Se divertía un montón manejando los números; el trabajo le dejaba tiempo «para sus tareas» y para sus amigos. Cuando un editor descubrió que el mejor poeta americano era además un buen contable, creyó que aquello era un sueño, y le confió su empresa. A los veintidós años, Guillaume Apollinaire también trabajó como empleado de banco; el banco quebró casi de inmediato, pero los trayectos atravesando París, de vuelta de la sucursal de la Chaussée d'Antin, y sus otros recorridos de trabajo y de vagabundeo, dieron lugar a poemas que pusieron los cimientos de la poesía del siglo xx. Los trabajos apacibles no son necesariamente menos interesantes para la escritura.
El tenebroso Céline consiguió hacer de la profesión médica una prestigiosa empresa internacional: con la Sociedad de Naciones representó, viajando por medio mundo, la medicina occidental (que él llamaba burguesa), antes de convertirse, en los barrios más lúgubres de París, en el más cariñoso, alegre y disponible de los doctores. Y también Mijail Bulgakov consiguió en 1917, con la Revolución recién estallada, transformar el trabajo de médico en una aventura: hasta se enganchó a la morfina. Había administrado suero antidiftérico a un niño enfermo; aspirando con una cánula de la garganta del muchacho fue atacado por una insoportable alergia. Para aliviar la irritación, tomó morfina y con ella adquirió el hábito de la droga; amenazaba con una pistola a su mujer, que se negaba a proporcionarle opio y calmantes, e incluso, en una ocasión, le tiró a la cabeza una lámpara de petróleo. Sufría crisis depresivas y de terror a ser descubierto. Contó todo en Morfina; fue el trabajo de escritor lo que le liberó. Arthur Schnitzler, por el contrario, solo se vio moderadamente importunado por su profesión de médico y, sobre todo, por su vida social. Se divertía «en sociedad, mucho en los bailes», escribió en febrero de 1881: «Bailo con más pasión que nunca. En casa a las seis. Poco después he ido a la sala anatómica a hacer la autopsia de una joven. Estoy confuso». Algunos escritores han falseado experiencias de su vida para hacer más creíbles sus novelas: «Tú solo has visto Verona», decía haciendo punto tía Ada, a quien Emilio Salgari intentaba seducir con sus locuras («Vuelvo de Calcuta, salgo para África»): «Verona, y un poco del Adriático». En el Italia Una, en efecto, que hacía la ruta entre Pellestrina y Brindisi, cargado de tantas lecturas sobre naufragios y de aventuras como pudo, listo para desafiar los hielos del Polo y el calor del Ecuador, el joven Salgari cruzó el Adriático. Un huracán se abalanzó sobre la barca pesquera, de las que en Venecia llaman ratones, y el joven, contagiado de la desesperanza del cocinero de a bordo, pensó: «Está visto que no volveré a probar las sopas de mi madre». Volvió a Venecia afirmando que se había convertido poco menos que en capitán de gran cabotaje, y contando 12 historias de Sumatra, de Borneo y de Ceylán. El director de La Valigia lo tomó en serio, porque estaba en Milán, y fue así como le publicó su primera novela. Creyendo, tal vez con razón, que hacer literatura los aleja de los hombres, muchos escritores utilizan sus trabajos para acercarse a la gente común.
En 1928, George Orwell renunció a la policía birmana. Sentía que, si quería convertirse en escritor, debía desistir de todos sus privilegios, coloniales y de clase, y conocer la vida de los marginados. Vendió sus abrigos y soportó heladas rodeado de vagabundos, que no lo rechazaron —como él temía— a pesar de su acento de Eton. Aprendió que, tras pasar catorce horas limpiando platos o siendo portero en Les Halles, no se tienen ganas de lavarse ni tiempo para pensar, y se pierde poco a poco conciencia del mundo exterior; aprendió también que en ciertas zonas de Londres las pulgas son más grandes. En resumen, vivió toda la experiencia que, en 1933, se convirtió en Vagabundo en París y Londres, y poco a poco en el resto de sus obras maestras. Hasta 1984, que escribió a máquina mientras estaba internado en un sanatorio (por esa vida que había llevado contrajo la tuberculosis), dedicando a la novela unas horas al día, cuando tenía fuerzas. 
Lawrence de Arabia, acostumbrado a dormir en un agujero excavado en el desierto y a cambiarse de ropa cada cuatro meses, también sufrió horriblemente escribiendo Los siete pilares de la sabiduría, trabajando sin horarios y comiendo en las estaciones, porque estaban abiertas toda la noche; dormía en el Embankment, con los vagabundos, y acabó implorando su ingreso en la RAF como simple aviador y bajo nombre falso (quería escapar de los periodistas), porque quería confundirse con sus «semejantes». André Malraux, cuando era ministro, solo escribía sus libros de noche y pensaba que para crear, como para hacer política, era necesario conocer la naturaleza humana. De hecho, reprochaba a De Gaulle no haber «comido con un fontanero» en su vida. 




Ottiero Ottieri dejó a su familia, las comodidades y los estudios literarios para convertirse en un intelectual de izquierdas; así acabó de cortador de cabezas —peor: reclutando trabajadores, entre cuatrocientos mil candidatos—en Pozzuoli. Escribió una obra maestra, Donnarumma all'asalto, divertidísimo y desgarrador testimonio de la cultura de empresa en el marco del atrasado sur italiano de los años cincuenta. Distinto es el caso de Colette. Famosa ya como escritora, utilizó su fama para fundar una pequeña empresa con la que ganar dinero. Abrió en 1932, en plena Depresión y con casi sesenta años, un instituto de belleza, financiado por la princesa de Polignac y por el bajá Al-Glawi, y para el que contó con el apoyo del ministro Maginot (el de la línea defensiva). Colette creó polvos y cremas, diseñó el logo para las etiquetas —un dibujo de su perfil—, e incluso atendía personalmente a los clientes en los grandes almacenes y en las sucursales que se abrieron por toda Francia. Por otra parte, ya en 1909, el avispado marido de Colette, Willy, había aprovechado el éxito de las novelas de la serie de Claudine para lanzar lociones y perfumes con esa marca; pero también los calcetines de niña maliciosa, el célebre cuello de colegiala y sombreros, delantales, cigarrillos y helados. La moda se difundió tanto, que incluso las casas de citas ofertaban falsas colegialas al estilo de Claudine. Sin embargo, el instituto de belleza fracasó. Pero el novio de Colette, Goudeket, que mientras tanto se había puesto a vender émbolos de su invención, pensaba que la empresa no había sido del todo inútil. Para la escritora, el contacto con el público («esa estancia entre los seres vivos») le había inspirado nuevos temas y un nuevo registro, más áspero y sin adornos. Para algunos, el trabajo elegido no es la escritura. Boris Vian, seguramente, amaba más el jazz y su trompeta, que acabaría por romper su corazón defectuoso. Antoine de Saint-Exupéry pensaba que su verdadero trabajo consistía en pilotar aviones. Era la época en la que se navegaba a la vista; sobre los mapas, los pioneros de la aviación nocturna señalaban naranjos y arroyos, y, cuando aterrizaban al atardecer, procuraban evitar los barcos de pesca. Antoine era ya una leyenda cuando, en 1931, se presentó a recibir un premio literario con traje y alpargatas. Llevaba volando veinte horas y no se había afeitado desde hacía tres días; además, tenía toda la cara negra de hollín. Para pagar sus deudas, intentó batir un récord de vuelo para el que estaba previsto un premio de cincuenta mil francos. Cayó en el desierto, el desierto en el que aparecerá el Principito para irritar al aviador varado con sus preguntitas metafísicas. Saint-Exupéry escribió de noche la fábula más leída en el mundo, porque era 1942, él estaba en Estados Unidos y el Ministerio de la Guerra de Washington le consultaba para interpretar las fotos de reconocimiento aéreo. En primavera, Saint-Exupéry estaba ya en África, retomando el servicio activo; no había libro más instructivo, decía, que la tierra vista desde el cielo. También William Faulkner habría querido volar. Al final de la Primera Guerra Mundial, se compró un uniforme de oficial de la RAF y entró en Oxford (en Mississippi) cojeando. Contó que había sufrido un accidente aéreo. Cuando no iba de uniforme, paseaba con los pies descalzos, vestido como un vagabundo. En la universidad encontró, sin embargo, algún que otro empleo: guardarropa, regidor para el teatro y hasta cartero (aunque se negaba a ordenar el correo, y los paquetes se los devolvía al remitente). Trabajaba por la noche en la sede de la universidad: debía cargar la caldera de carbón; mientras tanto, sobre la carriola oxidada escribía cuentos, con los que finalmente ganó algún dinero. Con el tiempo consiguió comprar una casa de estilo colonial, Rowan Oak, donde, con dos criados negros, aparentando aristocráticos orígenes sureños, pudo dedicarse al duro trabajo de la literatura: escribía durante doce o trece horas seguidas. Raffaele Viviani fue acróbata. Chaplin no era todavía Chaplin, y Blaise Cendrars tenía todavía dos manos cuando fueron presentados en el escenario de un cabaret de Londres. Era 1910. Por la noche, Cendrars veía al pequeño clown —al que molían todas las noches a patadas en el culo— intentando leer a Schopenhauer. Cendrars hizo después mil trabajos y escribió poemas revolucionarios; pero fue la Gran Guerra, de la que salió con los ojos vacíos y con un muñón como brazo derecho, la que lo convirtió en actor —para Abel Gance, que buscaba secundarios para una película contra la guerra—. La fama le llegó sin embargo por una novela, El oro, nacida en Brasil, donde Cendrars había intentado, en vano, crear una pequeña empresa de importación y exportación. La política, en estos vínculos entre trabajo y escritura, raramente tiene un gran papel. Paul Morand, sin embargo, a quien la carrera diplomática había puesto a mirar «hacia el Pacífico», y cuyas siguientes novelas exóticas lo convertirían en un escritor de éxito, se volvió grande cuando, tras haber pensado que Alemania granaría la Segunda Guerra Mundial, fue invitado a «aprovechar su derecho a la jubilación», y se 16 instaló cómodamente en Suiza. La escritura deslumbrante de antaño se volvió seca, desértica; los temas, amargos. (También padecería una forma de depuración el exempleado de banca Jean Giono, aunque era pacifista y no había tenido nada que ver con los nazis de la ocupación; algo que tuvo espléndidas consecuencias para su escritura.) En 1938, Marguerite Duras, que era licenciada en Ciencias Políticas, ingresó «fácilmente» en el Ministerio de las Colonias. Ganaba 1500 francos al mes, y era tan brillante que pasó a escribir los discursos del ministro Mandel. Sus obras sobre la opresión del sistema colonial estaban todavía por llegar. Mientras tanto, la Duras defendió la función militar y estratégica de las colonias; como promotora auxiliar en el Comité de Propaganda del Plátano Francés, redactó, a petición del ministro, su primer libro. Se titulaba L'Empire français. La austera Nathalie Sarraute era abogada. Ejerció mientras daba a luz a tres hijas y también Tropismos. Pero, durante la ocupación nazi, las leyes antisemitas del gobierno colaboracionista de Vichy hicieron que fuera eliminada del registro; se divorció entonces de su marido a fin de poder mantener su trabajo, y fingió ser el ama de llaves de sus hijas, que la llamaban mademoiselle. Pero en sus alegatos juveniles «la libertad desconocida» del discurso la había liberado para siempre de la lengua literaria. Y desde entonces la eludió —junto a los terribles protocolos de los sentimientos— gracias a un lenguaje precoz y aún no formulado. A la primera editora de Bruce Chatwin le parecía que, después de haber trabajado para la casa de subastas Sotheby's, Bruce escribía como si todavía redactase catálogos: buscaba el origen y la procedencia de un rito o de una historia, y señalaba todas las singularidades exteriores con la precisión «de un francotirador». 17 Sobre todo, los escritores del siglo xx obligados a vivir trabajando envidian a los colegas que se consagran a la literatura. Svevo admiraba la firme dedicación de Joyce a su propio talento. Pero, mientras tanto, cuando la ocasión se presentaba, no siempre aceptaban los encargos. Cuando en 1955 el editor Garzanti ofreció a Gadda un anticipo para que dejase «la amable RAI» para acabar El zafarrancho aquel de via Merulana, el ingeniero aceptó, pero no hizo nada. Se trasladó a catorce kilómetros del centro, para no encontrarse con los excolegas, pero se pasaba el día viendo la tele del vecino del piso de abajo, que era colaborador en la radio. Le parecía que él y su mujer le censuraban en silencio su condición de parado; habría entonces querido replicar: «Amigos míos, me gustaría veros a los sesenta años». De la revisión de El zafarrancho… decía: «¡Estoy harto de este curro! Pero no lo digáis, porque debería ser mi obra maestra». Normalmente, las horas perdidas con los trabajos alimenticios trabajan subterráneamente, y al final casi siempre afloran en las obras maestras de los escritores. También los surrealistas, para quienes trabajar estaba prohibido —porque el capo, André Breton, quería cambiar el mundo—, conocieron una excepción, que acabó en poesía. Aragon, en 1930, estaba tan enamorado de Elsa Triolet, y sufría tantas restricciones, que forró de terciopelo negro una maletita, y fue a ver a los grandes sastres para ofrecerles las joyas falsas creadas por él: «Hacía joyas por el día y por la noche / todo se volvía collar en tus manos de Ópera». 





Introducción de "Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores", por Daria Galateria, Impedimenta (2011)

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