Baldomero Fernández Moreno



"Todos duermen en el tren, / todos duermen, menos yo...", escribió Fernández Moreno: a falta de trenes en el país (nunca retrocediendo, siempre avanzando nosotros), bueno es el ómnibus, y uno como éste, con wifi y una amable camarera que ya me trajo dos vasos de una especie de whisky. Hasta pude conversar por escrito con la novia lejana y trabajar en la última estrofa del poema que dejé inconcluso en la madrugada de ayer. Si no se me cerraran los ojos, me quedaría toda la noche, todo el viaje despierto, escribiendo, mirando por la ventanilla, repitiéndome cada tanto, como un estribillo mental: "Todos duermen en el tren, / todos duermen menos yo... / Nadie tiene sed de espacio, / sed de luna, sed de Dios."

(Nota de Pablo Anadón en Facebook)



Viaje





Todos duermen en el tren,

todos duermen menos yo.

Por la abierta ventanilla

mirando, mirando voy
el campo negro, que argenta
la luna con su esplendor.

Todos duermen en el tren,

todos duermen menos yo.
Nadie tiene sed de espacio,
sed de luna, sed de Dios.





Otros poemas de Baldomero Fernández Moreno, aquí
    

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.