26 enero 2016

Carlos Drummond de Andrade


Tres en el café





En el café semidesierto
la mosca intenta
posarse en el terrón de azúcar sobre el mármol.
La ahuyento. Insiste. La ahuyento.
La luz es triste, amarilla, desanimada.
Somos dos a la espera
de que el garçon, mecánico, nos sirva.
Miro al compañero a la altura de la corbata.
No me atrevo a subir al rostro marcado.
Me fijo en la cadena del reloj
presa en el chaleco; viejos tiempos.
Poco hablamos. El sonido de las tazas,
casi una conversación. Tan raro
encontrarnos así frente a frente
durante más de algunos minutos.
Más raro aún,
en la banalidad del café.
La mosca vuelve.
Ya no la espanto. Queda entre nosotros,
partícipe de mutuo entendimiento.
Entonces, ¿es este el mismo hombre
de antes de yo nacer
y de mañana y siempre?
Curvado.
Su mirada es cansancio de existencia,
¿o siento ya (ni pensarlo) su muerte?
Este estar juntos en el café,
no he de olvidarlo nunca, de tan seco
y desolado -los tres
yo, él, la mosca-:
imágenes de mera circunstancia
o del oscuro
irreparable sentido de vivir.





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Imagen: kultme.com.br





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