31 octubre 2015

Daniel Martínez



Iceberg, de Daniel Martínez, parece un poema en cuatro movimientos, que son las cuatro partes de este libro. Este es pues un libro orgánico, tejido por la reflexión, material y concreta, sobre el componente de la poesía escrita, ese "iceberg" contra el que Martínez lanza sus dados con el ánimo de estrellarse, si fuera necesario. 
Desde ya, no hay respuestas a la pregunta tácita que el propio título contiene: qué es lo que el iceberg oculta. Es notable que Martínez se instale en un pasaje concreto, cotidiano, al principio; menos evidente es que no lo abandona, aunque los capítulos segundo y tercero, "Palimpsesto" y “Rotas plegarias”, parezcan más abstractos. Es particularmente interesante para mí la mala conciencia que estos tramos del libro desnudan. Fundada en esta pregunta: "¿qué mundo queremos esconder /con las palabras que dejamos morir?". Lo que implica que aquellas que dejamos vivir, o logramos que vivan, revelan, paradojalmente, lo que no dicen, lo que no saben. Cuando Martínez, en tanto personaje de este poema, acude a los poetas, no hay respuesta, sino ocultamientos. Fue a buscar la presa en la boca del lobo. 
La paradoja oculta en el poema es la tautología, una de las mejores formas de la poesía. Esto es que nada tiene que ocultar el poeta, y sin embargo todo lo oculta en el poema desnudo. 
Alguna vez Sartre afirmó que era una conversación de burgueses ociosos aquella en la que Mallarmé le dijo a Valery, señalándole un cristal transparente: ¿El mejor lugar para ocultar a un hombre? Era claro para mí que Sartre rabiaba por el hecho de que un "burgués ocioso" hubiese expresado bastante bien en una frase aquello a lo que Sartre dedicó varios libros: el hombre se oculta detrás de sus actos, en sus decisiones, y por consiguiente, no es nada, salvo en sus actos. 
Pensar sobre la poesía nos suele instalar en ese tipo de contradicciones aparentes. Aun en el más limpio y pulido de los espejos, la materia es otra. No existe la paradoja absoluta, ni tampoco la tautología absoluta. Un algo de verdad anida en la imagen. "Aún lo que Wittgenstein no pudo decir /se puede perfectamente destruir", dice Martínez, en un gesto de elogiable provocación. Que es asimismo una verdad. Pues es verdadero y concreto el mundo al que alude la poesía, destruyéndose en su acto. 
Finalmente, Martínez aborda la metáfora de frente, toma el toro por las astas, como se decía: "Iceberg", la última parte del libro, trata de la imagen misma del poema, acaso de la realidad visible, como un objeto. Lo define y establece algunas de sus leyes de comportamiento. Es aquí donde uno ve que el autor de estas reflexiones no ha salido nunca de la cocina de los primeros versos del libro en la que estrelló una botella de vidrio. La carnalidad de su pensamiento es lo que nos ha atrapado a lo largo de todo el libro; es lo que me ha tenido en vilo, al menos a mí. El poeta que se extravía es el que se encuentra a sí mismo, en fin:

Más líbrame de mi carne señor/ cuando ya no pueda reconocerme / en aquellos álamos

A mi juicio, Martínez sabe de qué trata.

                                                                                                Jorge Aulicino



*



Es un lento aprendizaje el insomnio
me hubiera gustado como mi padre
el despertador a las seis de la mañana
el desayuno a la misma hora que el diarero
arroja las noticias debajo de la puerta
todos los días de cada día
llueva o la noche anterior
haya durado más de la cuenta

pero ni la melatonina apaga las luces
de la glándula pineal
ni el clonazepán puede a veces
con ese momento en que el cerebro
debería estar ocupado en otros mundos
para que descansemos de la realidad

y entonces  el amanecer duele
como duelen los primeros cantos de los pájaros



*




Huxley dice que usamos una válvula metafísica
con la que regulamos 
la intensidad de la percepción del mundo
ese artefacto mental va construyéndose con la cultura 
como antídoto contra el poderoso hechizo 
de la realidad en carne viva

esos residuos metafísicos
acumulados en el inconsciente
en un momento necesitan manifestarse
darse a luz 
pidiendo su parte en la fiesta
el poema entonces crece 
como las malezas de un jardín
donde el jardinero trata de poner sus límites
o como esos cactus que se erigen gigantes 
allá en el desierto 
reclamando agua donde todo promete sol




*




Casi nunca me acuerdo de los sueños
escucho gente que recuerda detalles ínfimos
y especula con sus significados
como se descifra el crucigrama de los diarios
para tener un rumbo en la mañana 

yo amanezco desnudo 
sin pistas de que el día 
empezó antes de la vigilia

salgo como a quien se le rompió el espejo
y camina por la calle buscando 
el reflejo de su rostro en ese charco
que hay que cruzar al salir de casa
después de que paró de llover




*




La mano de mi hijo en mi pecho
justo en el momento que cierra los ojos
para entrar en el sueño
es un momento de verdad luminosa
esa sabiduría milenaria de los cuerpos
transmitidas de generación en generación
es también un anticuerpo
a las limitaciones de ese ambiguo mapa mental
que las palabras apenas alcanzan a esbozar





*




Hay mundos que ya no podremos habitar
lugares situaciones
encrucijadas donde los símbolos
arman la trama de un pasado
que queda adherido a la memoria
como esas redes que las arañas
tejen en los rincones donde nadie las ve

lugares necesarios
que van armando el iceberg 
de cada día visible
donde solo los sueños
están autorizados a transitar
porque ellos tienen la misma sustancia:
restos de materia inconexa 
que van hilando la trama
en ese lado oscuro de la realidad.





*




Tocar otro cuerpo con una caricia
encontrar el límite 
donde comenzamos a ser otro:
pactos enraizados en la sangre
hace miles de años
para perpetuarse y resistir 
en el azaroso juego de la evolución

lo que ha perdurado 
se lo debemos a la palabra 
pero también al silencio 
de lo que no podemos nombrar




*




Más líbrame de mi carne señor
cuando ya no pueda reconocerme 
en aquellos álamos





*




Dale plegarias a tu corazón
dale vino de la mejor cosecha
dale el rojo vestido de absurdas pasiones

dale la primera piedra 
dale los sinsentidos en forma de preguntas
dale los pedazos rotos de los espejos que no te favorecen
alimenta su latido con las despedidas
y guarda el polvo de la derrota en ese recipiente complejo
y si pide clemencia  cobarde corazón
arrodíllalo ante esas visitas que disfrutan del espectáculo
no les prives el placer 
de ver un músculo en carne viva que sigue latiendo

después argumenta a modo de consuelo a lo que queda de tu corazón
que ya no eres un niño
que el mundo es como es y no hay tiempo que perder 
que seguir equivocado es más fácil que volver a empezar




*




Iceberg



“todo lo que refleja el espejo de estas palabras
es el poema”
Andrés Montenegro



Antes que nada
un iceberg no es un iceberg
un iceberg es blanco
en su sentido de contradicción
solo es igual a sí mismo
no hay hielo
no hay mar
podría llamarse
isla
borde
pero lo llamaremos iceberg
a secas
es un todo con su parte visible
se vive a si mismo
en un espejo infinito de posibilidades
todo lo que no muestra el iceberg
es profundidad
la soledad es apenas un aspecto 
todos los iceberg están conectados
en esa profundidad
un iceberg necesita construir
sus propias capas de realidad
luz y sombra es su única verdad
los iceberg nacen y mueren
su profundidad es una
y durará
más que la desaparición
de su parte visible
entender que la esencia del iceberg
y su modo de estar
es vivir de sí y para sí
y no respecto de los otros
su aparente división es ilusión
la religión del iceberg
es la unidad
un único destino
lo otro es lo uno
la dimensión del tiempo
la dimensión del espacio
es un error
el arte del iceberg
es la tensión
su victoria o su derrota
es apariencia
bailan su danza 
para que todo sea
no hay nada
fuera de su estructura
su conocimiento 
está marcado por los límites
lo que no es
es lo que no se puede conocer
la nada sostiene la profundidad
lo bueno y lo malo
lo bello y lo feo
lo finito y lo eterno
matices que se proyectan
en la apariencia
discurso que siempre
será el rótulo del vacío
disfraz de lo escondido
dos iceberg crecen
juntos como las gotas
de una misma ola
una misma pregunta
en el mar de lo posible
el iceberg se construye
en un único espejo
donde su riesgo es la distorsión
el error es parte
de la verdad del iceberg
solo así crece
se separa del resto
y busca la totalidad
que abre su corazón de luz
todos los iceberg
tienen un mismo idioma
el blanco escribe sobre el blanco
donde solamente algo es
si se transforma en blanco
los colores no sirven para explicar
la dimensión de su verdad
todos los iceberg son iguales
todos los iceberg son distintos
la igualdad y la desigualdad
son categorías de la apariencia
todo lo que nace muere
todo lo que muere 
tuvo su parte en la función
la muerte es lo no visible
de la función
ser invisible es ser parte
de la eternidad
la falacia del iceberg
es la mirada de los otros
un fantasma 
con que se juzga a si mismo
el iceberg no tiene
ningún fin específico
es un mapa de sinsentidos
que en su contradicción
se transforma en verdad
es caos
es cosmos
no hay lugar para dios
el blanco no se alimenta de plegarias
solo de luz
la única manera de comprender
el iceberg es dejar que fluya
su altura debe buscarse
en su profundidad
y allí no hay testigos
el alma del iceberg es el silencio
lo que no es silencio es lo extraño
lo que distrae con su lógica
de la confusión
el canto del iceberg
es la finitud
más allá solo hay respuestas
a lo que no tiene preguntas
su lenguaje muere con la primera palabra
su silencio solo comulga con el silencio
la moral del iceberg
es no obedecer sus reglas
ser siempre su contrario
hallar un camino
donde no hay
no detenerse es el destino del iceberg
sin embargo está siempre en el mismo lugar
cuando pensamos en él
desaparece la respuesta
donde callamos
habita su resplandor
el iceberg nos muestra un camino
donde ir es un no ir
donde ser es una novedad del absurdo
más allá de lo que muere y nace
hay un sentido que no tiene sentido
las palabras mueren
la razón muere
el iceberg solo precisa
de su ser
su absurdo
su gran ciclo
su vacío
su pureza
su nada




Otros poemas de Daniel Martínez, aquí

Imagen: Foto de Catalina Boccardo

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