22 enero 2016

'El jugador de fútbol' de Juan Carlos Moisés



 Fuera del auto estacionado en la banquina



  Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,

  en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
  No era lo que se dice una "Commedia",
  tampoco era simulacro, ni era representación.
  Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
  fuera del auto estacionado en la banquina,
  de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
  Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
  de bajar, y no hablábamos porque era posible
  que se nos congelara el aliento, las palabras.
  A falta de sol, una especie de luz se suspendía
  sobre los campos congelados de la tarde.
  El chorro tibio, a temperatura corporal,
  fue haciendo un hueco en la nieve.
  La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
  fuera del círculo polar y gradualmente
  lo derretía sin que hubiera oposición.
  Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
  la masa compacta, una pertenencia en común.
  Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
  de arroparnos y caminábamos hacia el auto
  con el motor en marcha y la calefacción
  encendida donde esperaba la madre,
  coincidimos en mirar trescientos sesenta
  grados alrededor. Todo era blanco, y esa
  luz precaria se desparramaba envolviéndonos
  como el aliento de la respiración. Había algo,
  además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
  puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
  callados, como si aún nada tuviera nombre.



 

De: "El jugador de fútbol", Ediciones La Carta de Oliver, 2015

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