Los poetas y el trabajo: Raymond Carver



Sala de autopsias





En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo. Para
lo que mandaran, eso pensaba.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba su trabajo
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y, dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo
construida para esas tareas en particular.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Otra vez un  negro corpulento
de pelo blanco con el pecho partido al medio
todos sus órganos vitales
en una bandeja a un costado de su cabeza.
La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer, pálida y bien formada.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.

Cuando regresaba a mi casa tarde en la noche mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos permutar
esta vida por otra.” Pero, no era así de fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en... cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara  mi mano a su pecho.
En ese momento yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
Entonces mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia
y bien formada, que ante la más suave caricia temblaba
lista para elevarse con delicadeza. Mi mente
estaba confundida y cómo decirlo  ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra, moliéndose, tomando filo.  





Traducción: Esteban Moore
Otros poemas de Raymond Carver, aquí

Imagen: Richard Ford y Raymond Carver en www.pisandocharcos.net





















The autopsy room

Then I was young and had the strength of ten.

For anything, I thought. Though part of my job
at night was to clean the autopsy room
once the coroner’s work was done. But now
and then they knocked off early, or too late.
For, so help me, they left things out
on their specially built table. A little baby,
still as a stone and snow cold. Another time,
a huge black man with white hair whose chest
had been laid open. All his vital organs
lay in a pan beside his head. The hose
was running, the overhead lights blazed.
And one time there was a leg, a woman’s leg,
on the table. A pale and shapely leg.
I knew it for what it was. I’d seen them before.
Still, it took my breath away.

When I went home at night my wife would say,

“Sugar, it’s going to be all right. We’ll trade
this life in for another.” But it wasn’t
that easy. She’d take my hand between her hands
and hold it tight, while I leaned back on the sofa
and closed my eyes. Thinking of … something.
I don’t know what. But I’d let her bring
my hand to her breast. At which point
I’d open my eyes and stare at the ceiling, or else
the floor. Then my fingers strayed to her leg.
Which was warm and shapely, ready to tremble
and raise slightly, at the slightest touch.
But my mind was unclear and shaky. Nothing
was happening. Everything was happening. Life
was a stone, grinding and sharpening.

Domingo Alfonso


Alguien enciende un Hi Fi





He retirado poco a poco mis dedos 
de la selva amarilla que preside tu frente. 
Así, tendida de espaldas, 
se acodan en el pasado tus ojos 
y vuelves a pertenecer a los hombres que me precedieron. 
Prefiero entonces contemplar a la noche; 
interpretar de la gran página abierta en su negrura, 
los muchos enigmas que olvidé con el tiempo, 
verdades ocultas que no pude aprender. 
Ahora alguien, como siempre a esta hora, 
enciende un hi-fi y coloca el mismo concierto 
–precisamente el mismo concierto– 
con sus dos manos que deben parecerse a las mías. 
Tal vez luego beba un vaso de vino, 
se asome a una ventana, mire la noche despacio 
mientras tiene a sus espaldas una mujer que sueña con otro.  
  
  



La muchacha que juega al billar





La muchacha que juega al billar 
con el taco en las manos se inclina sobre la mesa 
dejando descender su tanga transparente: 
Dos nalgas doradas iluminan el salón 
donde tres viejos admiramos la escena 
y en un rincón, indolente, 
su novio, quizás hasta orgulloso 
bebe un trago de su clara cerveza.  
  



  
Retrato del vaso de cristal 





Está el vaso delante de mí 
Un vaso de cristal sobre el mantel 
el vaso en una esquina de la mesa 
este vaso rebosante de nada 
el vaso cerca de mis manos 
un vaso de cristal amarillo 
mi vaso decorado con estrías 
Inmóvil y callado como estatua.  
  
 



Matinal 


 A Javier Marimón 
 "Abrí la verja de hierro": Fayad Jamís 



pongo los pies encima del suelo 
Calzo mis chancletas, una detrás de la otra 
me incorporo con cierta dificultad: 
Miro la sábana que cubre mi cama 
con su montón de arrugas 
Doy ocho pasos 
(estoy en el cubículo del baño) 
Un líquido ocre y maloliente me abandona, 
camino dos metros, enfrento la escalera 
y bajo los escalones de madera sin pintar 
Tuerzo a la derecha, atravieso la sala 
(Un golpe de ceniza me empuja a este espejo 
que rechaza mi imagen) 
Giro la llave, abro la puerta de hierro 
y absorbo 
como a nueva vida 
La flor de la mañana que comienza a despertar.  





Domingo Alfonso (1935, Jovellanos, Cuba)
Fuente: www.artepoetica.net


Imagen: alascuba.blogspot.com