Néstor Perlongher

El circo






soledad del lamé: de lo que brilla 
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado 
llorado en lo reído: 
lo que atado al corcel, lo que prendido 
al garfio 
de la soga: 
la écuyère: domadora 
la que penachos unce por el pelo 
prendida a lo que mece: a lo que engarza: 
ganchos 
alambres 
jaulas
animales dorados
a los aros 
atados a los haros 
halos 
aros: 
la mujer más obesa, la barbuda: 
la de más fuerte toca: 
la enganchada 
en el aire 
en el delirio: 
en la burbuja del delirio: 
el mago 
en sus dos partes: 
la que cortada en dos desaparece
y la que festoneada por facones 
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que 
desaparece





Néstor Perlongher (1949, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina / 1992, Sâo Paulo, Brasil)

Enlaces: El placard, Biblioteca Nacional, Universidad Nacional de La Pampa

Imagen: revistaenie.clarin.com

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.