20 diciembre 2015

Sonia Scarabelli


Epígonos





Mirá, lo que mamá quería
para ella
se ha hecho realidad en mí
y yo me aplico
al dibujo, la sombra, y fallo siempre
en el escorzo blando
que las cosas
ofrecen para entrar en perspectiva
a ese espacio cerrado donde el mundo
se ordena y se decanta.

En el fracaso, sin embargo,
me encuentro sonriente
si mi silla
es siempre desfasada silla china
y no la silla aquella que soñaba
mudar a la piecita de Van Gogh.

Sucede que el maestro me consuela
la falta de talento y de muñeca
contándome una historia
donde aún puedo
sentarme entre las cosas
y hasta yo,
ignorada de la gracia,
contemplar el infinito siempre en fuga,
pendiente arriba hacia un horizonte
inalcanzable en el que nada
se mide ni se logra
comprar, vender así nomás.

Yo miro embelesada ese dibujo
donde ahora me muestra un gran señor
japonés plácidamente sentado en el vacío
y anoto para mí que en el oficio
se aprende sobre todo
a decidir
y a entregarse.

¿Será por eso
que la piecita de Van Gogh,
tan mordida de oro en perspectiva,
parece abrir un centro en que se augura
lo que es sin centro, lo que siempre

vuelve a buscarte si es que al ojo
le uncís un infinito
destartalado caballo tuerto
corazón del deseo?





Sonia Scarabelli (1968, Rosario, Santa Fe, Argentina)

Fuente: Revista Atmósfera

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