Katherine Mansfield



El encuentro




Empezamos a hablar,
nos miramos, después nos alejamos.
Las lágrimas seguían subiendo a mis ojos.
Pero no pude llorar.
Quise agarrarte la mano
pero mi mano temblaba.
Seguías contando los días
que faltaban para volvernos a encontrar.
Aunque en el corazón los dos sentíamos
que nos estábamos separando para siempre.
El tictac del reloj llenaba el cuarto en silencio.
Escucha —te dije— se oye tan alto
como el galope de un caballo en un camino solitario,
tan alto como un caballo que galopa en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos.
Y el sonido del reloj sofocó nuestros latidos.
No puedo irme —dijiste— todo lo que vive en mí
está acá para siempre.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El sonido del reloj fue esfumándose,
menguando, se convirtió en algo nimio.
Yo susurré en la oscuridad “Si se detiene, moriré”.




Katherine Mansfield (Kathleen Beauchamp, 1888, Wellington, Nueza Zelanda / 1923, Fontainebleau, Francia)
Traducción: Sandra Toro
Fuente: Página Facebook Meta Poesía
Enlaces: Eterna cadencia

Imagen: www.spectador.co.uk

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.