08 noviembre 2015

Horacio Zabaljáuregui

Santa Bárbara





Esa noche sacamos las sillas a la vereda.
Como todas las noches.
La respiración calcinada.
Los cascarudos hacen pogo bajo los faroles.
Cientos.
Las familias en auto
salen a dar una vuelta:
el saludo desganado, desde la puerta
mascullado apenas el nombre del paseante.
Días de bochorno y seca.
Las gallinas con los picos abiertos y el ojo de miel,
desencajado.
El viento norte levanta polvo radioactivo.
No se apura el resto de cerveza;
queda tibia en el fondo del vaso.
Sacamos las sillas a la vereda
pero no hay fresca.
Habrá tormenta,
será inolvidable:
“Santa Bárbara, bendita
que en el cielo estás escrita “
se persigna mi tía.
Súbitas sierpes de luz
en la bóveda de la noche:
galerías de refucilos
estampados
sobrenaturales
en el recuerdo.
El agua no llega
y la sequía raspa el aire inmóvil.
Que no llegue por ahora;
que se resquebraje el cielo,
fulminado.
Que se astille en un laberinto de relámpagos
(La iglesia, está a la vuelta, tiene pararrayos.)
Los truenos rezagados
empiezan a templar el parche por el oeste.
Yo sabía que primero era la luz
y después, la garganta tonante del cielo.
De pronto un relámpago
dibuja mi sombra contra la pared.
Mis tías invocan a Dios
y entran las sillas.
“Dios se agarró flor de tranca”, pienso,
pero no lo digo:
susceptibles si los hay,
los creyentes.
“No voy a entrar”, digo 
fascinado;
voy a ver para encofrar
esta corona de luz,
virulenta
que a mano alzada
labra Santa Bárbara.
Líneas en la entraña oscura
del verano,
lo que queda
en la red del sueño.
Al fin de la noche,
los desfiladeros de la lluvia,
su piadoso manto,
animarán
la fiesta de las ranas. 





Horacio Zabaljáuregui (1955, América, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "América", Bajo la luna, 2014)

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