30 de marzo de 2016

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Mori Ponsowy



A orillas del Caístro



Un hombre está sentado junto al río, y espera.
Cuántos hombres antes esperaron frente al mismo río,
junto a esas aguas, que son y no son las mismas
El hombre, también, es y no es el mismo.

El río pasa sin prisa junto al hombre, y calla.
Cuántas de sus gotas navegaron otros ríos.
Cuántos de sus átomos nacieron en el corazón de otras estrellas.

27 de marzo de 2016

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Eiléan Ní Chuilleanáin





La epidemia de polio





 Sin prisa en la casa o el jardín,
 los chicos a resguardo del peligro,
 de pronto los padres tenían más tiempo para vigilarlos, para entretenerlos,
 para ocuparse de que tuvieran mucho que leer.
 La ciudad estaba vacía,
 infectada. No más helados.
 Los balnearios cerrados todo el verano.
 Un día mi padre me dejó ir más allá de la puerta
 para pasar un mensaje por una hendidura
 en la pared, prometí que sólo iba andar en bicicleta dos horas,
 sin detenerme sin hablar, vagué por caminos desiertos
 a través de la ciudad y los suburbios, las iglesias nuevas,
 hileras de casas con extraños niños también
 encerrados dentro, hendí millas de aire,
 libre como el ángel de la plaga que desciende
 por donde pasaban los ómnibus: la calle Commons, el pasaje Friars. 






Bessboro





Esto es lo que heredo-
nunca fue mi propia vida,
sino el nombre de una casa que oí
y  que otros  escucharon como advertencia
de lo que le podría ocurrir a una chica
intrépida y con mala suerte:
un fragmento de destino
desolado,  un martillo- nota del miedo-
pero nunca vi el lugar.
Ahora que estoy parada en la reja
y que el tiempo hace tanto se ha ido
es su ausencia la que llueve
que apuñala justo entre las costuras
de mi abrigo grande,  en agujas
puntiagudas, llenando el día corto.

La reja de hierro blanca  está cerrada,
la verja blanca viaja fuera de la vista
hacia  la avenida,  la lluvia
oculta la distancia, desdibujando todo sonido
y un inacabado velo de niebla
esconde elementos de lo conocido:
tejados y altas ventanas ciegas.
La historia se ha ido.




Eiléan Ní Chuilleanáin (1942, Cork, Irlanda)

Versión de Bessboro:  Marina Kohon

Imagen: www.irishpoetry.com             

25 de marzo de 2016

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Paul Celan

Todtnauberg




Árnica, bálsamo de los ojos, el
trago en el pozo de agua con el
balde de estrellas encima
en la
cabaña
allí, en el libro
¿el nombre de quién estaba anotado
antes del mío ?
allí, en este libro
la línea escrita
con una esperanza, hoy,
en la palabra de un pensador
que llegue
al corazón
humus del bosque, sin aplanar,
orchis y orchis, único,
lo crudo, más tarde, durante el viaje
auto,
evidentemente,
quien nos conduce, el hombre,
él también a la escucha
las sendas a medio abrir
con palos en el pantano
humedad,
bastante.




Paul Celan (1920, Chernivtsi, Ucrania / 1970, Paris, Francia)
Traducción: Enrique Foffani
Enlaces: EnfocarteA media voz

Imagen: http://kuenste-im-exil.de/



Un hijo del silencio

La génesis de este poema es una anotación en un libro de visitas. «En el libro de la cabaña, los ojos hacia la estrella del pozo con, en el corazón, la esperanza de una palabra que llegaría», había escrito Paul Celan el 25 julio de 1967 cuando visitó a Martin Heidegger en su cabaña de Todtnauberg, en plena Selva Negra. La correspondencia del poeta con su mujer aporta otros datos: ese día hubo un paseo en auto donde Celan hizo alusión al peligro de un rebrote nazi y a la conveniencia de que Heidegger se expidiera públicamente al respecto. Como única respuesta recibió un largo silencio. En ese silencio pantanoso floreció «Todtnauberg» que, como todos los poemas de Celan, está más cerca del mutismo que de las palabras. Entrecortando adrede los encabalgamientos, suspendiéndolos en los intersticios de un relato, el poeta logra que el sentido siempre quede a la espera de ser completado por la palabra de otro. Según el filósofo francés Lacoue-Labarthe, en «Todtnauberg» la palabra esperada es `perdón'. Un perdón que Heidegger le debía, ante tanta sospecha de colaboracionismo, al poeta judío. Pero para otro pensador francés, Alain Badiou, el silencio de Heidegger es coherente con su «fetichización filosófica del poema». Esto quiere decir que en la filosofía heideggeriana la poesía aparece como una instancia privilegiada capaz de dar respuesta a todo. De esta manera, y ante la pregunta de un poeta, el filósofo no podría hacer otra cosa que reenviarlo a la soledad del poema, o lo que es lo mismo, condenarlo al solipsismo. Sin embargo, la poesía de Celan se resiste. No es el hombre cuyos padres murieron en un campo de concentración el que pide una palabra esperanzadora que lo repare. Es esa obra monumental que renovó hasta las raíces el maltratado idioma alemán la que exige ser aclarada en el marco de una interlocución. Claridad que no supone una explicación sino una responsabilidad compartida. El peso de ese sujeto poético clausurado que, en espejo, estaba obligado a dar cuenta de todo, queda, en la poesía de Celan, alivianado. Sólo una subjetividad abierta, deshilachada, incompleta, puede encontrarse en un libro de visitas ese tipo de libro que está siempre abierto a la palabra de los demás con la posibilidad del poema. «¿El nombre de quién estaba anotado/ antes del mío?» es una pregunta que incluye a los demás. Esta vez la filosofía no iba a recibir de la poesía una revelación tranquilizadora sino una exigencia: mantenerse «a la escucha». Exigencia que, como hijo del silencio, el poema «Todtnauberg» parece estar demandándonos a todos.




24 de marzo de 2016

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Jane Duran

Hoy, 24 de marzo, es un día muy especial para mi país. Hoy se conmemora a las víctimas y a los desaparecidos de la dictadura de 1976. Esta mañana temprano, (mi perro me despierta casi invariablemente a las seis y aunque insignificante, la vida continúa) he recorrido la red y encontré este poema de Jane Duran, que no es una poeta argentina y el poema es la descripción de un hecho común y particular. (evito los poemas épicos) Pero extrañamente algo me dice sobre este día de recuerdos del horror. Es el final que algo me dice.  



La cancha de básquetbol en Central Park 





De inmediato mi hijo salió de la banca y corrió
hacia el aro más lejano. Ahora podía ver,
podía estar ahí, era verano

y la luz no se iría en un largo rato.
Pensé en mi propia infancia en Manhattan,
incluso en los patines metálicos

que solía atar a mis zapatos —
una variedad de imágenes agradables, parciales
en un vector demasiado tranquilo para ver más allá

condujeron a esta banca en Central Park.
Cuando llegó el atardecer los jugadores más viejos
perdieron el rumbo —su juego, los saltos

y gritos habían sido amigables y buenos.
Mi hijo tuvo un último tiro a la canasta 
hizo una bandeja con su mano izquierda

y el balón se detuvo en el aire —paró
sólo un poco más arriba que el aro, ligeramente
a un costado, y permaneció ahí, quieto.







Jane Duran (1944, La Habana, Cuba. Desde 1966 reside en Inglaterra)
Versión: Luis E. García









The Basketball Court in Central Park 
At once my boy slid off the bench and ran / to the far hoop. Now I could watch, / I could be there, it was summer // and the light would not go for a long time. / I thought of my own childhood in Manhattan, / even the metal roller skates // I used to strap to my shoes — / an assortment of partial, benign images / in a vector I was too peaceful to see beyond // all leading to this bench in Central Park. / When dusk came in the older players / wandered off — their game, the leaping // and shouts had been wholesome and friendly. / My boy took a last shot at the basket — / he did a layup with his left hand // and the ball held still in the air — it stopped / just higher than the hoop, slightly / to one side, and stayed there permanently.

22 de marzo de 2016

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"Nighthawks" (1942) , de Edward Hooper


Nighthawks (1942) (literalmente Halcones de la noche, aunque se le ha dado el nombre de Noctámbulos en español) es un cuadro del pintor estadounidense Edward Hopper en el cual se ve a cuatro personas sentadas en un diner urbano por la noche. No sólo es el cuadro más famoso hecho por Hopper, sino también uno de los más reconocibles del arte estadounidense. Actualmente se encuentra en la colección del Instituto de Arte de Chicago.
"Nighthawk" puede referirse al término "night owl" (búho de la noche), usado para describir a alguien que trasnocha. La escena se inspiró en un diner (ya derribado) en el Greenwich Village, el barrio natal de Hopper en Manhattan. Hopper empezó a pintarlo justo después del ataque en Pearl Harbor, cuando se sentía gran desánimo y preocupación en todo el país, lo cual se refleja en el cuadro. La calle está vacía y dentro del diner los tres clientes permanecen ensimismados, sin hablar ni mirar a nadie. Los dos del fondo forman una pareja, y un tercero está sentado al bar con su espalda hacia el observador. Las narices de la pareja se parecen a picos, quizá una referencia al título. El único camarero del bar parece estar mirando hacia fuera, sin hacer caso a los clientes; tampoco se le puede apreciar su edad.
La esquina del bar es curvada; el cristal curvado conecta las grandes superficies de cristal a cada lado. Se entiende que hace buen tiempo: no se ve ningún abrigo, y la blusa de la mujer tiene las mangas cortas. Al otro lado de la calle se ven ventanas abiertas en el primer piso. La luz del restaurante ilumina la calle y también uno de los escaparates.
Esta visión de la vida urbana moderna como vacía o sola es un tema común en la obra de Hopper. Si uno observa bien, se puede ver que no hay forma de salir de detrás de la barra; ésta forma un triángulo que atrapa al camarero. También se puede notar que no hay ninguna puerta que da hacia fuera, lo cual continúa la idea de estar atrapado o confinado. Hopper negó haber intentado comunicar eso con el cuadro, pero admitió que «inconscientemente, probablemente, estaba pintando la soledad de una gran ciudad». Las luces fluorescentes acababan de inventarse cuando se pintó el cuadro, y puede que éstas contribuyan a que el diner tenga una luz tan extraña en ese ambiente tan oscuro. Por último, se ve un cartel para puros Phillies por encima del diner.

Varios escritores han explorado cómo los clientes de Nighthawks llegaron a acabar la noche en ese diner, o lo que les pasaría a continuación. El poema Nighthawks: después del cuadro de Edward Hopper, de Wolf Wondratschek, el poeta imagina que la pareja sentada al fonde del diner es un matrimonio separado: «Apuesto a que ella le escribió una carta / Dijera lo que dijese, él ya no es el hombre / que volvería a leer las cartas de ella». Joyce Carol Oates escribió monólogos interiores para las figuras del cuadro en su poema "Edward Hopper's Nighthawks, 1942". Un número especial de Der Spiegel incluyó cinco dramatizaciones breves que construyen cinco tramas basados en el cuadro; uno, escrito por el guionista Christof Schlingensief, cambió la escena a una masacre con sierra de motor.
El álbum Nighthawks at the Diner (1975) de Tom Waits contiene letras inspiradas en Nighthawks.

(Extracto de https://es.wikipedia.org/wiki/Nighthawks)


20 de marzo de 2016

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Derek Walcott




Mañana, mañana





Recuerdo las ciudades que nunca he visto
exactamente. Venecia la de las venas plateadas, Leningrado
con sus minaretes de caramelo retorcido. París. Pronto 
los impresionistas estarán haciendo sol con la sombra.
¡Oh! y los callejones de Hyderabad como una cobra desenroscándose.

Haber amado un solo horizonte es insularidad;
ciega la visión, estrecha la experiencia.
El espíritu está dispuesto, pero la mente es sórdida.
La carne se desperdicia bajo sábanas llenas de migas,
ampliando la Weltanschauung con revistas.

Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué terrible
es estar con tus valijas en un escalón frío cuando el alba
vuelve rosa los ladrillos, y antes de que empieces a lamentarlo,
tu taxi llega tocando una vez la bocina,
se acerca al cordón como un coche fúnebre — y uno sube.






Traducciòn: Gerardo Gambolini
Otros poemas de Derek Walcott, aquí
Weltanschauung, expresión alemana: cosmovisión, visión del mundo

Imagen: http://faculty.mercy.edu/

19 de marzo de 2016

17 de marzo de 2016

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Pablo Anadón traduce a Robert Lowell

En venta




Pobre juguete avergonzado,
decorada con pródigo rencor
y habitada tan sólo por un año,
la casa de verano de mi padre
en Beverly Farms
ya estaba en venta el mes en que murió.
Vacía, íntima, abierta,
sus muebles de ciudad
tenían el aire de aguardar en puntas
de pie al empleado de mudanzas
tras los talones del sepulturero.
Ya lista, temerosa de vivir
sola hasta los ochenta,
mi madre suspiraba absorta en la ventana,
como si ella se hubiera quedado sobre el tren
una estación después de su destino.

(De Life Studies, 1959)


For sale

Poor sheepish plaything,/organized with prodigal animosity,/lived in just a year?/my Father ‘s cottage at Beverly Farms/was on the market the month he died./Empty, open, intimate,/its town-house furniture/had an on tiptoe air/of waiting for the mover/on the heels of the undertaker./Ready, afraid/of living alone till eighty,/Mother mooned in a window,/as if she had stayed on a train/one stop past her destination.

(From Life Studies, 1959)




Navegando a casa desde Rapallo
                        [Febrero 1954]





Sólo italiano hablaba tu enfermera
pero después de veinte minutos ya pude imaginar tu postrera semana
y lágrimas corrieron por mi cara.

Cuando en Italia me embarqué con el cadáver de mi Madre
toda la costa del Golfo di Genova
se irisaba de flores. Incesante
el oleaje amarillo y azul loco golpeaba
como mazos la estela burbujeante
de spumante de nuestro transatlántico
recordándome el brillo de mi Ford.
Mamá viajaba en la primera clase
de la bodega; el negro y áureo féretro
Risorgimento parecía aquel, en Los Inválidos, de Napoleón…

Mientras los pasajeros 
en la cubierta se bronceaban
al sol mediterráneo en reposeras,
allá en Dunbarton nuestro cementerio
familiar a los pies de las Montañas Blancas
yacía en temperaturas bajo cero:
la tierra del lugar se hacía piedra,
con tantas muertes que hubo en pleno invierno.

Severos y sombríos en las ciegas tempestades de nieve,
su arroyo negro y sus cipreses
lucían lisos como mástiles.
Una verja de hierro lanceolada
circundaba luctuosa las tumbas de pizarra
casi siempre de estilo colonial.
La única alma sin estirpe histórica
llegada aquí, era Padre, ahora enterrado
bajo su lápida de mármol rosa
nueva, intacta, sin huellas de la erosión del clima.
Hasta el latín del lema de los Lowell:
Occasionem cognosce, 
sonaba demasiado mercantil, llamativo,
allí donde el ardiente frío resplandecía
sobre los epitafios de ancestros de Mamá:
unos veinte o treinta Winslows y Starks.
La escarcha había pulido en sus nombres un filo diamantino…

En la grandilocuente inscripción en el féretro de Madre
Lowell estaba mal escrito: LOVEL.
Su cadáver
iba envuelto, como en un panettone,
con papel italiano de aluminio.


Sailing home from Rapallo
              [February 1954]


Your nurse could only speak Italian,/but after twenty minutes I could imagine your final week,/and tears ran down my cheeks…//When I embarked from Italy with my Mother’s body,/the whole shoreline of the Golfo di Genova/was breaking into fiery flower./The crazy yellow and azure sea-sleds/blasting like jack-hammers across/the spumante-bubbling wake of our liner,/recalled the clashing colors of my Ford./Mother traveled first-class in the hold;/her Risorgimento black and gold casket/was like Napoleon’s at the Invalides…//While the passengers were tanning/on the Mediterranean in deck-chairs,/our family cemetery in Dunbarton/lay under the White Mountains/in the sub-zero weather.
The graveyard’s soil was changing to stone?/so many of its deaths had been midwinter.//Dour and dark against the blinding snowdrifts,/its black brook and fir trunks were as smooth as masts./A fence of iron spear-hafts/black-bordered its mostly Colonial grave-slates./The only “unhistoric” soul to come here/was Father, now buried beneath his recent/unweathered pink-veined slice of marble./
Even the Latin of his Lowell motto:/Occasionem cognosce,/seemed too businesslike and pushing here,/where the burning cold illuminated/the hewn inscriptions of Mother’s relatives:/twenty or thirty Winslows and Starks./Frost had given their names a diamond edge…//In the grandiloquent lettering on Mother’s coffin,/Lowell had been misspelled LOVEL./The corpse/was wrapped like panettone in Italian tinfoil.


Fuente:http://eltrabajodelashoras.blogspot.com.ar/



Pablo Anadón nació en Villa Dolores (Córdoba, Argentina), en 1963. Ha publicado, en poesía, Poemas (Colmegna, Santa Fe, Primer Premio “José Cibils” 1979); Estaciones del árbol (Il Nuovo, Vecchio Stil, Córdoba, 1990, traducción al italiano de Oreste Macrì); Cuaderno florentino y otros poemas italianos (Università della Calabria, Rende, 1994); Lo que trae y lleva el mar (Rubbettino, Catanzaro, 1994); La mesa de café y otros poemas (AMG Editor, Logroño, 2004); El trabajo de las horas (Ediciones del Copista, Córdoba, 2006) y Estudios de la luz (Pre-textos, Valencia, 2010). Es autor de las antologías críticas Poetesse argentine (Plural Poesia, Acquaviva Picena, Italia, 1994); El astro disperso. Últimas transformaciones de la poesía en Italia. 1971-2001 (Ediciones del Copista, 2001, Premio de Traducción del Gobierno de Italia) y Señales de la nueva poesía argentina (Llibros del Pexe, Gijón, España, 2004). Ha publicado en libros, diarios y revistas del país y del exterior, numerosas traducciones de Dante Alighieri, Giuseppe Ungaretti (El Dolor, Alción, Córdoba, 1994, en colaboración con Esteban Nicotra), Vittorio Sereni, Alfonso Gatto, Mario Luzi, Giorgio Caproni, Wallace Stevens, Robert Frost, W. S. Merwin, Boris Pasternak, entre otros autores. Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, hizo estudios de especialización en la Universidad de Florencia y fue docente durante seis años en la Universidad de Calabria. Actualmente trabaja en Córdoba, en la docencia universitaria y secundaria. Ha fundado y dirige desde 1997 la revista de poesía y crítica Fénix y la colección de libros del mismo nombre para el sello editorial Ediciones del Copista. 


Enlaces: Revista Fénix
Otros poemas de Robert Lowell, El poeta ocasionalUnam

Imagen de RL: putthison.com

16 de marzo de 2016

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Néstor Perlongher



El circo




soledad del lamé: de lo que brilla 
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado 
llorado en lo reído: 
lo que atado al corcel, lo que prendido 
al garfio 
de la soga: 
la écuyère: domadora 
la que penachos unce por el pelo 
prendida a lo que mece: a lo que engarza: 
ganchos 
alambres 
jaulas
animales dorados
a los aros 
atados a los haros 
halos 
aros: 
la mujer más obesa, la barbuda: 
la de más fuerte toca: 
la enganchada 
en el aire 
en el delirio: 
en la burbuja del delirio: 
el mago 
en sus dos partes: 
la que cortada en dos desaparece
y la que festoneada por facones 
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que 
desaparece



Néstor Perlongher (1949, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina / 1992, Sâo Paulo, Brasil)
Enlaces: El placard, Biblioteca Nacional, Universidad Nacional de La Pampa

Imagen: revistaenie.clarin.com


13 de marzo de 2016

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Adélia Prado




El poder de la oración




Ciertas mañanas, desrezo:
la vida humana es demasiado miserable.
Un pequeño desajuste en los huesitos
hace doler mi espalda.
Siento ganas de vociferar a Dios.
El está escondido pero responde:
“la tela de jean no encoge”.
Y yo entiendo perfecto
el conmovedor esfuerzo de la humanidad
que se hace ropa nueva para ir a la fiesta,
el plato esmaltado donde le gusta comer,
un plato hondo verde inmenso mar lleno de historias.
La vida humana es muy venturosa.
“¿La tela de jean no encoge?”
Mi corazón tampoco.
Cuando en ciertas mañanas desrezo
es por olvido,
sólo por desatención.





Adélia Prado (Adélia Luzia Prado Freitas, 1935, Divinópolis, Brasil)
Imagen: www.youtube.com
Gracias Gisela Galimi

6 de marzo de 2016

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José Kozer



Balneario "La Concha", 1954




Era domingo, cuatro decisiones.
Mi madre nos nutría de linfa, hidromieles: se asomaba papá de veguero y visera,
mangas
cortas. Yo
proponía ir más allá de los cuatro tazones de café con leche, hablaba de otras ciudades
con muros sembrados
de logaritmos
y espirales al almuecín, yo me iba: y mi padre proponía el color esmeralda de las playas,
mamá temblaba. A sus anchas
temblaba
cuando nos íbamos los dos de casa, padre y varón veteados en un revuelo de naftas y
aceleraciones, dos
fotutazos
de albricia descarada por el amanecer y el domingo, las mujeres en casa: nos
desnudábamos de pelo
en pecho
al llegar a las casetas y mientras digeríamos al sol el desayuno mi padre recapacitaba
acerca del árbol
lila
y los caramelos que robó de niño, su guante blanco de artillero polaco y el caftán orlado
de arabescos policromos
para
días festivos, el raído caftán de peregrinaciones: nadábamos un poco hablábamos otro
pedazo de aquellos profetas interiores que
escogían a un niño, lo enseñaban
a narrar
y el niño aprendía de golpe, nunca jamás desfallecía. Nadaba
mi padre
como un perro lacio de aguas y lo vi sonrojarse cuando habló de una amiga villaclareña,
tembló
y hablamos
en seguida de su sombrero de nutria y el carromato ígneo de la guerra: nada
nos detenía ya
y compartimos una mano de mamoncillos bajo la sombra de una yagua, llamábamos
al tamalero
por su nombre y pensamos en casa, traeríamos a dos manos el maní en los cucuruchos:
llegaríamos, dos ráfagas
de sal
a casa mi madre me dio un beso que yo di a mi padre cuando besó a mi hermana,
besamos
el pan
de flauta a la mesa y hundimos las manos en los bolsillos un momento para hacer
silencio y dos genuflexiones, comprobar un
momento que éramos cuatro: el Maestro
y la noria
con el Vidente y la noria que no abriría en el suelo aún contra nosotros cuatro un
espacio, nos quedan suelo y brisa parsimonia
y arena en la boca cuajada de canela, gofios y
espléndidas natillas en los cuatro
cuencos.





El lento bosque interior





Desde
el infarto de miocardio me tambaleo un poco a veces me guinda de la nariz un hilillo
espeso
y salobre, me aturde mucho darme cuenta: si doy un paso, un paso dan por mí las aves y si de pronto veo una bandada de azulejos
alzar
vuelo, no era sino el cardenal azul que llevaba un buen rato picoteando en el césped: ya
me acercaré
a la esquina a comprarle a Madame un tiesto de pascualinas, ya
que
Madame es inmortal me acercaré y le compraré un juego azul de lirios inmortales para adornar el jarrón de la sala
ya caduco: lo miraré
el azulejo volar cuando termine con la grama del césped y yo salga al portal
que hubo
en casa, hará treinta y treinta y cinco años, la luz coral de aristas y poliedro de toda mi familia ya habrá acabado de retumbar
en el portal: y ahora
veo mejor el péndulo pasar de una sala a otra de mis cinco casas y nuestras dispersiones, cuatro
parejas
por dos deambular y el resultado por dos y por dos en cuatro puntos cardinales: murieron
mis mayores
ya. Y fue una estafa, han sido estafados y son una estafa todas mis premoniciones; las
para bien
con aves, pájaros versátiles con futuro y las para mal, carroña
y desperdicio
del buitre que también decae y se deshace sobre el ancho esqueleto de la bestia a la intemperie: somos
nosotros
y yo surcado de muertos que me acerco al mirador de casa y veo la luz lateral que se desprende del farol de la esquina
inmutable
con Madame, Madame con sus colibríes y su rosa enorme de plástico en el ojal
que me llama.





Otros poemas de José Kozer, aquí
Gracias Silvina López Medín





José Kozer, lejos de la comparsa



por Gerardo Fernández Fe


Víctima de su vehemencia, en 1893 José Martí justificaba la mediocridad de ciertos poetas a partir de su disposición para la guerra. “Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara porque morían bien”, escribía en el prólogo a Los poetas de la guerra .
De manera que “morir bien” los enaltecía, pues la poesía se encontraba en su comportamiento agonístico y pasaba incluso hacia aquellos que jamás habían escrito un verso. De luchadores a mártires, y de ahí a verso encarnado.
Este modo de entender la poesía, hiperbolizando no el resultado sino la intención, desemboca en el aligeramiento del acto poético, en su trasvase hacia el enaltecimiento de la virtud guerrera. “La poesía escrita –sentencia– es de grado inferior a la virtud que la promueve”.
En nuestro caso, la imagen homérica de los guerreros que entonan poemas hechos música cogió cuerpo a partir de 1959, y desde entonces ha contribuído al kitsch nacional: la poesía en la calle, toda, al desnudo, hasta en la recolección de cien quintales de tomate. Pobre de ella, todos piensan que la tienen a mano.
Siempre me he preguntado por qué a nadie se le ocurre, sin haber pasado años a la sombra de uno o de varios maestros, agarrar un trozo de piedra de tres metros de alto para convertirlo en escultura decente; como mismo a ningún ser de a pie le pasa por la cabeza escriturar los miles de acordes de una obra sinfónica. Sin embargo, basta una puesta de sol o el pulso cardíaco por encima de lo normal, para que optemos por el hermoso verso. ¿Acaso no somos todos poetas?
Con estos fantasmas hablándome al oído he recorrido Acta est fabula (FCE, México, 2013). Sobre los poetas de la guerra, Martí había elogiado que “el acento, cauto o arrebatado, [estuviera] en los cascos de la caballería”. Pero Kozer nunca fue a la guerra; su caballería, si acaso, es del imaginario; su acento sí sabe distinguirse como pocos del resto de la tropa.
Esto de acento nos lleva al tema del sonido. No todos los buenos poetas son vectores de sonidos. Habría que consultar con los archivos sobre la voz y el tempo de Ezra Pound o de Wallace Stevens. Yo, que escuché a Edoardo Sanguineti en Medellín, en 1998, sé de lo melodioso de aquella lengua ajena en boca de un poeta de versos desmantelados e irreverentes.
José ha tenido que medrar a la par de esos lectores que no han entendido su idea de la poesía, que no la han disfrutado. En algún momento he escuchado apelar a la supuesta incomprensibilidad de su poesía. ¡Pero si en el fondo la obra en pleno de Kozer no es más que un acto de historia personal! ¿Acaso exista algún texto que no abunde en la mesa frugal, en Guadalupe, en el padre judío, en el espejo del botiquín o en “el ojo mental del laurel de Indias? Eso sí, sin lloriqueos, sin golpes en el pecho.
Tras la arquitectura vertical, delgada, de muchos de estos poemas, resulta llamativo detectar un inusitado ritmo. Al escucharlo leer, en más de una ocasión me descubrí tamborileando con los dedos, como un trompetista que estudia los espacios de tinta de una partitura.
Es este uno de esos poetas que hay que escuchar: las inflexiones de su voz, sus pausas maliciosas, el dedo índice, afilado, de la mano derecha, trazando filigranas en el aire. Que escuche y disfrute quien tenga oídos –a fin de cuentas, basta de pensar la poesía como un bien para todos--, pues estamos ante un medular poeta de lo sonoro.
Quiero pensar en este poeta sónico junto a José Lezama Lima, Gastón Baquero y Nicolás Guillén, otros tres poetas muy disímiles, por qué no, pero apegados al tañido de una vihuela, a la voz de fondo, al sonido de la rueca.
Y tras sus pasos, una avanzadilla de poetas sustanciosos, que no deberían nunca escapársenos: Néstor Díaz de Villegas y Rolando Sánchez Mejías, Joaquín Badajoz y Waldo Pérez Cino, Pablo de Cuba y Javier Marimón, Oscar Cruz y José Ramón Sánchez. A algunos no hace falta siquiera escucharlos para constatar que se trata de escritores que cascan el lenguaje poético que la Doxa instituyera hace siglos, y que con cada crujido generan un sonido irregular, alarmante, obsceno. Son poetas que suenan bien, lejos de la comparsa.
Pero para esto hace falta oído, buena lectura, trabajo, distanciamiento, y una especie de viaje en el que no todos podemos enrolarnos, “un largo y limpio viaje para no pudrirme –como hace años sentenció Emilio García Montiel– como veía pudrirse los versos ajenos en la noria falaz de las palabras”.


Fuente:http://www.elnuevoherald.com/vivir-mejor/artes-letras/article3819320.html