09 julio 2015

Encadenada a Jack Kerouac, por Joyce Johnson

Una personita interesante. Judía elegante, clase media, de aspecto triste y buscando algo. Parecía muy polaca". Así describió Jack Kerouac, en su libro Ángeles de desolación, a la escritora Joyce Johnson, con palabras en las que ella dice no reconocerse. Menuda y de movimentos ralentizados por el peso de sus 75 años, esta mujer, que durante dos años fue novia del beat por excelencia, autor de En el camino, conversa, arropada por una mecedora de madera, en su casa del Upper West Side de Nueva York. De joven fue una atractiva rubia de cara redonda y ojos saltones cuyo rostro se intuye en la fotografía que acompaña a este reportaje. En primer plano, desafiante, Jack Kerouac.
"Para mí es una frustración que se me asocié a él constantemente porque llevo toda la vida escribiendo", asegura. "Firmé mi primer contrato editorial para publicar mi primer libro, Come and join the dance,con 21 años, algo insólito en los cincuenta. Soy escritora, y no creo que Personajes secundarios (que obtuvo el Premio Nacional del Círculo de Críticos Literarios Estadounidenses) sea el mejor de mis ocho libros. El tiempo ha pasado, y creo que ha madurado mi manera de escribir, pero la gente está obsesionada con estas memorias y nadie sabe verme de otra forma, unida para siempre a Kerouac, la eterna novia de Kerouac", se lamenta Johnson al arrancar su encuentro con EL PAIS.

Ella estaba junto al escritor el día en que se publicó la primera crítica de 'En el camino', todo un acontecimiento editorial

"Muchos hombres de la época despreciaban el trabajo de las mujeres artistas, pero Jack siempre me apoyó"
Personajes secundarios, publicado en 1983 y que ahora se edita en España (Libros del Asteroide), está considerada por la crítica estadounidense como una de las mejores crónicas sobre la generación beat. Con un título algo cínico, que ironiza sobre el papel decorativo que desempeñaron las mujeres en aquella corriente literaria, Johnson relata sus experiencias como amante de Jack Kerouac, pero sobre todo como miembro de una generación cuyo desasosiego y descontento espiritual encontró voz y refugio en libros como Aullido, de Allen Ginsberg, o En el camino, de Kerouac.
Tras la II Guerra Mundial, en un país dominado por el miedo al comunismo y a la bomba nuclear, el consumismo se convertía en la nueva cultura, mientras los hijos de quienes hicieron la guerra se transformaban en la primera generación acomodada de la historia. Sin embargo, muchos de ellos no estaban dispuestos a mantener ese preciado statu quo que la generación anterior se esforzaba por preservar. Querían cambios, y entre ellos, quizá los más osados, fueron los que demandaron mujeres como Johnson, como Hettie Jones o Elise Cowen, escritoras pioneras que reivindicaron con su forma de vida derechos feministas una década antes de que aquella palabra existiera oficialmente.
Johnson, que comenzó a frecuentar la bohemia neoyorquina con apenas 13 años, se atrevió a independizarse a los 18, cuando las convenciones de la época sólo permitían a las mujeres abandonar su hogar familiar con un anillo de compromiso en el dedo. Su curiosidad la llevó hasta el downtown de Nueva York, en cuyos cafés se mezclaban personajes como Gingsberg o pintores como Franz Kline con adolescentes como ella bajo el humo perpetuo del tabaco y la marihuana. En lugares como el bar Cedar, y con un whisky en la mano, se hablaba de poesía, de sexo, de filosofía, de Dios, de sueños, de anhelos y de viajes imaginarios alejados del conformismo y la uniformidad de la vida que se esperaba de ellos. Johnson se convirtió en parte del círculo más cercano de aquellos jóvenes rebeldes que con la publicación de En el camino en 1957 dejaron de ser anónimos para transformarse en las primeras estrellas de la cultura de masas.
Ella estaba junto al escritor el día en que se publicó la primera crítica deEn el camino, todo un acontecimiento en el mundo editorial de entonces. "Si Fiesta llegó a ser considerada el testamento de la generación perdida, no hay duda de que En el camino será reconocida como el testamento de la generación beat", clamaba el crítico Gilbert Millstein desde las páginas de The New York Times en septiembre de 1957. Tras leerla, en un quiosco cercano a la casa de Johnson, Kerouac se quedó perplejo y le preguntó, inseguro: "¿Es una buena crítica, verdad?". Fue ella quien tuvo que asegurarle y repetirle que aquellas palabras eran las mejores que un escritor hubiera podido desear.
El apartamento de esta mujer áspera, que a veces baja la guardia y sonríe, rebosa de libros y cuadros. Los primeros son la pasión de su vida, y en las estanterías su pasado de beatnik salpica inmediatamente:Los subterráneos, Las mujeres de la generación beat, Yonqui. Los cuadros, en cambio, pertenecen a sus dos maridos, James Johnson y Peter Pinchbeck, en quienes encontró el amor después de que una fría noche de otoño, en 1958, ella decidiera romper con Kerouac. El escritor era alérgico al compromiso, y tras casi dos años de encuentros y desencuentros, noches ahogadas en alcohol y una permanente sensación de distancia que nunca la hizo sentirse del todo amada, ella, de 21 años, y él, de 34, se separaban a gritos en una esquina anónima. Él sólo le dijo "te quiero" una vez. Ella, demasiadas.
"En cierto modo, Jack [Kerouac] era impenetrable. Su verdadero yo se mantenía escondido", explica Johnson. Pero si se le pregunta por la supuesta misoginia del escritor, reacciona con ferocidad. "La palabra misógino es un término grosero; creo que todo es más complicado que eso. Jack estaba atrapado por la relación con su madre, no se podía separar de ella, y por eso no fue capaz de construir nada con ninguna mujer. De esa manera permanecía fiel a la madre. Y supongo que en el fondo la odiaba por ello. Creo que sus relaciones más profundas fueron con hombres. Siempre estaba en busca de ese hermano que había perdido de pequeño. Sin duda sentía atracción hacia las mujeres, yo nunca sentí que fuera misógino, simplemente era una persona terriblemente problemática. Tenía ideas clavadas en su interior de las que no podía desprenderse. Muchas veces me decía que temía que yo, aunque le dejaba libertad, en realidad sólo quería tener hijos con él, y desde su punto de vista la idea de traer un hijo al mundo era sinónimo de traer más muerte al mundo".
Tras esta reflexión hace una pausa y se queda pensativa, creando un silencio incómodo. Vuelve a mirar a su interlocutora y añade: "Después de todos estos años, yo todavía lucho por entender quién era Kerouac. Y sigo aprendiendo sobre él a medida que se va publicando nueva información sobre su obra y su persona".
Antes de conocerle, Johnson ya estaba enamorada del autor. Aún no había visto su fotografía, pero había leído su primer libro, La ciudad y el campo. "Me impactó mucho porque me dio la sensación de que hablaba sobre mí, sobre mi propia lucha. Hijos que tenían que romper con su familia, con la sociedad, aunque él nunca se atrevió a romper con la suya. Es curioso, ¿no?", se pregunta.
Se hicieron novios gracias a Allen Ginsberg, quien entonces era amante de Elise Cowen, poeta olvidada de la generación beat que fue íntima amiga de Johnson. Ginsberg les organizó una cita a ciegas, se gustaron y así comenzó una tortuosa relación cargada de separaciones, altibajos pasionales y decenas de cartas que Johnson recopiló recientemente en el libro Door wide open. A beat love affair in letters 1957-1958. "Jack era un hombre tremendamente atractivo. Y a pesar de ser muy tímido, era una persona muy carismática", explica sin que parezca ya importarle conversar sobre el hombre de cuya sombra nunca ha podido desprenderse.
Su alcoholismo, que finalmente acabó con su vida en 1969, también empañó su relación con Johnson. "Su familia era franco-canadiense, fuertes consumidores de alcohol, sobre todo su padre; pero yo creo que Jack bebía porque estaba deprimido, siempre estuvo deprimido, y creo que en los últimos días de su existencia bebió deliberadamente para acabar con su vida, porque el suicidio hubiera sido pecado", cuenta esta hermética mujer que lloró tras aquella ruptura, pero que hoy dice que "habría sufrido mucho más si nos hubiéramos casado".
Temperamental, excesivo, problemático, pero genial, Jack Kerouac sí ayudó a Joyce Johnson en su crecimiento profesional. "Muchos hombres de la época despreciaban el trabajo de las mujeres artistas, pero Jack siempre me apoyó. Siempre trataba de enseñarme algo nuevo, y me invitaba a ser más ambiciosa, mejor escritora; me decía que tenía que salir a la carretera, que eso sería mi educación. Siempre me trató con respeto", asegura. Otros, en cambio, eran mucho más machistas. "¿Ginsberg? Él siempre fue desconsiderado hacia nuestro trabajo. Era gay, y aunque tuvo relaciones heterosexuales, las mujeres éramos invisibles para él. Tuvo amigas, y yo fui una de ellas, pero nunca nos prestó atención como artistas. Mi primer libro tardó quince años en leérselo", desvela.
Por suerte, las mujeres han avanzado mucho en las últimas cinco décadas, y aunque falta camino por recorrer y derechos como el aborto -ella tuvo que abortar ilegalmente en los 50- vuelven a estar amenazados, ahora las mujeres incluso pueden aspirar a la presidencia de Estados Unidos. "Estamos siendo testigos de un gran momento político. ¡Una mujer y un hombre negro en lucha por la presidencia! Pero creo que los prejuicios hacia las mujeres siguen siendo fuertes. Si analizas la cobertura política que se le ha dado a Hillary Clinton, está clarísimo. Cuando se le escapó una lágrima en una entrevista fue todo un acontecimiento. ¡La cantidad de cosas que se escribieron alrededor del tema! Y al mismo tiempo, durante meses, se la criticó por ser fría. ¡Es ridículo! Creo que todavía hay muchas reticencias frente a las mujeres que aspiran al puesto de un hombre".
Si bien inició la entrevista quejándose de estar encadenada a Jack Kerouac, la cierra anunciando un proyecto que la unirá a él de forma definitiva. "Quiero escribir su biografía. No hay ni una sola que merezca le pena, y creo que yo podría hacerlo bien".



No hay comentarios.:

Publicar un comentario